PERDIENDO EL HILO (3)
No sabes qué hacer pero sabes que debes hacer algo. Sabes que debes coger el hilo dental y tirarlo. Ponerlo en cualquier otro sitio no tiene sentido. Ponerlo en un cajón oscuro o una repisa iluminada no cambiaría las cosas. Sólo cambiarías el frío y duro asiento del baño por otro más cómodo. Seguirías mirando embobada aquel envase blanco. Así que sabes que lo mejor que puedes hacer es tirarlo a la basura. Es lo que siempre piensas, sin ninguna duda es lo más lógico, como hicistes con las flores…
Pero hace tiempo que tus pensamientos dejaron de ser racionales, hace días que sólo te manejan los sentimientos, impredecibles, inexplicables… y no haces nada. Los sentimientos no te dejan hacer otra cosa más que mirar la cajita blanca de la seda dental.
Un día llegaste dos horas tarde al trabajo. Se te había ido el tiempo sentada en el bidé, mirando el hilo dental. Crees que te hechiza, que te controla, que te manipula, que te hipnotiza mientras susurra un nombre. Jose, Jose, Jose, dice el hilo dental. Y tú sabes que has perdido la chaveta, que se te ha ido la pinza, que se te ha fundido la bombilla y tienes que volver a encenderla…
Después de cinco semanas entiendes que debes hacer algo cuanto antes, si no quieres perder el trabajo y la cordura. Pediste que te adelantaran las vacaciones de verano, y quieres solucionar el problema en estas tres semanas libres.
El problema es el hilo dental. No lo quieres. Te está volviendo loca. Quieres quitarlo, pero no quieres tocarlo. Se te han ocurrido un montón de teorías fantásticas sobre qué pasaría si lo tocaras. Has convertido el hilo dental en un fetiche, en una supersticción, en un ídolo, y te aterra.
Se te han ocurrido ideas disparatadas. Has pensado que metes la mano en la rendija, para sacarlo, y que una línea invisible te corta los dedos. Has pensado que lo coges y se te queda pegado en la mano,… incluso que una vez la agarres, la cajita comenzará a traspasar tu piel, se fundirá contigo, con tu carne, se meterá en tu cuerpo, se volverá parte de ti, y ya siempre te acompañará a todas partes… Se te ocurre que si lo tocas te transformarás en estatua de sal, que te quedarás ciega, que si notas su tacto perderás la cabeza de una vez por todas, que se te caerá el pelo, que un abismo se abrirá bajo tus pies, que explotará en tus manos haciendo que vueles en mil pedazos, destrozando la mitad de tu edificio… Piensas que si lo tocas puedes morir electrocutada, más aún si te sirves de las viejas pinzas de hierro. Piensas que una maldición terrible puede recaer sobre ti. Has pensado que si lo tocas Jose, esté donde esté, en la cama de otra mujer, en la carretera, en su trabajo o en casa de su hermana, caería fulminado por un rayo. Has pensado que puede ser una pieza maestra del engranaje del mundo, que si lo mueves un sólo milímetro, el universo entero temblaría…
Sí, estás segura de estar volviéndote loca, porque crees fervientemente que algo injusto y malvado se desencadenaría si tú tocaras el hilo dental. Crees que estallará una guerra mundial, que se sucederán siete plagas, que el cielo se pondrá marrón, que se morirán los perros blancos, que se extinguirán los hombres negros, que una mariposa chocará con una flor, que las estrellas se caerán del cielo, que Jose recibirá cien latigazos, que te saldrán pelos piojosos en la lengua, que se agrietarán todos los muros, que se ahogarán los peces, que sudarás sangre y orinarás magma…
Sientes que algo terrible sucederá si lo tocas, así que la premisa, como un doble mandamiento, es deshacerte del hilo dental sin entrar en contacto con él.
La alternativa a eso sería que alguien lo hiciera en tu lugar. Sabes que otra persona puede hacerlo, que así no peligraría el equilibrio, ni la gravedad. Pero no te atreves a pedírselo a nadie. Antes, quizás. Antes de que estuvieras tan desesperada, quizás tendrías que haberlo hecho. Ahora ya no. Ahora sabes que no tienes un comportamiento racional. Sabes que no utilizarías las palabras correctas ni la expresión adecuada, que te temblaría la voz, que esa petición exigiría preguntas, que te explayarías dando detalles, que te delatarían la emoción y el miedo, que suplicarías el favor, que cuando hablaras del hilo dental alguien terminaría por llamar a una ambulancia, a tu madre, a la policía…
Esta mañana, en tu quinto día de descanso, has encontrado el remedio que buscabas. No es todo lo coherente que te gustaría, pero te ha hecho suspirar y relajar los hombros. Puedes conseguir tu objetivo, aunque la formúla te parezca cobarde.
La solución es mudarte.







