SOPA DE RELATOS

Encuentra al escritor que tienes dentro

Las puertas de los cielos


Las puertas de los cielos me revelas
suspiro de tus labios nacarados;
tras un instante luego están sellados,
obstáculo de célicas parcelas.

¿Mas como franquear las dos gemelas
si en tan precioso edén no hay invitados?
Tan solo el aire pasa por sus lados
dejando allí diáfanas estelas.

¡Al fin! ¿Es esa lógica la entrada?
Un soplo de mi boca en sus umbrales
e iré cual fugitivo de pasada.

¡Señor! Cura encontré ya a tantos males,
Ya no tendré más trabas de tu amada
y dulce boca de hábitos marciales.

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Alicia


Las palabras sonaban fuerte, pero en mi sordera encendida contra el mundo, las oía huecas y bulliciosas. El momento, se presentaba, como siempre, algún día importante, antes de algo importante. En medio de alegrías y tristezas. La palabra no era larga. Salía casi levantando la lengua, sensual y atrevida, entra los dientes, para dejarla reposar sobre el labio carnoso: Do. Ese fue el puente. Y sobre ella fue viniendo esa escalera mágica, ese melodía suave, ese cántico sedoso, esa harmonía electrizante. Llegó su voz, su dulce voz, capaz de convertir al creyente en ateo, al manco en diestro y al cojo en gacela. Llegó su suave tintineo, su rumor de caracola, sus caracolas negras, sus ébanos negros que nacían por cabellos, su tez palida, bonita, cuidada y perfilada al más mínimo detalle, y sus ojos grandes, expresivos. Bellos, como toda ella. La mujer, que así quiero clasificar, movia el mundo con su gracia, y hacía que el Re y el Mi fuesen preciosos regalos de la música medida. Sonaba con el viento, lejos y cerca, el Fa tintineante, como copa bohemia que choca contra una igual. Y el Sol, que iluminaba su sonrisa, protegida por unos labios que tenían de feos lo mismo que de negro tiene el mar de la mañana. Era un regalo, y sólo unos pocos sabíamos valorar todo cuanto nos ofrecía. Parecía casi imposible que fuese humana. Desde luego, la duda siempre salpicará mi memoria, y el no habérselo preguntado por medio ha sido motivo de muchas de mis frustraciones como escritor. En otoño, doraba las hojas caídas, hacía brillar la nieve en invierno y los colores de la primavera, y en verano, si me mandan jurar que escucharla fue en vano, diría que no hay santo más inhumano que el dueño de ése vozarrón. Suave, despacio, sin hacer daño. Piano, pianissimo. Legato. Descolocaba los sentidos y su voz reverberaba suave y limpia, recta, ascendente, hacia el cielo, del que había salido para acomodarse en su garganta. Éramos muchos los que intentábamos, sin exito, descifrar parte de su enigma. Mi voz siempre quiso perderse con la suya en un dueto sin vida que hiciera quemar la llama. Sus gestos, sus aprecios y sus abrazos hacían que hasta el Sansón mas velludo se estremeciera por medio de su Aquiles. Era una diosa, de éso no había duda. Sonaba como todos los instrumentos a la vez, en una melodía sin fin que invitaba a recorrer un cosquilleo el espinazo y tensarnos involuntariamente ante tal maravilla. Era la anacrusa del momento de soñar, la perfecta medida del compás, el dos por cuatro mejor cantado, el seis por ocho mejor pensado. Era lo perfecto y lo humano. Lo grande y lo pequeño. El susto y el agrado. La aventura y el desengaño.


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