SOPA DE RELATOS

Encuentra al escritor que tienes dentro

Cualquier día será el día


Y otra vez caminas solo,

Los pasos son más seguros,

La libertad que sólo la soledad te puede dar, transpira por tus poros.

Conociste el amor, probarlo y hacerlo parte de tu vida te hizo crecer, madurar si se quiere,

Pero el amor es inmaduro, es infantil, inocente y febril fuente de experiencias.

Ojala la vida fuera como el amor,

Nacer cada mañana y morir cada noche,

Tomar cada beso como ambrosía y sentir cada palabra como una descarga al corazón,

Un polo atierra para los pasos, con una única dirección.

Y otra vez caminará a tu lado,

Con nuevos ritmos te acompañara paso a paso,

Viendo su rostro entre la niebla de deseos vagos e instintos,

Guiado por la dulzura de su voz al pronunciar su nombre,

Marchando el amor de regreso a tu corazón.


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Es hora…


 

Abre tus alas, son tan grandes que abarcan el cielo donde te poses.

Abre tus manos, son tan fuertes que sembrarán flores de cristal.

Abre tus ojos para que veas tan lejos que puedas ver tu corazón.

Camina con pié firme, que tus huellas son indelebles al paso del tiempo como perpetuo el recuerdo de tu voz.

Ten mucho miedo, de dejar al tiempo ganarte la partida.

Ten mucho coraje, para dejar a la voz cantar lo que el papel quiere escuchar.

Ten mucha paciencia, para dar el golpe que cierre el camino del fin de los viejos tiempos.

Deja que el río inunde la vieja vereda donde duerme tu pasado.

Que tus rodillas en tierra y tu rostro elevado al cielo abracen el porvenir que la tierra prometida de la nueva era sean bienvenidas.


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Crisálida de Ceniza (1)


Habían pasado dos meses. Dos meses flotantes, desencajados del tiempo, aunque rutinarios. Y ahora caía todo de nuevo, una lengua de humo de un incendio apagado entraba por mis ojos, oídos, boca y nariz y se quedaba dentro. Como su ceniza cuando la arrojaron al mar. Parte, arrastrada por un viento mal calculado por su madre, me entró en los ojos haciéndome llorar, la primera vez desde que me llamaron para decirme con palabras distorsionadas:

-Blanca ha muerto.-

Y yo respondí con lo único que me vino a la mente:

-¿Cuando?-

Porque era lo único importante. Cual fue el momento último que ella existió, el instante en el que la tuve que guardar en un armario. Y así fui a su entierro, sin expresión en la cara, sin palabras que decir a nadie.

 


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Crisálida de Ceniza (2)


Seguí acudiendo a clase, quedaba con mis amigos (los que no fuesen comunes con Blanca), pintaba, oía música y veía películas. Algunas veces cerraba el pestillo de la puerta de mi habitación y dejaba caer un poco de presión en el suelo seco y seguía andando mi camino, que era bonito, el que había elegido. Además entablé una amistad (no muy profunda) con algunos compañeros de clase. Gradualmente discerní quienes me parecían buenas personas, con algo en la cabeza (normalmente pájaros), y con suficiente autenticidad para encontrarme cómoda a su lado. Se creó un grupo de personajes interesantes, que aunque eran adolescentes no encubiertos también me parecieron inteligentes y bastante honrados. Congeniamos bien y los ratos que pasamos haciendo pellas o fuera del campus fueron recodos placenteros en la turbulencia que discurría bajo mi suelo. Estudiaba, (sin concentrarme mucho), y la carrera no se me dio mal ya que en los primeros parciales saqué buenas notas. (Bueno, lo que para mí eran buenas notas). Hicimos un botellón el primer jueves tras acabar esa primera tanda de exámenes. Nos reunimos casi todos los de la clase y aunque hacía un poco de frío nos lo pasamos muy bien. Pude conocer un poco a otros compañeros, que borrachos resultaban más sencillos, o más idiotas. Fue una gran noche, tengo que reconocerlo, pese a mis iniciales reticencias antisociales. Bebí más que de costumbre y por la mañana cuando llegué a casa haciendo el menor ruido posible y me metí en la cama todavía estaba un poco ebria. Me levanté a la hora de comer. En la mesa mis padres me dirigían miradas de reproche, aunque me disculparon, y no me hicieron preguntas ni me sermonearon. Me trataban como si estuviera hecha de cristal y nada más exteriorizaban su desacuerdo con algún comportamiento mío que no les gustase mediante gestos de desaprobación, no sé si porque no los lograban contener o si los consideraban un mensaje proporcionado en esa circunstancia.


