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Es hora de morir


Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais… atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.

Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Es hora de morir. “

Blade Runner, 1982

 

 

Qué más da que se diga cuándo empezó todo esto. La cuestión es que tarde o temprano iba a ocurrir; la conducta social derivaba inevitablemente a esto. El origen lo encontraremos en el interior de cada uno de los humanos. De lo que queda de ellos.

Durante muchos años las tres leyes de la robótica fueron inamovibles; exactas, perfectas. No llegaba la hora de producirse el peor íncubo de muchos; la revolución de las máquinas. Al fin y al cabo, no son tan perfectas como sus creadores y ni máquinas haciendo máquinas conseguían superar esa tara.

 

Las pantallas táctiles habían dado paso a espacios tridimensionales de comunicación instantánea a través de una red mucho más potente que Internet; el pensamiento consciente. La telepatía para la transmisión de datos. El subconsciente aún se resistía. Pronto empezaron a surgir los nuevos hackers de la era tecnológica que se entretenían en insertar ideas en las mentes más inestables o recopilar valiosa información.

Pero no es que una mente perversa pensara y elaborara un malévolo plan de opresión mundial… con un mal paso, toda la raza humana se dirigió a su propia trampa. A pesar de todo, y aunque había algún trastornado historicista intentándolo, quedaban aún dos cosas que no se habían conseguido aún: el salto espacio-temporal y la resurrección.

 

 

Todo empezó en Japón, donde la Tecnología se había convertido en una nueva religión. Una tendencia marcada por una forma de vida disoluta y tan sólo pendiente de los últimos avances técnicos. Drogodependencia tecnológica.

Algunos hicieron de esto su forma de vida, y varias multinacionales se encargaron de la reconstrucción y rehabilitación de cuerpos humanos enfermos. Los primeros años, los pioneros en estas técnicas, mostraban con orgullo sus fracciones repuestas, frías y brillantes. Poco a poco, la medicina consiguió vencer, a base de la sustitución de las partes defectuosas internas o externas, todas las enfermedades y lacras del organismo humano. Una vez pasada la moda ciborg, la reconstrucción era cada vez más difícil de distinguir. El anciano empezó a parecer eternamente joven y el enfermo jamás volvió a serlo.

Pero se quería más.

 

En la cumbre de uno de los edificios más altos de Tokio se podía ver algo de cielo. La barrera de gases que atormentaba la ciudad con lluvias continuas quedaba justo dos niveles por debajo del despacho de directivos. Ahí, el aire del exterior se podía respirar brevemente, por lo que una de las ventanas estaba programada para permitir el paso del preciado gas a intervalos regulares. Algunos lo consideraban uno de los trabajos más codiciados.

En los mismos asientos donde años antes había comenzado la conquista de la perfección del cuerpo humano, se volvía  a plantear un problema médico.

A pesar de los increíbles avances, el número de suicidios subía alarmantemente. La depresión frenaba el avance social y las pérdidas generales teñían aún más oscuro la ya de por sí gris realidad. Día tras día, las reuniones que ahí se celebraban intentaban poner solución a la enfermedad del subconsciente. Pero siempre volvían a reunirse, volvían a tratar los mismos temas y siempre sin encontrar una solución.

Sin embargo, esta vez, parecía que iba a dar un fruto diferente.

Sentado cerca de la ventana, un hombre de rasgos europeos sonreía pacíficamente al cenizo encargado de la ventilación. Bajo el brazo, llevaba consigo un paquetito envuelto con esmero que asía firmemente. Con una tranquilidad que heló la estancia, formuló las palabras que consumirían la raza humana:

-¿Buscan la Felicidad? Yo la daré; programada a partir de la pequeña maravilla que aquí dejo.

 

Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais… atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.

Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Es hora de morir. “

Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais… atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.

Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Es hora de morir. “

Blade Runner, 1982

Blade Runner, 1982

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Es entretenido
Tiene una buena estructura
Las descripciones son elaboradas
Los diálogos son buenos
Me ha gustado el desenlace
Leería más relatos de este/a autor/a
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2 comentarios


  1. Comentario de Lascivo - 25.02.2011 - 09:20 (Responder)

    O sea, ¿que continua? ¿Es el que estabais haciendo Owen y tú? Hummmmm, me ha parecido muy muy correctamente escrito. Espero las continuaciones con ansias. Que no os desanime la falta de comentarios, estas fechas siempre han sido malas (exámenes y la tocada de huevos general después de ellos). El relato está genial ;)
    ¡Ah! ¡Y me alegro de leerte, Amelie! Ya hacía tiempo, ¿eh?

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    1. Comentario de ameliemelon - 01.03.2011 - 17:14 (Responder)

      si, continua, jejejejeje. ahora le paso el testigo a newowen, a ver con que nos sorprende!! yo tambien he estado de examenes hasta ahora, asi que me dejare caer por aqui mas a menudo.
      me alegro de que te guste ^^

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