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Las joyas de una vida: último capítulo


Muchos años hacía ya desde toda aquella historia. A pesar del estado de salud de Elliot de Sutter, consiguió vivir muchos años más de tormento y, por supuesto, no aceptó la sugerencia de la abdicación. Como William, era un hombre de ideas bien meditadas. Su hijo vivió mientras bajo el amparo del Duque de Sussox quien, como había hecho tiempo atrás, le ayudó a instar a Elliot de Sutter para que le entregara Ranstings, otorgándole mesnadas, privilegios, y todo lo que requirió para ello, tratando de forzar a su Conde a una entrega voluntaria que nunca realizó.

Cuando llegó la deseada muerte del Conde de Ranstings, William de Sutter asumió el gobierno del condado, a falta de más miembros del linaje y, sorprendentemente, porque así constaba en el testamento de Elliot de Sutter. No obstante, William tampoco entregó Ranstings, como se suponía debía hacer. Quién sabe si fue por la codicia o por el remordimiento, pero el nuevo Conde mantuvo una nueva lucha por la defensa de aquellas tierras. La lucha por la paz es intrínsecamente imposible. La guerra, tarde o temprano, sólo engendra más guerra.


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Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (I)


–¡Alto! En nombre de Sir Elliot de Sutter, Conde de Ranstings. ¡Deteneos y deponed las armas!

Mucho tiempo después, los encapuchados habían seguido realizando más acciones de pillaje y violencia. En esta ocasión, habían sido descubiertos por varios vasallos del Conde que aguardaban impacientes a someterlos a su emboscada. Y así había sido. Los encapuchados eran cinco, y los vasallos del Conde allí reunidos más de diez. Sin duda, el Conde Elliot se había preparado para la ocasión. Se hallaban frente a una huerta que ardía, incendiada por los asaltantes. La escena estaba bien iluminada por el fuego. No había escapatoria.

–¿Qué hacemos? –preguntó desesperado uno de los maleantes–. Si nos entregamos tendremos la clemencia del conde, ¿no?

Todos miraron al jefe, que permanecía serio.

–No hay clemencia para los traidores en Ranstings… –zanjó–.

–Esto no ha sido nunca una buena idea, ya lo sabía yo… –se desmoronó otro encapuchado entre sollozos–.


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