SOPA DE RELATOS

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Las tortugas y el correo


El primer ingeniero del mundo fue Dios. Con su perspectiva lógica y organizativa, en pro de construir un mundo para bastantes milenios, al menos 5000, realizó un análisis exhaustivo y bien documentado sobre las necesidades del mundo y decidió asignar una responsabilidad a cada animalito, muchos de los cuales no eran como los conocemos hoy en día.

Los elefantes, por su tamaño y peso, serían los constructores de caminos. Trabajarían varias horas a la semana y siempre andarían en grupos numerosos para asentar bien el camino. Un paso abre una ruta, un segundo paso la consolida y el tercero le da su visto bueno, por eso los elefantes bebés van a la cola, sus ojitos están más cerca del suelo que los de sus predecesores.


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Solo así se crean nuevos que pueden ser mejores.


Plink ,

Plink.

Otra gota más cae bajo esta ventana,

¿Por que escucho este ruido tan indetectable ante el oído humano?

¿Será por que de tanto pensar en las pequeñas cosas de la vida que he podido disfrutar, se ha convertido mi oído más sensible?

O mejor será por que de tanto intentar no pensar en todo lo que usualmente dejamos pasar, en los miles de momento sin ruido, sin memoria, en silencio, sin opinión y sin vida, me ha convertido en algo tan vacio donde los sonidos hacen eco al no encontrar ningún objeto con que chocar.

Huy!! Sin darme cuenta he sabido algo, en medio de todo no siempre el espacio más  desolado, resulta ser  el más vacio.

Tal vez el saber que soy capaz de dar más de mí, me hace pensar de forma impredecible dando respuestas a lo que a mi feroz mente hambrienta se le ocurre preguntar…


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Relatos Historicos, Segunda Entrega


Año 1808, día dos de Mayo, Madrid.

Mientras terminaba el ultimo trozo de mi humilde hogaza de pan que recibía todos los Sábados, como salario, el viejo se me acercó, me golpeó suavemente el hombro y me dijo:

- Hoy van a pasar cosas, chico, verás.

Pensé que lo unico que iba a pasar era que los gabachos de mierda iban a seguir violando a las mujeres y comiendose nuestra comida, que ya de por si era poca. ¿No iban a Portugal? Porque yo les veo aquí muy a gusto. Descendimos por las callezuelas de la ciudad que desemboca en la plaza, cruzandonos con conocidos y con conocidas, con ladrones, hosteleros, nobles, amigos, familiares e incluso novias. Todos tenían la misma expresión en el rostro: algo estaba pasando. Tenían gestos de inquietud, como si estuvieran esperando algún tipo de señal. Era todo muy raro, todos parecían tener un plan en el que yo no me veía incluido y que seguro traería problemas. ¿Pero qué? Seguimos avanzando por las calles de Madrid hasta recaer en la imensa Plaza Mayor. Solo fué cuando el viejo me susurró lo del Palacio Real, cuando de verdad me alarmé.


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El otro Viernes


Robinson se encontró con un indígena en la playa al que, casi de inmediato, convirtió en su lacayo.

Con el trascurso de los días le enseñó su lengua, lo vistió y le explicó para qué servía el vestido y en qué consistía la vergüenza. Le habló de su dios. También lo instruyó en modos diferentes de trabajar ciertos materiales, diseñar herramientas y casas más eficientes. Viernes se deslumbró. Hizo unas cuantas oraciones en la playa y decidió convertirse en buen cristiano pero también, sin sospecharlo, se hizo comerciante.
Regresó a su aldea y explicó a sus compañeros, con vehemencia poco habitual en él, las novedades que había descubierto, pero ocultó la fuente de sus nuevos conocimientos. Se trataba -dijo a quien preguntó- de inspiración divina. Su nueva indumentaria era un ejemplo de su nueva magia. Los indígenas se mostraron reticentes pero, poco a poco, con el apoyo de los más jóvenes y curiosos, sus ideas comenzaron a practicarse con buenos resultados para los suyos. Vio crecer su influencia en muchos asuntos.
Mientras tanto, Robinson, más aliviado de su soledad, se sentó a esperar la visita de Viernes. Este se hizo esperar más de lo previsto, pues andaba ocupado en establecer su nuevo poder entre los suyos y encontrar el mejor momento para separarse del resto sin que lo siguieran.
Finalmente, cuando se volvieron a ver, Robinson le hizo conocer su intención de regresar a su tierra. Para tal empresa el apoyo del convertido Viernes era fundamental, sin embargo, Robinson se cuidó bien de hacerle entender que no era Viernes quien ayudaba a Robinson, sino todo lo contrario.


