SOPA DE RELATOS

Encuentra al escritor que tienes dentro

La última noche


Estábamos sentados en el coche. En los asientos de atrás. Ni yo era Danny Zuko ni mi vehículo un descapotable. Tú podrías haber sido cualquier mujer hermosa, desde Cleopatra hasta Marilyn Monroe. En la radio se escuchaba un agradable y añejo rock’n'roll de los años setenta. Tampoco era yo un Elvis, pero podía cantarte al oído todas sus canciones, despacio, mientras te mordisqueaba el lóbulo de la oreja. Eso te gustaba. Lo sé.

Tus piernas se abrieron ante mí. La desnudez les sentaba mejor que una minifalda roja. Y a tus pechos, pálidos como estrellas, nada se ajustaba tan bien como mis manos desnudas.

Escuché un gemido y luego otro. Ni el más virtuoso solo de guitarra habría podido sobrepasar los decibelios de tu voz. Las vertiginosas notas sabían a aire sazonado de miel. Así me lo constataron tus besos.


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La Balada del Hombre y el Espectro


Ahí estaba otra vez, ya se había acostumbrado a aquella sensación. Llevaba mucho tiempo sintiendo lo mismo, podía sentirlo todos los días durante semanas o una vez al mes, siempre y cuando estuviese a punto de quedarse dormido o a punto de despertarse. Tampoco importaba si era de noche, porque en varias ocasiones le había ocurrido mientras tomaba una siesta durante el día.

Empezaba como una pequeña molestia en medio de la frente, como cuando alguien acerca un dedo a esta zona mientras se permanece con los ojos cerrados; las mejillas se le templaban y la boca se le sellaba súbitamente; Después el hormigueo le bajaba por los brazos para llegar, finalmente, hasta la punta de los dedos de la mano; después el frío se le clavaba en la espalda y la parálisis se le trasladaba, por último, a la planta de los pies.


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Extrañas sensaciones…


Extrañas sensaciones le recorrían cuando miró de nuevo hacia abajo. Allí seguía, en sus manos, tal y como lo había tenido siempre.
Se sentía confuso. Hasta tan sólo un par de días antes, no se había preguntado nunca por qué estaba ahi. Asumir las cosas, entenderlas como normales cuando siempre las has visto, cuando siempre las has sentido cerca.

Levantó la vista, hoy llevaría su experimento un poco más allá.

Salió a la calle. Sabía que su amiga le estaría esperando donde siempre, a la misma hora, con la misma ropa y el mismo gesto. Asi había sido todos y cada uno de los días desde hacía innumerables años, y no iba a cambiar ahora.


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CONCURSO DE RELATOS DE TERROR EN SOPA DE RELATOS


¡Queridos soperos! Desde hoy hasta el 30 de Noviembre se abre la veda para que colguéis vuestros relatos de terror en sopaderelatos.com.

En este tiempo todos los relatos que tengan como género (categoría) “terror” participarán automáticamente en el concurso. Cuando acabe el periodo de publicaciones, habilitaremos una encuesta para que todos los usuarios y lectores de Sopa de Relatos puedan votar el relato que más les gustó.

Las reglas y condiciones de participación son las siguientes:

· Que el relato sea de terror y esté publicado bajo la categoría “terror”.

· Que no incumple ninguna de las reglas de la web sopaderelatos.com.

· Que haya sido publicado entre los días 26 de octubre de 2010 y 30 de noviembre de 2010, ambos incluidos.

· Que sea un relato original que no haya participado anteriormente en un concurso de Sopa de Relatos.


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Lluvia inesperada


La carretera serpentea como una lengua negra frente a las luces del pequeño Volskwagen. Fuera, una espesa cortina de gotas repiquetea sobre la pulida superficie azul, mientras los faros siegan la oscuridad a medida que el escarabajo recorre con fatiga el trazado del puerto. Los abetos y las escuetas señales de tráfico se convierten en siniestras siluetas espectrales que parecen desear aferrarse al parachoques plateado o al tubo de escape cromado. Dentro, Wagner acalla cualquier temor con la imponente estridencia de sus acordes. La calefacción resopla, los cristales se empañan y el “limpia” apenas da abasto con la tromba de agua.

La chica no le da respiro al embrague ni a la caja de cambios, y mantiene un ojo puesto en la temperatura del agua, por si las moscas. No sería la primera vez que su pequeño tiene problemas con el radiador.


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Mi ángel, mi demonio


Me derrites el alma, corazón congelado.
Eres ardiente y húmeda en mis brazos de cal.
Pedacito de río y desierto eternal
como un mundo en dos tierras cercenado.

