SOPA DE RELATOS

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PERDIENDO EL HILO (5)


La mañana siguiente no han cambiado tus ideas. Jose ha hecho el desayuno y te lo lleva a la cama. Estás feliz. Ésa es la palabra. Hace mucho tiempo que no te sentías así. Él tiene una permanente y blanca sonrisa en el rostro. Parece que no puede reprimirla. Se le escapa hasta cuando hablais de cosas serias.

Pasas el día con Jose. En la cama, en el sofá, en la ducha, en la cocina, en el ascensor. Lo sigues hasta cuando va a comprar pan. Debes recuperar el tiempo. Tienes que saciar tu hambre. Pasas la mañana, la tarde, y la noche, pegada a su cuerpo.

Piensas en el hilo dental. No sientes el impulso de correr a mirarlo si ante ti está Jose y puedes mirarlo a él. No comentas su existencia.


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PERDIENDO EL HILO (4)


Inviertes tres días en mirar pisos de alquiler, hasta que encuentras uno muy parecido al tuyo. Tiene la cocina más grande y muchos muebles viejos. Cuesta diez euros más al mes, pero está más cerca de tu trabajo. Decides alquilar el piso. Haces la mudanza de las cosas pesadas a través de una agencia, en dos días, pero no te trasladas a tu nuevo hogar. Aún no lo has limpiado a fondo y, además, quieres pintar el dormitorio de rosa.

Transcurren los días y tú frotas azulejos y enjuagas el rodillo. Metes ropa en los armarios, das tu nueva dirección al banco, conoces la panadería de tu nuevo edificio y miras el hilo dental con una sonrisa, desafiante, creyendo que le has vencido. Duermes en los dos pisos, dependiendo de dónde te pille el sueño. Cuando estás en el nuevo, echas de menos las vistas del antiguo. Cuando estás en el antiguo, te sientas en el bidé y se te van las horas.


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¿Dónde esta el nueve?


Me despertó la basura. Los lunes por la mañana llegan a una hora indecente y tengo que aguantarme porque vienen a hacer su trabajo o simplemente -esto puede ser más veraz- porque no me puedo quejar. El hecho es que, ya que estaba despierto y con pocas ganas de meterme a la ducha, decidí ver las noticias en mi canal favorito. Aquí empieza el serio problema que voy a tratar de describir y que, espero, entiendan.


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PERDIENDO EL HILO (3)


No sabes qué hacer pero sabes que debes hacer algo. Sabes que debes coger el hilo dental y tirarlo. Ponerlo en cualquier otro sitio no tiene sentido. Ponerlo en un cajón oscuro o una repisa iluminada no cambiaría las cosas. Sólo cambiarías el frío y duro asiento del baño por otro más cómodo. Seguirías mirando embobada aquel envase blanco. Así que sabes que lo mejor que puedes hacer es tirarlo a la basura. Es lo que siempre piensas, sin ninguna duda es lo más lógico, como hicistes con las flores…

Pero hace tiempo que tus pensamientos dejaron de ser racionales, hace días que sólo te manejan los sentimientos, impredecibles, inexplicables… y no haces nada. Los sentimientos no te dejan hacer otra cosa más que mirar la cajita blanca de la seda dental.


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PERDIENDO EL HILO (2)


Sueles saber dónde van las cosas. Cuando encuentras algo sabes qué lugar le corresponde, qué quieres hacer. Todo tiene su sitio y tú lo colocas en él. Sin embargo, no sabes dónde va el hilo dental de Jose. Está ahí y no tienes ni idea de dónde meterlo. Así que sólo lo miras. Sigues creyendo que estás volviéndote loca, porque él también te mira.


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PERDIENDO EL HILO (1)


Paseas por la casa. Miras el hilo dental, caído detrás del mueble del baño, y te echas agua fría en la cara. Mientras secas tus manos sigues mirando el hilo dental.

Vuelves al salón y te sientas en el sillón. Enciendes la tele. Durante unos minutos contemplas a los tigres siberianos, tan bellos, tan amenazantes, tan amenazados, jugando en la nieve. Te parecen gatos gigantes. Cazan y matan, y en los inviernos más crudos mueren de hambre. Rugen, y bostezan, y tienen los colmillos blancos. Ellos no se lavan los dientes, piensas, no hay seda dental para sus potentes dentaduras.

Te atrapan los pensamientos y vuelves a levantarte, inquieta. Paseas por la cocina, por el salón, por el pasillo. Vas al baño y te sientas en el bidé. Desde ahí ves una mancha clara, un blanco ensombrecido en la oscuridad de la rendija que queda entre el mueble y la pared.


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La Rata


Una vez, mirando por mi ventana vi una rata. Gorda, peluda y gris, con una larga y puntiaguda cola rosada y un par de afilados dientes muy amarillos que usaba para devorar con inusual vigor las moras silvestres de mi jardín.

Con desagrado mirada yo aquella rata día tras otro comer, cada vez mas anhelo aquellas frutas.

-¡Tu! ¡Rata!, ¿por que comes de esas manera?, ¿que acaso no piensas en tu prima la ardilla?- Ella me miro con sus grandes ojos negros y con triste mirada continuo engullendo.

A la noche siguiente, decidí seguir a aquella rata escabulléndome entre estrechos túneles cubiertos de moho y mugre.

Cuando al fin llegue a un amplio plano donde vi a 7 pequeños bultos rosados, acurrucados uno contra el otro. Todos con diminutos hocicos abiertos a la rata, que escupía en ellas las moras ya marinadas en su saliva.

A la noche que aconteció a esta, deje 3 manzanas junto al arbusto de moras de mi jardín.


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