EL CARTERO
Llaman a la puerta, y es un chaval que creo que se llama Rafa, no lo tengo claro. Pero sí sé que siempre me dio morbo. Viene a entregar una carta certificada para mi padre, la cual tengo que firmar. Él sí recuerda mi nombre, y lo apunta y pregunta mis apellidos. Escribe, desdobla papeles, se le cae el bolígrafo, lo recoge, sonríe, me mira el escote, vuelve a pedirme que firme…
–Te llamabas Rafa, ¿no?
–Eh… sí.
–¿Tienes novia, Rafa?
–No…
–¿Quieres mi número?
Rafa me ha contemplado con los ojos muy abiertos y una sonrisa indecisa. Parece que, por fin, lo entiende. De nuevo siento cómo su mirada se desvía un segundo a mi cuello, y saco mi media sonrisa, hacia la izquierda, sin enseñar los dientes, mirándolo por encima de las gafas.
–Eh… sí. Sí. Dámelo.