Elixir de mïeles ponzoñoso y letal.
La caricia que araña por rencor olvidado.
Colibrí que armoniza como un cuervo obcecado
que al punto llegará el juicio final.

Princesa de las sombras tu carne esta afilada.
Cuchilla filo hiriente, corola floreciente.
Sedosa piel morena, broquel hecho de acero.

Eres el ying, y el yang, demonio y eres hada,
blanca pálida mente, oscuro y frío ente.
Mi amor y mi dolor; mi infierno y mundo entero.

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Diario de un niño diferente


La insatisfacción que produce la locura, es misma que te hace creer que no existe en el mundo otra vida que no sea la tuya, hace que de la fuerza de la gravedad una perfecta simbiosis entre lo real y lo irreal.

 

Hubo una vez un pequeño niño que día a día, caída a caída y salto a salto mostraba una sonrisa entre sus dientes afilados.

 

Cada día acudía a la escuela como un niño más, por la tarde hacía los deberes que la profesora le mandaba y leía algún que otro capítulo de sus libros  favoritos en los que un intrépido aprendiz de mago le enseñaba a competir contra la inercia.

 


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El Viaje


El Sol me abrasaba la piel. Notaba el calor inundar todo mi cuerpo y acercarme poco a poco a la asfixia. Incesantes gotas de sudor recorrían mi rostro y bañaban mis labios secos y se escurrían por mi cuello hacia mi torso. Mis piernas, casi autómatas, no respondían a ningún estímulo. Sólo me hacían andar y andar hacia un horizonte infinito.

La arena, blanquecina, fina y cruel, estaba por doquier. Ella, y sólo ella, me acompañaba en este viaje interminable. Mató a mis amigos e hizo girones mis ropas. Junto con el Sol, coloreó mi piel y desgastó mi mente. Ahora sólo me quedaba andar. Ir hacia delante, sin rumbo fijo, y no dejar que me consumiera más de lo que ya había hecho. Pronto moriría, y la arena sería el único testigo.

***


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Mi boli


   El bolígrafo me lo había regalado mi abuelita. Era MI bolígrafo, y no tenían ningún derecho de apropiárselo. Aunque en aquel momento no me di cuenta. La verdad la he descubierto de pronto, como por ensalmo, cuando por una de esas inexplicables relaciones cerebrales el recuerdo ha aflorado en mi mente. Suele ser durante episodios de autocompasión cuando, supongo que para segregar adrenalina antes del ataque, en mi cerebro se produce una implosión de recuerdos de provocaciones ignoradas. ¿El ataque? Sí, ese ataque, el ataque a la delusoria sociedad.

   Aquel día Olga me preguntó inocentemente si le regalaba el bolígrafo. ¡Menuda caradura! No sé qué le conteste, pero de seguro expuse una excusa bastante razonable, pues por aquel entonces más de la mitad de alumnas de mi clase me aterrorizaban. Formaban una prole de vanguardistas inconformes, o para ser más literarios, de vagas redomadas macarras e intimidantes. Estábamos en aquella edad en la que para triunfar es necesario ser agresivo, y desgraciadamente yo era uno de los blancos más suculentos a tal objetivo.


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Señor Hernández


Después de una ducha fugaz, puse el i-pod en la mini-cadena y empecé a escuchar todo el repertorio de música instrumental de mi grupo favorito, The Corrs. Mi cuerpo se movía solo, y a ritmo de las notas que de sus instrumentos salían, fui a mi vestidor en busca de la ropa que utilizaría esa mañana.Una falda tubo de Amaia Arzuaga, una blusa de la misma diseñadora, y unos zapatos de tacón que firmaba Jimmy Choo.Todo en conjunto, hacía que pareciera una estupenda ejecutiva de una importante empresa.

Cuando terminé con mi vestuario,comencé a elegir las armas para ese día. Abrí un cajón, y, utilizando su lateral, hice que se abriera un sobre-fondo que se encontraba detrás de mi colección de zapatos. Allí, junto a sus cargadores, se encontraba mi revólver favorito, aquel que era una copia exacta de los causantes de la muerte de los señores Black y Smith. Los puse en mis pantorrillas gracias a las cintas con las que siempre ataba mis armas. Cogí dos puñales que metí en un maletín porta-documentos que utilizaría para mejorar mi disfraz.


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Los misteriosos misterios de Lillibeth (Parte 2)


Era Lil.

