El error iluminado
Amanece. El cielo pierde su misterio detrás de los edificios, allá por el este de la ciudad. La luz borra las sombras y hasta las dudas. Alumbra o abrasa la conciencia.
Isabel corrige su postura y se gira hacia el oeste para seguir contemplando la noche. Pero sabe que no es así. La noche ha terminado. Sabe que ya ha salido el sol y no está en llamas. No es un vampiro que pueda ocultarse hasta la noche siguiente. No puede exculparse aludiendo a su terrible naturaleza. Sabe que ha llegado el sol dominguero con la rutina en una fiambrera. Aún así, está dispuesta a engañarse unos minutos más, mientras el cielo pueda parecer nocturno.
–¿Qué hora es? — pregunta cuando el día termina de hacerse evidente.
–Las siete — dice el hombre que está sentado junto a ella, sobre la arena de la playa.







