Agua
Yo le decía a mi hermano, en tono confesional, que el mundo abundaba en idiotas peligrosos, que son la clase de idiotas que creen fervientemente tener razón. Ese, le decía, era un descubrimiento reciente para mí. La guerra nos salpicaba sangre en las narices y los canales de TV mostraban una sólida y teatral estafa. Llené su vaso y el mío con cerveza y noté en sus ojos el mismo anhelo de sumirse en la conversación. Mi hermano, tan joven y búdico, hablaba del amor como de partituras rotas. Las partituras eran cárceles de oro que él sabía romper con una maestría que parecía ingenua. Su cráneo perfecto de raso cabello, era parte de una hermosa unidad. El amor, me decía, él, que lo conocía, es como el viento de la creación. Te atraviesa y si te pones necio, te golpea, sigue su curso. No puedes ser su dueño nunca.


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