Y ser Lil, significaba ser la jefa de la pandilla, ser una chica dura, y sobre todo, no permitir que los demás pasasen a “su” territorio.

Por eso no entendía cómo se había dejado convencer aquélla tarde. Y por eso esa noche sentía cómo sus sentimientos permanecían encontrados hacia sus… Sus… ¿Eran amigos?

Nah… ¡Ellos eran camaradas de combate!

Claro, eso sería. “Camaradas”.

Últimamente se había aficionado a las películas bélicas, y posiblemente aquéllo le revolviese más la cabeza de lo que ya estaba.

Pero era feliz así, y era lo que contaba. Bueno, era feliz siempre y cuando no acabase castigada como estaba segura de que acabaría esta vez, de no encontrar una rápida solución…


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ESTÚPIDOS IDEALES PARTE II


Continuación…

Recordaba especialmente su primer encargo, se había hecho pasar como maestra en una universidad para buscar posibles detractores del régimen, a los espacios universitarios se les prestaba especial atención, -Las universidades no son más que una cuna de revoltosos-, le explicó el Mayor, -Una manada de desocupados, ateos y homosexuales bajo la bandera del pensamiento libre-, si fuera por él mandaría a cerrar todas esas instituciones, pero entonces se quedaría el país sin mano de obra, a la larga la educación no sirve sino para instruir empleados, además de ser gran instrumento para adoctrinar a los más jóvenes dentro de los cánones del régimen, afortunadamente a la mayoría de los que conforman grupos subversivos se les quitaba esa falsa rebeldía en cuanto recibían el primer sueldo.


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Soplando Burbujas


Antonio camina arrastrando sus pasos pesados a lo largo de la fuente. Una leve lluvia  le pellizca las manos y las mejillas, el parque permanece gris y sólo el aullido de un perro decrépito y triste se atreve a romper el silencio de piedra en el que se ha sumergido la ciudad.

Antonio se sienta en una banca para intentar recuperar el poco de cordura que aún le queda antes de empezar a golpearse la cabeza con los puños. ¿La felicidad?-Gritó histérico- La felicidad es sólo posible para los imbéciles, ¿Por qué?  porque cuando empezamos a razonar es que empezamos también a darnos cuenta de las cosas. Se puso de pie y empezó a caminar de un lado a otro con la impaciencia de una bestia enjaulada.


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Los misteriosos misterios de Lillibeth (Parte 1)


Era la noche de las confesiones.

La noche de las peleas, y la noche de las preocupaciones.

Lil no quería pensar en ello, pero no podía evitarlo.

Una madeja de recuerdos, palabras y frases que por separado no parecían tener sentido, azotaban su mente sin descanso.

Estiró un brazo, y tocó a la Sra. Darcy, quien, ajena al mundo para nada ideal de los humanos, dormitaba plácidamente a su lado.

Quién pudiera ser una gata. O un gato. Lil daría lo que fuese para cerrar los ojos y evadirse de la realidad un buen rato, aunque luego se riesen de ella por mover los bigotes o las paticas “en sueños”.

Pero eso ahora daba igual. Ahora necesitaba concentrarse y sacar algo en claro de todo aquéllo. Aquél asunto se había ido de sus manos, y el muy maldito no le había pedido permiso.


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Estúpidos Ideales Parte I


Madeleine deja que el agua espumosa le toque los pies, la impresión del agua fría en contraste con su piel tibia le produce un ligero estremecimiento, recoge un poco de arena entre sus manos y deja que el viento se la arrebate lentamente, da una mirada al cuerpo extendido detrás de ella, la impresión del cuerpo respirando pesadamente la obliga a hilar los acontecimientos que la llevaron a amanecer en la playa.

Llevaba investigando a Jerónimo cerca de un mes con la esperanza de encontrar las personas que le habían ayudado a crear una campaña comunista. Jerónimo había diseñado una propuesta para rescatar el último humedal que quedaba en la región, además de ser el único sitio donde aún anidaban patos silvestres, pero más allá de una campaña ambientalista se podía entrever una crítica directa al régimen.


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Lira de los vientos


(ella)

Abrázame otra vez,
abrázame en las playas del Oriente,
cual si en la lobreguez
unimos nuestra mente,
el cuerpo, el alma; haciendo un mismo ente.

(él)

Tomar tu desnudez
tomarte por los bosques de Occidente,
con ansia y avidez,
tal que un lobo impaciente;
un acto de pasión tan recurrente.

(ella)

Protégeme, sé fiel
protégeme en los piélagos sureños.
Mi abeja, yo tu miel.
De mí seremos dueños
viviendo siempre alegres y risueños.

