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Las joyas de una vida: capítulo 5


Desde el suceso del mercado, William se acercaba con frecuencia por Villabaldía. Beatrice y él habían entablado una bonita amistad. Él la requería con frecuencia para pasear por los alrededores de la villa, entre las vastas campiñas que lindaban con los ancianos bosques de sauces, colmados de recuerdos que ya nadie posee.

Hablaban de todo. Al principio únicamente de trivialidades: el verdor de las campiñas, lo nublado que en ocasiones estaba el cielo, la cosecha; pero pronto comenzaron a abrir el corazón el uno al otro.

William no permitió que siguiera viviendo de aquella manera. La muchacha le hacía sentirse bien, hacía que se evaporara de los problemas, del día a día y de presiones a las que, por su condición de noble, estaba irremediablemente condenado a padecer. Beatrice conseguía que William de Sutter se sintiera vivo. Por ende, sacó a Beatrice de esa vida sin futuro, mandó construir en varias semanas una cabaña y se la asignó, junto con una partida de ganado del que vivir. De esta forma, podría acercarse a ella siempre que quisiera.


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Las joyas de una vida: capítulo 4


Oscuridad. Latente en las pupilas de los hombres la preocupación y la intriga. El que se hacía el jefe del grupo portaba una antorcha que iluminaba la noche. Debían de ser por lo menos seis, contando al mencionado cabecilla, el cual caminaba de un lado a otro, apoyándose de vez en cuando sobre un tronco viejo, haciendo bailar a su antojo las sombras de sus compañeros.

Estaba muy nervioso, aunque no era la primera vez que asaltaba las tierras de Ranstings junto con otros soldados. Incendiarían casas, violarían a mujeres y niñas y arrasarían todo lo que pudieran. Así cedería el Conde, que no dejaba un pedazo de tierra condenado a caer a manos de sus enemigos.

Las montañas son un buen refugio, y mucho mejor lo es cuando la noche es tan densa. Esperaban a que se acercara alguien, y así fue. Aparecieron de entre el fulgor nocturno tres jinetes. Primero bajaron los dos que flanqueaban al central y, tras ello, el de en medio descendió del caballo con algo envuelto bajo el brazo.


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