Las joyas de una vida: capítulo 5
Desde el suceso del mercado, William se acercaba con frecuencia por Villabaldía. Beatrice y él habían entablado una bonita amistad. Él la requería con frecuencia para pasear por los alrededores de la villa, entre las vastas campiñas que lindaban con los ancianos bosques de sauces, colmados de recuerdos que ya nadie posee.
Hablaban de todo. Al principio únicamente de trivialidades: el verdor de las campiñas, lo nublado que en ocasiones estaba el cielo, la cosecha; pero pronto comenzaron a abrir el corazón el uno al otro.
William no permitió que siguiera viviendo de aquella manera. La muchacha le hacía sentirse bien, hacía que se evaporara de los problemas, del día a día y de presiones a las que, por su condición de noble, estaba irremediablemente condenado a padecer. Beatrice conseguía que William de Sutter se sintiera vivo. Por ende, sacó a Beatrice de esa vida sin futuro, mandó construir en varias semanas una cabaña y se la asignó, junto con una partida de ganado del que vivir. De esta forma, podría acercarse a ella siempre que quisiera.







