El enésimo “Beatle”
La figura larguirucha que paseaba por el Londres más neblinoso no llamaba la atención de los transeúntes que sentían más vivo el tic-tac de sus relojes que el loop-doop de sus corazones. El hombre en cuestión vestía muy retro, con pantalones pitillo y jersey de cuello vuelto, abrigo largo y negro y zapatillas cómodas. Su pelo era imagen de una época que nosotros, los jóvenes, teníamos en la mente como una de las más maravillosas que había vivido el hombre desde que conocía (o eso parecía) la Luna. La especie había sido en muchas ocasiones gilipollas, soberanamente idiota, pero había vivido momentos de máximo esplendor que muchos ilusos pensarían que durarían para siempre. No fue así. Bien, pues el hombre con el pelo que representaba una época paseaba a un ritmo rápido, sin llegar a correr, con aparente dejadez, y un interno malestar latente que a veces soñaba con salir y gritar a los burdos seres vivientes casi marionetas que lo rodeaban que la vida era un soplo de aire, y no un conjunto de bloques, lingotes, o circunferencias de aleaciones de níquel. Sobre sus hombros parecía ir el peso de unas cuantas canciones protesta perdidas en los vinilos de coleccionista. De sus orejas colgaba esperanza a voz en grito, acallada por el murmullo uniforme del gentío apesadumbrado. Salían dos finos negros que iban a parar a uno de sus bolsillos. Desde nuestra posición no acertábamos a adivinar a cuál. Parecía que H, Mark y yo éramos los únicos que nos dábamos cuenta del aura de grandeza que desprendía el colega. Era bestial. Nunca pensamos, ni por un momento, que nuestra fiebre de valentía adolescente e idiota nos engañaba, eso jamás. Lo cierto, era que gracias a esa valentía idiota, a esa fiebre juvenil, podíamos dar cuenta de cómo era en realidad aquél tipejo. Fumaba. Lo recuerdo. Fumaba caladas rápidas y el humo se consumía o se unía al de la capital británica. Nosotros estábamos discutiendo el repertorio del grupo que nos hacía la vida más llevadera, o al menos más feliz (cuándo de pesimismo estaba el mundo lleno y costaba tanto hacernos feliz) una tarde cualquiera, y quedamos prendados de aquélla persona. Después de que giró en la quinta manzana, no volvimos a saber de él… Hasta un año después.







