Relatos Historicos, Segunda Entrega

Año 1808, día dos de Mayo, Madrid.

Mientras terminaba el ultimo trozo de mi humilde hogaza de pan que recibía todos los Sábados, como salario, el viejo se me acercó, me golpeó suavemente el hombro y me dijo:

– Hoy van a pasar cosas, chico, verás.

Pensé que lo unico que iba a pasar era que los gabachos de mierda iban a seguir violando a las mujeres y comiendose nuestra comida, que ya de por si era poca. ¿No iban a Portugal? Porque yo les veo aquí muy a gusto. Descendimos por las callezuelas de la ciudad que desemboca en la plaza, cruzandonos con conocidos y con conocidas, con ladrones, hosteleros, nobles, amigos, familiares e incluso novias. Todos tenían la misma expresión en el rostro: algo estaba pasando. Tenían gestos de inquietud, como si estuvieran esperando algún tipo de señal. Era todo muy raro, todos parecían tener un plan en el que yo no me veía incluido y que seguro traería problemas. ¿Pero qué? Seguimos avanzando por las calles de Madrid hasta recaer en la imensa Plaza Mayor. Solo fué cuando el viejo me susurró lo del Palacio Real, cuando de verdad me alarmé.

– Vamonos a casa, hagame caso, las calles van a llenarse de sangre – sugerí, mirando a mi alrededor, paralizado del miedo, viendo como los soldados franceses estaban tan nerviosos como yo.

– De eso, nada hijo – me respondió, y me mostró una navaja que tenía guardada bajo su capa, sonriente.

– Pero hombre, que va usted a hacer daño a alguien con eso, por dios.

Durante nuestra conversación advertí que la multitud aumentaba, apretándose más. Componíanla personas de ambos sexos y de todas las clases de la sociedad, espontáneamente venidas por uno de esos llamamientos morales, íntimos, misteriosos, informulados, que no parten de ninguna voz oficial, y resuenan de improviso en los oídos de un pueblo entero, de una serie de personas libres que luchan contra una serie de personas malas de corazón y a las que dios ha enviado con el unico fin de hacer el mal.

Cuando la plaza estuvo a reventar, que no cabía ni siquiera una aguja, un oficial español, de apellido Valverde, se dispuso a hablarnos a todos, sin importarle las amenazas de los guardas franceses. Empezó a hablar del Palacio Real, de Napoleón, de los reyes, del pueblo español y de dios.

La primera victima de la furia madrileña fué un oficial francés que a la sazón atravesó por la plaza de la Armería. Bien pronto se unió a aquél una patrulla gabacha. Contra ambos se dirigió el furor de hombres y mujeres, se dirigieron navajas, cuchillos, el viejo y algunas macetas y herramientas desde las ventanas, siendo estas las unicas que acertaron la cabeza del pobre hombre; pero al poco rato una pequeña fuerza francesa puso fin a aquel incidente. Como avanzaba la mañana, no quise ya perder más tiempo, y traté de salir de aquel infierno, con o sin el viejo. Me abrí pues a empujones entre la muchedumbre y cuando salía de la plaza, alguien a mis espaldas gritó:

– ¡La artillería! ¡Qué viene la artillería!

Como uno solo, todos los que aquel día ocupabamos la plaza, salimos corriendo en dirección a ninguna parte. Muchos niños reían, y la gente se lo tomaba mas bien como una forma de molestar a los gabachos que como una revuelta seria, en condiciones, de las que hicieron hace no tanto en Paris. Eso si que fué una revuelta. La gente cambió las risas y la excitación por los lloros y el miedo a la muerte cuando una detonación espantosa se produjo a unos veinte metros de mí. El estruendo heló la sangre en mis venas; y vi caer no lejos de mí algunas personas, heridas por la metralla. En grupo, todos seguimos avanzando por el mercado, donde muchos se unieron a nosotros. Recogimos puñales, navajas y banderas. Yo tuve la suerte de toparme con un francés muerto y con su fusil. Tardé unos minutos en cargarlo, y luego continué corriendo por el mercado. Cuando porfin me disponía a disparar, sentí algo clavandose en mi garganta. Era una bala, una bala francesa. ¡Vive la révolution!

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