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Es hora de morir


Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais… atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.

Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Es hora de morir. “

Blade Runner, 1982

 

 

Qué más da que se diga cuándo empezó todo esto. La cuestión es que tarde o temprano iba a ocurrir; la conducta social derivaba inevitablemente a esto. El origen lo encontraremos en el interior de cada uno de los humanos. De lo que queda de ellos.

Durante muchos años las tres leyes de la robótica fueron inamovibles; exactas, perfectas. No llegaba la hora de producirse el peor íncubo de muchos; la revolución de las máquinas. Al fin y al cabo, no son tan perfectas como sus creadores y ni máquinas haciendo máquinas conseguían superar esa tara.


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EL CARTERO


Llaman a la puerta, y es un chaval que creo que se llama Rafa, no lo tengo claro. Pero sí sé que siempre me dio morbo. Viene a entregar una carta certificada para mi padre, la cual tengo que firmar. Él sí recuerda mi nombre, y lo apunta y pregunta mis apellidos. Escribe, desdobla papeles, se le cae el bolígrafo, lo recoge, sonríe, me mira el escote, vuelve a pedirme que firme…

–Te llamabas Rafa, ¿no?

–Eh… sí.

–¿Tienes novia, Rafa?

–No…

–¿Quieres mi número?

Rafa me ha contemplado con los ojos muy abiertos y una sonrisa indecisa. Parece que, por fin, lo entiende. De nuevo siento cómo su mirada se desvía un segundo a mi cuello, y saco mi media sonrisa, hacia la izquierda, sin enseñar los dientes, mirándolo por encima de las gafas.

–Eh… sí. Sí. Dámelo.


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Catálogo de sueños


Las luces potentes de la sala de exposiciones resaltan mis aerodinámicas líneas y el brillante color rojo de mi fina carrocería, mis cómodos asientos son de una suave pero resistente piel oscura, los controladores de velocidad y rpm se complementan con el sistema de navegación GPS y las pantallas de información y entretenimiento. En fin, que gracias a la inmejorable visión de uno de los mejores diseñadores del momento y una de las más prestigiosas marcas del mundo, soy uno de los modelos deportivos más cotizados y atractivos del mercado.


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Café amargo


Dejó que la música investigara por él, que fuese su guía, como lo es el can labrador del ciego de los caminos de la vida.
Pobre perro y pobre ciego.
Pobre ciego por no poder ver, y pobre perro porque nunca verá otra cosa que lo que puedan ver sus ojos, nunca más allá, siempre con un destino fijo.
En ese sentido, el ciego es más libre, porque no puede mirar el mundo que nos rodea, pero sí puede ver alegrías rotas por carcajadas o llantos acompañados de suspiros.
Y eso lo hace sin mirar.
Y la música investigó. Profundizó.
Años mas tarde, cuando se levanto una mañana fría y soleada, típica de los caramelos dulces y breves que nos regala Enero en el hemisferio norte, apagó el despertador de un manotazo.
En esos momentos prefería que la música no profundizara, ni le acompañara.
Se tomó un café sólo, aunque lo odiaba. Amargura. Y más amargura que llegaba desde el altavoz incorporado de su teléfono, aunque para funcionar necesitase llevar conectados los auriculares.
Ya no escuchaba música. Aquello le producía dolor de cabeza.
Prefería privarse de unos momentos de relax antes que vivir refugiado en ellos por el resto del día.
¡Y encima le tocaba guardia!
Parecía que todo estaba en su contra. Miró el reloj de la cocina y el resto del día vivió atrapado en los cinco minutos de retraso que marcaba.
Llegó a casa. Y pudo descansar.
Otro día más en el que el mundo parecía gritarle que despertara, pero a él, pobre, le parecía un canto fantasmagórico que prefería no escuchar.
¿Amargura? No, el café amargo de siempre no era sinónimo de amargura.


