Lunes, 21 de agosto de 2010
7:00 a.m.
La liberación de los cooperantes secuestrados en Mauritania parece inminente tras nueve meses de cautiverio. Dos jóvenes mueren en Pakistán al ser apaleados por una muchedumbre enfurecida. Las inundaciones de China se cobran la vida de millares de personas. Y en mi pequeña ciudad natal, al norte de la península ibérica, en un centro urbano atravesado por una antiquísima ría, acaecen las esperadas fiestas patronales del año, habiendo finalizado ya la segunda noche de juerga.
7:15 a.m.
Me encuentro en la calle, camino del metro, teniendo una noción aproximada de lo que sucede en el mundo y de lo que ocurre en mi amada villa, tan apartada de la realidad. Antes incluso de pisar la escalinata del metro, ya me he cruzado con decenas de veinteañeros ataviados con el típico pañuelo azul. Muchos son de mi edad. Otros más jóvenes. Todos olían a sudor, orina y alcohol. Todos hedores naturales del cuerpo humano… salvo uno.