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Crisálida de Ceniza (3)


Ese día lo empleé en recuperarme, porque aunque no había bebido tanto como la mayoría me había sentado mal, dándome dolor de cabeza y de tripa. Me pasé la tardé viendo la tele, hasta que no aguanté más la programación y me puse a leer. Mi cabeza tampoco aceptó esa actividad así que al final estuve viendo una serie por internet hasta que me encontré agotada y me acosté. Tuve otro sueño sobre Blanca, uno muy fotográfico. Se basaba en esas improntas que el cerebro guarda en un compartimento, y que cuando se intenta recordar a alguien aparecen en el nervio óptico, recién sacadas de una carpeta. Estábamos las dos en el parque del barrio, en el que habíamos pasado cientos de horas. Ubicadas en un lugar muy determinado en mi memoria, no como otras noches, en las que la historia acontecía en emplazamientos poco definidos, accesorios. En esta ocasión el lugar me impresionó tanto como el rostro de mi amiga. Me desperté con los árboles rodeándome, en el paisaje caducifolio por el que en esas fechas rumoreaba el viento intenciones y frustraciones del año que se marchitaba. Desayuné muchas galletas de chocolate y un café solo en taza grande saturado de azúcar y me fui paseando hacia nuestro rincón. Me crucé con varios corredores, todos llevaban mallas. Unos las vestían ajustadas a piernas fibrosas y trotaban ligeros rozando el adoquinado gris de la acera. Otros embutían con el tejido sintético sus carnes flojas, y esos parecían arrastrarse con la cara congestionada en gesto de perseverancia y culpabilidad. Pasé al lado del supermercado y como era día de diario y bastante temprano, los que salían y entraban eran ancianos en su mayoría. Una señora muy mayor, muy encorvada, muy encogida, daba un paso tras otro, construyéndolos laboriosamente, y agarraba un carrito de cuatro ruedas de color púrpura y aspecto estable. Unos metros por detrás otra mujer de edad análoga la alcanzaba lentamente, como en una carrera de caracoles, y eso que iba incomprensiblemente cargada con un gran racimo de bolsas que se anunciaban pesadas en los dedos blancos que las sujetaban. Tardé unos minutos en transitar el resto del camino, una manzana de bloques de ladrillo oscuro que estaba callada, con sus niños en los colegios, con sus padres trabajando o en casa sin trabajo, y poblado por algunos pensionistas que iban al supermercado o volvían de él. Y llegué. Al pisar la hierba los árboles seguían agarrados a la tierra, desnudos, comenzando su sueño invernal. Y los caminos embarrados reunían pisadas, distrayéndose con el ocio de la gente. Y la sombra de nuestro álamo, que era una sombra enclenque de ramas parcialmente deshojadas, donde fluyeron conversaciones íntimas, tonterías dichas sin pudor, pensamientos comunes poco corrientes, albergaba un hueco. Un hueco señalado desde muchos ángulos. Me acerqué pesadamente y me quedé de pie junto al tronco. Había un dibujo de un perrito en él. Me fijé en el trazo simple y alegre, en el aspecto de peluche, y me bloqueé. Era terriblemente similar a los que hacía Blanca de su perro Cof, un gracioso chucho que había adoptado hacía cuatro años. Hipnotizada por esa imagen no supe como reaccionar y acabé poniéndome muy nerviosa. Regresé rápido a casa, e histérica hice una lista de personas que habían conocido bien a Blanca y las llamé una tras otra. Les preguntaba, al principio tímidamente pero luego exigiendo respuestas claras, si habían ido al parque, si habían hecho algo por allí. Por supuesto no se esperaban ese tipo de llamada. Unos negaron con docilidad, provocada por pura sorpresa, lo que yo les inquiría. Los que también habían tenido (o tenían no sé como situarlo temporalmente) una relación cercana conmigo, o se interesaron por mi vida, a lo que contesté parcamente, o se mostraron molestos por que hubiese establecido contacto únicamente para realizar averiguaciones extrañas. No me afectaron las consecuencias de la falta de consideración con la que había actuado. Ese día intenté hacer cosas que me abstrajeran de las ideas que esa imagen había introducido en mi mente, una imagen que horadaba la verdad escrita. Di largos paseos, aunque no me acerqué de nuevo al parque. Por la noche dormí mal, despertándome unas cuantas veces con sensaciones agrias y evocaciones tenues de lo que bruscamente me devolvía a la vigilia.


