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Las joyas de una vida: capítulo I


Todo temblaba sin cesar. El suelo parecía evaporarse bajo sus dedos por las duras sacudidas que los caballos producían al galopar. Los gritos eran pérfidos e insultantes, pero ella sólo tenía miedo de la oscuridad.

Era una de esas noches que el tiempo y la memoria de los hombres no conservan, y no han sido reflejadas en ningún lugar, como si nunca hubieran existido. Una pequeña lloraba en una noche oscura. No había luna ni estrellas, sólo llantos y violencia.

Yacía sobre un montón de barro, mezclado con los ríos que no cesaban de brotar de sus ojos. Aquellos desconocidos encapuchados habían irrumpido en su casa en mitad de la noche, mientras cenaba con sus padres y sus hermanos. Tras un forcejeo descontrolado y una serie de injurias lanzadas al aire, habían lanzado literalmente a la pequeña fuera de la casa, pues no conseguían que parara de llorar. Después se erigió la voz de uno de aquellos encapuchados:


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El señorito.


- Y tú, ¿qué crees?

- Yo creo que te mueres y punto.

- ¿Y punto?

- Si.

- ¿Y dejas de pensar?

- Si.

- No, eso es imposible.

- Lo que tu digas.

Después de unos minutos de silencio, la chica retoma la conversación.

- A ver, ¿tú alguna vez has dejado la mente en blanco?

- Claro, cuando duermo.

- ¡Claro! Cuando te mueres, es como si soñases todo el tiempo, ¿no?

- Si, ya lo decía .

- ¿Y con qué crees que sueñas cuando te mueres?

- No sé. Yo sólo sé que soñaré contigo todo el rato.

- Ya, claro.

- Si, de hecho he leído un artículo en El País, de un psicologo muy famoso que se llama Tevez, que es argentino. Dice que cuando la palmas sueñas con tu primer amor.


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