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El Caminante


Es una tarde lánguida y grisácea que se extiende hasta un horizonte grasiento de nubes cenicientas. La luz apenas puede atravesar el polvo y las volutas deshilachadas, así que cae ya herida sobre las ruinas de los edificios, que parecen sacudirse de vez en cuando, con crujidos lastimeros, el silencio pegajoso que está adherido a sus paredes, a los muebles abandonados, a los retratos antiguos.

Lud es de todo menos ruidosa, pero por sus calles el viento puede volverse corpóreo y arrastrarse con pesado aliento, como si dejase de ser viento que vuela para ser un susurro sofocante que resuena en los muros derribados, para ser un gemido arrancado de las ramas que se alzan como suplicantes brazos espectrales hacia el cielo plomizo.


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