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Crisálida de Ceniza (4)


La semana siguiente pretendió, sin éxito, asemejarse a las anteriores. Me descubría congelando mi ritmo habitual, estancándome en ensimismamientos reiterativos, que surgían a una escala tan gradual que me era imposible situar su inicio, dándome cuenta de su existencia cuando el volumen era atronador y estallaba disgregándose las fuerzas. Una tarde quedé con los amigos de clase. Marta, la que mejor me caía, y yo nos apartamos del grupo, y le conté todo. Desde la amistad infantil hasta el acidente. Incluso acabé confesándole mi inquietud, generada por los sueños y por el dibujo que había encontrado en el tronco del árbol del parque. Ella fue sencilla. Me dijo que era normal que volviesen recuerdos y que el dolor se cebase más pasado un tiempo. Yo le dije que no era exactamente dolor y creo que ella no lo entendió bien. Debió advertir su inacabada comprensión y generosamente no insistió con conclusiones y análisis torpes. Se limitó a darme un abrazo y me deseó que no lo pasase muy mal durante mucho tiempo. Ese día conectamos un cable. Su cercanía me resultó confortable y no me arrepentí de haberle explicado mi sufrimiento. Si lamenté hacerlo con Blas y Lucía. Ellos, aún siendo amigos de toda la vida, no supieron decir nada acertado y en cambio sí trataron de convencerme de un montón de sandeces estúpidamente optimistas y típicas como “la vida sigue” o “ella hubiese querido que no te hundieses por su muerte sino que siguieses adelante llevando su recuerdo contigo”, que me hizo concluir que no merecía la pena esperar buenas ideas de ellos sobre este tema. A ellos dos, como al resto de viejos amigos, y no por eso mejores, los ignoré durante una buena temporada. Y sin ganas de retomar amistades ni de pedir disculpas no llamé a las personas a las que había importunado con mis interrogatorios telefónicos. Por otra parte mi familia siguió tan disponible como de costumbre, lo que no hizo que recurriese a ellos o les prestase mucha atención. Ya una semana después de mi primera visita, más tranquila pero no exenta de pensamientos obsesivos, resolví que tenía que regresar al parque, siendo el principal motivo la urgencia por zanjar la sensación inquietante que me había dejado el dibujo. Fui a la misma hora, me encontré a los mismos ancianos cargando con bultos igual de pesados, y había una luz parecida, nítida e intermitente por el vuelo veloz de las nubes que se atrevían a obstruir los rayos del sol, que eran oblicuos por la estación entrante y por tanto vulnerables al clima húmedo y frío. Alcancé pronto la hierba regada de hojarasca, y enseguida me situé al abrigo de las ramas raquíticas, cerca de la corteza. En el papel de la piel del álamo una cicatriz de bolígrafo negro sangró mis ojos. Caí de rodillas, o me arrodillé patéticamente, y me acerqué a unos escasos centímetros del nuevo dibujo, esperando a que cambiase y me sacase del impacto violento en el que me había incrustado. Allí, señal confusa pero innegable, estaba grabada una figura de Blanca, de perfil, mirando al vacío, mirando muy a lo lejos. Lloré por no comprender. No de pena, no de nostalgia. Di una vuelta al árbol retorciendo la idea que se expandía en líneas ávidas y volví a fijar mis ojos babeantes. Pero era ella, tal como ella se veía, tal como ella se retrataba en su puto cuaderno. Era su mano la que había hecho eso. Mi cabeza rodó por la hierba desencadenando el deseo hondamente reprimido: que siguiera viva. El cuerpo que pusieron en el tanatorio no podía ser el suyo, no era su cara. Nadie la vió caer por el acantilado. Esa chica joven comida por los peces no era Blanca. No lo era. Pero esa mano si era de Blanca. Esa cara que hacía unos días no existía, era Blanca.


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Crisálida de Ceniza (5)


No le comuniqué ésto a nadie. Que Blanca siguiese viva era asunto mío. Si el resto querían creer que había fallecido era su problema, para ellos sería parte del pasado, para mí no. Pero no dejaba de oscilar, entre el arrastre de la tragedia generalizada y la fragilidad de mi descubrimiento. Durante los días posteriores frecuentemente decaía mi convicción y me hallaba en la duda de si Blanca estaba o nó. Sin embargo la notaba ocupando una parte del mundo. Podía sentir como respiraba en otro punto de la ciudad, como recorría las calles desde su hogar desconocido hasta el parque. Ella no deseaba ver a sus padres, que tan mal la habían tratado, ni a sus mejores amigos por muy tristes que estuviesen o mucho que los echase de menos. Tenía que alejarse de su vida anterior. Ella misma me había dicho en repetidas ocasiones:

 


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Crisálida de Ceniza (6 final)


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