SOPA DE RELATOS

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La estudiante de actuación


-¿Para qué tanta violencia? Mira, me voy a relajar y has conmigo lo que quieras-dijo la mujer mientras en el forcejeo intentaba sacarse algunas prendas de ropa, luego que el violador la jaló hacia una pequeña callejuela y la tiró al suelo tomándola de sorpresa violentamente por detrás.
El hombre quedó petrificado al ver la docilidad de la mujer y su vista fija en la de él.
-¿Qué no ves lo delgada que estoy? ¿Que no te das cuenta que no te tengo miedo?
Créeme. Si me violas tendrás SIDA; y si decides no hacerlo y matarme:
¡Me harías un gran favor!-
Gritó.
El hombre la soltó de golpe y se alejó corriendo. Ella se quedó tendida en el suelo. No sabía si reír o llorar mientras miraba al cielo oscuro. Luego se levantó.

 Las piernas le temblaban.

Moraleja: La vida humana es demasiado corta para empezar a quitarle cosas. Lo importante es añadirle capítulos.


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El hombre, la montaña y el tesoro


Voy a relatar un breve cuento sobre un hombre honrado, una montaña infranqueable y el más sublime de los tesoros. Sitúense mil años atrás sin importar en que época se ubica el presente, e imaginen cómo fue el lugar en el que se encuentran ahora. El mismo lugar, pero hace diez siglos. Ahí, justo ahí, existía una montaña donde comienza nuestra historia:

El hombre caminaba ladera arriba con un mapa bajo el brazo y una enorme pala a la espalda, bajo un sol sepulcral y un clima árido, cuyo viento le estriaba superficialmente la cara. Aún era la primera hora de la mañana y ya el sol se mostraba lleno de poder y rabia, irradiando un calor demoledor que hubiese derretido el mismo desierto. Por ello, y no queriendo morir abrasado, tenía que alcanzar la cima antes del mediodía, encontrar el emplazamiento exacto del tesoro y descender sin demora la falda de la montaña. Si lograba su cometido, se convertiría en uno de los hombres más poderosos de la Ínsula, y Sancho, el rey, le nombraría conde, o incluso marqués. Pero primero tenía que encontrar el viejo tesoro.


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El amor eterno dura un día


Nunca ha creído en príncipes azules. Las ranas le gustan tan cual, sin vestirlas de seda. Nunca ha jurado amor eterno. Siempre es demasiado tiempo. Una vez soñó con envejecer a su lado y tardó un segundo en ponerse a régimen y comprar crema antiarrugas.
Llevan juntos 33 años. 2 hijos y un nieto en camino.
Esta mañana al despertarse pensó en el futuro y se dio media vuelta en la cama para seguir soñando con su vida. Sólo quiere un día de amor.

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La luna de julio


No podía dormir. Llevaba toda la noche dando vueltas en la cama. La atmósfera sofocante de la habitación tampoco ayudaba a conciliar el sueño. Quizás me levanté una docena de veces, e iba a la cocina a beber agua, mas como pretexto para moverme un poco que por sed. Y en una de esas rondas nocturnas –quizás fuera la última, no lo recuerdo- me acerque al balcón.

Me apetecía sentir aunque fuese unos segundos la brisa fresca que se movía tímida por la calle. Puse un pie descalzo sobre el suelo enladrillado, después el otro. Me pensaba un loco allí, a las 5 de la mañana, observando un paisaje carente de otras personas, que más sabiamente que yo, se encontraban durmiendo profundamente. Pero el aire me refrescaba; no la piel, sino la mente, si es que eso era físicamente posible.


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CAPÍTULO 1º DE UNA NUEVA NOVELA, NO TIENE TÍTULO


Subí por las escaleras del hotel para llegar a la habitación de mi siguiente víctima.

Me encontré con un camarero, y, cuando me dio la espalda, le corté el cuello y lo llevé hasta una puerta abierta para esconder su cadáver.

Cuando estuve a salvo en aquella estancia, cogí su ropa y me la puse. Después, recargué mi revólver con balas de plata.

Volví a salir al corredor, y me disponía a realizar mi cometido.

Dí dos toques a su puerta:

-¿Sí?-Bramó el con un grito.

-Servicio de habitaciones, vengo a entregarle el pedido que hace media hora encargó a recepción.

Vino, y me abrió la puerta.

-¿Y…….?- No le dejé terminar la frase.

Dos tiros directos al corazón se llevaron por delante la vida de aquel hombre.

Gracias al silenciador, no se produjo ningún sonido.


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Un bandido en el metro


Me encontraba inmerso en la lectura de una novela, apoyado contra uno de los vagones del metro y aguardando inconscientemente a que el suburbano me condujera a mi destino. Como tantos otros, me había repartido en el estrecho espacio prodigado por el transporte, tomando de referencia una distancia de un metro para separarme de los restantes ocupantes. Había varios asientos libres en el vagón, así como algunas zonas exentas de inquilinos que aguardaban, con atávico deseo, a que alguien arrendara su lugar.

Al no sentir la invitación ni el acecho de ninguna mirada ajena, proseguí enfrascado en la revelación del librillo que tenía entre las manos. Al desentrañar sus épicas frases pude comprender como la belleza y el dolor pueden extenderse a lo largo de las palabras. Entre tanto que mi mente y mi alma se alejaban volando de la realidad, mi cuerpo se zarandeaba víctima del trajín del tren, hasta que finalmente el transporte se estacionó frente al andén de una nueva parada. El frenazo me desequilibró y tuve que aferrarme a una de las barras verticales para no caerme. La novela, ajena al escándalo, aún reposaba entre mis dedos.


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Una mañana de agosto


En aquella bochornosa mañana de agosto, me encontraba en un tren casi vacío. El silencio y el hastío cargaban el ambiente del transporte público, destinado a trasladar a los desafortunados obreros hasta su puesto de trabajo, donde venderían su tiempo a cambio de dinero sabiendo que en un futuro cercano comprarían tiempo a cambio de su dinero.

Pero lejos de este síntoma de revolución, me invadía el tedio y el sueño, incrementados por la perspectiva de aquel largo trayecto. Aquellos repartidores que solían despachar periódicos gratuitos a la entrada de la estación ferroviaria disfrutaban de unas merecidas vacaciones. A mí me privaban de la delicia de leer un diario manipulado, falaz y sensacionalista que pudiese, al menos, entretenerme durante el largo viaje.


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