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New York y otras cosas


Cuando crees que nadie te escucha, encerrado en la intimidad del mundo, sin escuchar los suaves tintineos que sobrepasan los espejos no pulidos, subes al ático con techo de cristal, de la mítica ciudad, del sitio donde los sueños son efímeros empaquetamientos hechos de cristales de azúcar.
Y ante ti, se rinde, poderosa, con millones de luces a tus pies. Y sobre ti, de una manera sobrenatural,otras tantas luces.La ciudad se comporta casi como una jungla cuando rompe el día, y frente a ti, en algún lugar de tu visión retrospectiva, encuentras a la Gran Libertad amenazándote con descargar una tormenta de fuego que sólo dejaría de ti las cenizas.
Se ríe de ti por ser un simple humano.
Y tu te ríes porque ella es una simple estatua.
Y tu risa queda atrapada en algun alíseo impertinente que pretende eliminar del mundo la alegría.
Lo consigue poco a poco.
Años después, cuando ni tú ni nadie subirá las escaleras en caracol que llevaban al ático de tu casa, cuando la Naturaleza acabe por demostar que es la mayor fuerza que existe, y que todo el poder del mundo recae sobre su espalda y sobre su cetro imperial; cuando cansada de repetirnos que con ella no se jugaba, que acabaríamos pagando las consecuencias tarde o temprano, la Estatua termina por ceder al viento alíseo que te robó la sonrisa, para arrebatársela ahora a ella.
Un mero servidor de la Naturaleza.
Y la estatua, la Gran Libertad, es absorbida por la Natura y gana la batalla el contendiente predestinado.
Nadie.
Nadie quedará para llorar la derrota de una Libertad que muchas veces quedó olvidada por sus creadores.


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El reloj


Su casa estaba llenas de relojes, cada uno marcaba algún acontecimiento importante en su vida, la hora a la que entro en clase por primera vez, su primer beso, su primer trabajo, aquel viaje tan ansiado, y los momentos no tan buenos. Su vida giraba ante todo aquello que le hiciera sentir y su manera de conservarlo, era deteniendo el tiempo.
Sin embargo, al final de un oscuro pasillo había un reloj que marcaba la hora exacta en la que el tiempo se movía. Las manecillas, imparables, giraban, sonando al compás de algo que se le había escapada, algo que aún no había sentido, no había hecho, no había vivido.
No podía controlarlo, no podía pararlo. Tic, Tac, sonaba con mayor intensidad en las noches en las que no podía conciliar el sueño. Era el sonido de lo que le faltaba.
Así paso el tiempo, pendiente a las manecillas de ese reloj y el silencio gano la batalla, dejo pasar las oportunidades, esperando aquello que no llegaba.
Aquel reloj representaba el fluir constante del tiempo, era eso lo que le faltaba, avanzar, sin temor a dejar algo atrás, sin miedo a seguir. Era su propio corazón, el que se encontraba en aquel oscuro pasillo, el que se movía al compás del tiempo, el que le pedía salir de allí.


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Monólogo


Llegan las esdrújulas.
Mi monólogo.

Llegan las clavículas
a estirárseme.
Llega el miércoles,
el sábado…
¿y cuándo llegarán
los áticos,
los círculos,
los murciélagos,
las preciosas
féminas
con sus éxtasis,
con sus clítoris?

Llegan las cómplices
palabras,
los párrafos…

Llego yo,
tímida,
tórrida,
tácita,
a la cúspide,
y el vértigo
me abruma.

Llega ese recuerdo
que quiero olvidar…
y me olvido
de las esdrújulas…

Ahora sólo pienso unas palabras,
y ni siquiera son castellano…

I wanna do bad things with you.

Sí… realmente quiero hacer cosas malas contigo.

Cosas esdrújulas,
difíciles y cálidas.

Eróticas…

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Exorcismo


¿Cómo lo hago? ¿Me lo explicas tú? ¿Me dices cómo me olvido de nuestros secretos y de tus ojos? Por favor. Pórtate bien, y dime cuánto tiempo durará esta nostálgica ruina, esta ruinosa nostalgia que siento al recordar tu piel. Vamos, valiente, ¿me dices cuántas noches tengo que soñar contigo, cuántas lágrimas tienen que caérseme sin permiso? Dime qué hago para no pensar en ti. Te estoy desafiando.

¿Puedes? ¿Puedes darme el remedio a tu desamor? ¿Me dices cómo te olvido?… Porque deberías decírmelo tú. Justamente tú, que me metiste en este berenjenal. Deberías sacarme. Tú, que te encargastes de protagonizar tantas escenas inolvidables. Deberías explicarme cómo te olvido.


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Reflejos


Pareces diferente, algo en ti ha cambiado, pero no sé qué es, si tú mirara o lo que te rodea.

Sin embargo tu sonrisa sigue igual, llenando todo a su paso y llevándose el aire cuando se va.

Tus alas han crecido, llenan el espacio en el que te mueves y se agitan con brío ante la adversidad.

Te cambio tus alas por las mías, que se han roto de tanto volar. Llenas de agujeros, el aire traspasa la delicada piel que las envuelve y han perdido el brillo de sus colores.

O tal vez nunca llegué a volar y cada vez que alzaba el vuelo, caía en el incipiente vacío de la nada.

Un instante, un segundo, era lo único que necesitaba para volver a remontar y sentir el aire en mi rostro y convertir ese momento en eterno y hacerlo mío, de nadie más.