(él)

Tenerte cual clavel,
tener la flor de vértices norteños.
Seré como el broquel
que guarde dulces sueños,
defensa de tus templos marfileños.

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Rincón de la soledad


Era una noche de verano, como siempre aquel chico, a la misma hora, en el mismo minuto, se dirigía a la ventana para ver el entorno a su alrededor. Se sentía atrapado en su interior tanto como si fuera una habitación de la que no podía escapar. Cada vez dicha habitación parecía que se hacía más pequeña, como si todo alrededor cobrara menos sentido y que poco a poco todo su alrededor iba perdiendo importancia. Se encontraba perdido en sus propios pensamientos, de los cuales, se iban desvaneciendo a la par que su vida perdía todo su significado. Cada vez ese mundo le iba abduciendo de manera casi total, mundo en el que se sentía solo y se cobija en un pequeño rincón de la pared. En el que las personas pasaban, venían y se iban. Nadie prestaba atención a aquel chico en el rincón, nadie se paró a pensar y mucho menos siquiera acercarse a aquel rincón en el que el chico se situaba. Un rincón que llamaba al chico como si de una voz le hablara diciendo: ”Húndete, muere en ese rincón en el que estas atrapado” y que cada vez  le incitaba mas a creerse aquellas palabras que invadían su mundo astral y hacían que cada vez su mundo exterior se hiciera más gris. Mundo que se apagaba como una bombilla de alta intensidad, que consume su energía hasta que se apaga.


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Ausencia.


Hoy mi almohada registrará otro llanto,
hoy nadie escuchará mi oración.
Hoy mi corazón sigue en pie
porque se alimenta de autocompasión.

Una lágrima de ácido se resbala
y hace más hondo el hueco de tu adiós,
más profundo que el vacío de tus besos,
más amargo que el silencio de mi Dios.

Hoy veo negro lo que antes veía gris,
hoy dudo del mañana.
Hoy parece que sólo quiero sufrir,
y masacrar mi alma
con tu recuerdo. ]

Reconozco
que le he cogido gustillo a eso de llorar todas las noches,
de sentirme dentro del abismo de mi ser
y aferrarme a la nada
para caer.

Los optimismos ya no encuentran sitio,
las mentiras se lo quitaron ayer.
La soledad que me acompaña,
es lo único que mi permanente ceguera
me deja ver.

Vientos de Ausencia,
lunas de Octubre,
lágrimas secas
rastro del ayer.


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Al odio


Fúnebre figura de álgido fulgor;
sombra, que entre sombras te haces un camino,
haz que tu piel negra tenga otro color
pues por los fantasmas a verte no atino.

Odio tu te llamas, leviatán divino
flor de espinas rojas, pétalo sin flor.
Ser de ti un amigo no hay peor destino.
Célebre es tu fama, sombra del amor.

Guerras que concibes, plantas el rencor;
junto al egoísmo sois el más dañino;
líbranos señor de su mal opresor.

Sé que tu existencia viene del mezquino
ser humano débil, de todo el peor.
Con su maldición, soneto que termino.

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La primera versión


Y de repente me encontré solo, descubriendo rincones geográficos que nunca pense contener en mi adentro. Paseando por caminos que nunca entonces había conocido, deteniéndome a pensar si el norte me llevaría de vuelta a casa, si las gentes que paseaban se darían cuenta (curiosidad idiota de la que no ya sabe la respuesta) de que una persona nueva estaba allí; mirando las nubes con curiosidad, olvidando las viejas reglas que ahora ya no servían, envolviéndome en una capa de papel de aluminio que mantenía, al menos eso sí, mi temperatura, mi carácter, mis ganas de vivir la vida y ser parte del proyecto.
Entre murallas de historia e historias que contar, entre blancos sueños de principiantes y experiencias requemadas de los más eruditos; entre los días que pasaban y las noches que quedaban por llegar; entre la sombra de los árboles del huerto y la luz del sol más frío.
Allí estaba yo.
Fue el primer momento, el recueentro con algo que ansiaba desde el mismo momento de nacer. Fue la primera versión, ésa de la canción. La primera idea de todo lo que se proyectaba tan rápidamente que ni las fugaces le hacían competencia. El inicio de algo que se extendía ante mí neblinoso, oscuro y sin final, pero sin negatividad, eso sí.
Nada era malo, por ahora. Y aunque la incertidumbre estaba ahí para acojonar, las cosas saldrían bien.


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