Lluvia inesperada
La carretera serpentea como una lengua negra frente a las luces del pequeño Volskwagen. Fuera, una espesa cortina de gotas repiquetea sobre la pulida superficie azul, mientras los faros siegan la oscuridad a medida que el escarabajo recorre con fatiga el trazado del puerto. Los abetos y las escuetas señales de tráfico se convierten en siniestras siluetas espectrales que parecen desear aferrarse al parachoques plateado o al tubo de escape cromado. Dentro, Wagner acalla cualquier temor con la imponente estridencia de sus acordes. La calefacción resopla, los cristales se empañan y el “limpia” apenas da abasto con la tromba de agua.
La chica no le da respiro al embrague ni a la caja de cambios, y mantiene un ojo puesto en la temperatura del agua, por si las moscas. No sería la primera vez que su pequeño tiene problemas con el radiador.