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La estantería


Libros apilados cuyas hojas apenas vieron la luz. Un marco improvisado que protegía a una foto que marcaba el tiempo pasado dos veces. Magia. Unos cuantos botes, algún que otro pincel sin utilizar, posiblemente, esperando a rozar pronto alguna paleta llena de óleos.
Más libros. Más magia: esta vez una cajita que atesoraba pequeños recuerdos, ornamentada de una forma tosca. Una felicitación que hizo llorar. Botes de colonia. Más libros: las 7 llaves del misterio junto a los 3 libros que hicieron pensar en la otra magia. A la vista. Dando el cante. Un revoltijo de papeles, CD’s, una grapadora sin grapas, cascos, música y un cajón entreabierto que precede a otros tres cerrados.
La estantería.
La vista de lejos es enigmática. Y esta llena de pequeños detalles. Detalles que podrían pervivir. O quizá no. Una estantería unica.
Sin embargo, pese a estar llena de cosas, la estantería estaba cubierta por una finísima capa de polvo, que dejaba entrever el desuso. Se trataba de algo extraño. Una movilidad estática. Una guerra de opuestos.
Pensé para mis adentros que nadie querría tener una estantería cómo aquélla, y me pregunte seriamente quién sería el que había creado todo aquello sin pensarlo.


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¿Qué más te puede pasar?


Óvulo y espermatozoide.
Cigoto.
Mórula.
Blástula.
Células.
Tejidos.
Órganos.
Tú.
Naces.
Sobrevives.
Hablas y caminas.
Te caes, te lastimas.
Mamá está ahí detrás.
Lloras y ella te rescata.
Te sientes protegido.
Llegas a un sitio donde ella no está para protegerte.
Y papá tampoco.
Es raro, pero te adaptas. Siempre te adaptas.
Conoces seres que, como tú, están allí sin papá y sin mamá.
Si al principio lloras para que, como siempre, mamá venga, luego no lo haces.
Si ellos aguantan, tu también.
Pasan los años y pronto el Sr. Pérez te hace constantes visitas.
Sigues cayendo, pero mamá ya no te hace tanto caso.
Te dicen: ¡Levántate!
Y asi, poco a poco, vas aprendiendo.
Eliges sin pensar.
Eliges amigos.
Eliges gente que te acompañará en tu vida un año o dos.
Eliges gente que estará ahí siempre.
Eliges qué hacer con el tiempo libre que te sobra, sin saber que nunca más te sobrará tiempo libre. Nunca.
Cambias los juguetes por libros, y las diez por las doce, o una.
Cambias de estilo, de música, de vida.
Te defines. Esto sí, aquello no, lo otro no me gusta, esto sí se me da bien.
Sigues eligiendo sin darte cuenta. La eterna alternativa.
Eliges un futuro.
E intentas lograrlo. Eso sí, sin saber si has acertado o no, sin saber si es la decisión correcta. Como siempre.
Y… ¿qué más te puede pasar?


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Nueva York


Y admiré la habitación en silencio mientras pensaba con orgullo donde estaba.

Observé por la ventana la ciudad moverse ajena a mis planes de ver mundo, de viajar lejos y de ver tanto que mis ojos tan solo quisieran cerrarse y dormir.

Vi una ciudad viva y palpitante, nueva y frenética, idealizada y real.

Entonces me dirigí hasta el equipo de música, puse la canción que esperaba escuchar y deje que Sinatra dictara los primeros compases mientras volvía a mi ventana.

Y allí parado de pie me di cuenta de que estaba sonriendo como un crio, sin poder evitarlo, sin querer evitarlo y sin pensar absolutamente en nada. Era libre y no tenía un destino marcado más allá que el de mis pasos y voluntad.No le debía nada a nadie.No pertenecía a ningun lugar, y eso me encantaba.


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El error iluminado


Amanece. El cielo pierde su misterio detrás de los edificios, allá por el este de la ciudad. La luz borra las sombras y hasta las dudas. Alumbra o abrasa la conciencia.

Isabel corrige su postura y se gira hacia el oeste para seguir contemplando la noche. Pero sabe que no es así. La noche ha terminado. Sabe que ya ha salido el sol y no está en llamas. No es un vampiro que pueda ocultarse hasta la noche siguiente. No puede exculparse aludiendo a su terrible naturaleza. Sabe que ha llegado el sol dominguero con la rutina en una fiambrera. Aún así, está dispuesta a engañarse unos minutos más, mientras el cielo pueda parecer nocturno.

–¿Qué hora es? — pregunta cuando el día termina de hacerse evidente.

–Las siete — dice el hombre que está sentado junto a ella, sobre la arena de la playa.


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