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PERDIENDO EL HILO (5)


La mañana siguiente no han cambiado tus ideas. Jose ha hecho el desayuno y te lo lleva a la cama. Estás feliz. Ésa es la palabra. Hace mucho tiempo que no te sentías así. Él tiene una permanente y blanca sonrisa en el rostro. Parece que no puede reprimirla. Se le escapa hasta cuando hablais de cosas serias.

Pasas el día con Jose. En la cama, en el sofá, en la ducha, en la cocina, en el ascensor. Lo sigues hasta cuando va a comprar pan. Debes recuperar el tiempo. Tienes que saciar tu hambre. Pasas la mañana, la tarde, y la noche, pegada a su cuerpo.

Piensas en el hilo dental. No sientes el impulso de correr a mirarlo si ante ti está Jose y puedes mirarlo a él. No comentas su existencia.

Despiertas por segundo día al lado de Jose y le muerdes el culo para que despierte. Él se molesta, se ríe, se venga de ti haciéndote cosquillas en los pies, algo que odias. Pataleas y chillas pero sabes que no tienes escapatoria. Te suelta cuando la risa te provoca un acceso de tos y empiezas a enrojecer. Una vez recuperada, aprovechando que no está en guardia, vuelves a morder su culo, con más fuerza. Desde luego, te dice, estás buscando guerra.

Después de morder todo su cuerpo, después de que él lama toda tu piel… cuando habeis comido, hacia las siete de la tarde, Jose decide ir a casa de sus padres para, por lo menos, cambiarse de ropa. Tú llenas una maleta para llevarla a tu nuevo piso. Acompañas a Jose, y le instas a que coja muda para más de un día. Luego vais a la calle que él no conoce arrastrando una maleta cada uno.

Estrenáis la casa haciendo el amor en la alfombra del pasillo, como animales, con la ropa a medio quitar, sin preliminares, con prisas. Las maletas están tiradas en el suelo, caídas de cualquier forma. Igual están las llaves, en el suelo, clavándose en tu espalda sin que el dolor te importe.

Casi te quedas dormida allí, con tu oreja en el ruidoso estómago de Jose y tu culo en la fría pared, agotada, feliz. Escuchas la voz de Jose y abres los ojos, vuelves al mundo de los vivos. Su boca te está proponiendo una ducha.

En el cuarto de baño, Jose termina de quitarse los pantalones y saca las cosas de los bolsillos. Sobre el mueble del lavabo Jose suelta sus llaves, su teléfono móvil, su cartera, un bolígrafo y, mira tú por dónde, quién te lo iba a decir, una cajita blanca de seda dental.

Se para tu corazón dos segundos. La cajita. La miras. Sabes que es ésa, y no cualquier otra, porque también te mira. Incluso sientes que te està sonriendo, contenta de volver a verte. Jose te habla. No entiendes qué dice. Apenas lo oyes. Le preguntas, con un indeciso dedo índice, qué es éso, de dónde lo ha sacado. Jose se queda callado un instante y luego sonríe, y te dice que tiene gracia. Tú luchas por ser racional, y escuchas. Jose sigue hablando. Te dice que bueno, es una tontería, pero le ha hecho gracia. Dice que es su hilo dental, que estaba caído detrás del mueble del baño. Dice que cuando recogía sus cosas se le cayó. Dice que iba a cogerlo, pero que cuando estiró la mano algo le hizo dudar. Jose dice que algo le impedía quitarlo, que la idea de dejarlo le gustaba, que sintió que así no se iba de tu lado. Tú estás callada y Jose habla. Te cuenta que el día anterior lo recordó, y que fue al baño y se quedó de piedra al comprobar que seguía en el mismo sitio. Te cuenta que esta tarde no ha podido resistirse y se lo metió en el bolsillo, porque bueno, al fin y al cabo, es suyo. Dice que ha recuperado su hilo dental y te ha recuperado a ti. Jose está sonriendo.

Tus pensamientos dan muchísimas vueltas. Hacen piruetas las ideas, malabares las intenciones, y la lógica camina sobre la cuerda floja, sin ninguna protección. No sabes qué decir. Ni siquiera sabes si puedes hablar, si no has perdido para siempre la voz, si hablarás en un idioma que Jose pueda entender… Sólo tienes ojos para el hilo dental.

Sonríes. Es una sonrisa cerrada, dura. Piensas que si tocas el hilo dental puedes recuperar el hilo mental, que puede arreglarse todo, que es el conducto al raciocinio, a lo visible, a lo práctico,… la seda es más bien una caña de pescar, sólo tienes que tirar de ella. Quizás.

Extiendes la mano. Jose está a tu lado, y puede que hable. Lo percibes como al bidé o al espejo, un algo borroso que no es nada mientras no tires del hilo dental y sufras una combustión espontánea o dejes de saberte loca. Estás dispuesta a correr el riesgo. Ya es un desafío personal.

Tus dedos viajan despacio en el aire. Recorren la distancia hasta la cajita blanca y se detienen a un centímetro del plástico. Coges aire y mueves un dedo. Tocas el hilo dental. Pierdes el salmón que pretendías pescar,  y se te escapa la cordura.

Por fin, empiezas a chillar.

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