SOPA DE RELATOS

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Café amargo


Dejó que la música investigara por él, que fuese su guía, como lo es el can labrador del ciego de los caminos de la vida.
Pobre perro y pobre ciego.
Pobre ciego por no poder ver, y pobre perro porque nunca verá otra cosa que lo que puedan ver sus ojos, nunca más allá, siempre con un destino fijo.
En ese sentido, el ciego es más libre, porque no puede mirar el mundo que nos rodea, pero sí puede ver alegrías rotas por carcajadas o llantos acompañados de suspiros.
Y eso lo hace sin mirar.
Y la música investigó. Profundizó.
Años mas tarde, cuando se levanto una mañana fría y soleada, típica de los caramelos dulces y breves que nos regala Enero en el hemisferio norte, apagó el despertador de un manotazo.
En esos momentos prefería que la música no profundizara, ni le acompañara.
Se tomó un café sólo, aunque lo odiaba. Amargura. Y más amargura que llegaba desde el altavoz incorporado de su teléfono, aunque para funcionar necesitase llevar conectados los auriculares.
Ya no escuchaba música. Aquello le producía dolor de cabeza.
Prefería privarse de unos momentos de relax antes que vivir refugiado en ellos por el resto del día.
¡Y encima le tocaba guardia!
Parecía que todo estaba en su contra. Miró el reloj de la cocina y el resto del día vivió atrapado en los cinco minutos de retraso que marcaba.
Llegó a casa. Y pudo descansar.
Otro día más en el que el mundo parecía gritarle que despertara, pero a él, pobre, le parecía un canto fantasmagórico que prefería no escuchar.
¿Amargura? No, el café amargo de siempre no era sinónimo de amargura.


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New York y otras cosas


Cuando crees que nadie te escucha, encerrado en la intimidad del mundo, sin escuchar los suaves tintineos que sobrepasan los espejos no pulidos, subes al ático con techo de cristal, de la mítica ciudad, del sitio donde los sueños son efímeros empaquetamientos hechos de cristales de azúcar.
Y ante ti, se rinde, poderosa, con millones de luces a tus pies. Y sobre ti, de una manera sobrenatural,otras tantas luces.La ciudad se comporta casi como una jungla cuando rompe el día, y frente a ti, en algún lugar de tu visión retrospectiva, encuentras a la Gran Libertad amenazándote con descargar una tormenta de fuego que sólo dejaría de ti las cenizas.
Se ríe de ti por ser un simple humano.
Y tu te ríes porque ella es una simple estatua.
Y tu risa queda atrapada en algun alíseo impertinente que pretende eliminar del mundo la alegría.
Lo consigue poco a poco.
Años después, cuando ni tú ni nadie subirá las escaleras en caracol que llevaban al ático de tu casa, cuando la Naturaleza acabe por demostar que es la mayor fuerza que existe, y que todo el poder del mundo recae sobre su espalda y sobre su cetro imperial; cuando cansada de repetirnos que con ella no se jugaba, que acabaríamos pagando las consecuencias tarde o temprano, la Estatua termina por ceder al viento alíseo que te robó la sonrisa, para arrebatársela ahora a ella.
Un mero servidor de la Naturaleza.
Y la estatua, la Gran Libertad, es absorbida por la Natura y gana la batalla el contendiente predestinado.
Nadie.
Nadie quedará para llorar la derrota de una Libertad que muchas veces quedó olvidada por sus creadores.


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