La muñeca rusa
Las vibraciones del sonido que emitió aquella frase llegaron como un viento frío que hiela y eriza la piel. Permaneció inmóvil, con la serenidad falsa que produce la incomprensión, hasta asustarse porque no podía mover ni un solo dedo de su mano, mucho menos, pronunciar alguna palabra.
Entonces, sintió que se caía y se golpeaba bruscamente contra el suelo, dividiéndose, como una de esas muñecas rusas, en al menos diez trozos diferentes.
Vio cómo se derrumbaba su parte sensible, cómo rodaba aquélla donde residía su sentido del humor, incluso la zona donde albergaba los sentimientos más nobles de amistad se dio de bruces contra el suelo, perdiendo su capacidad de almacenamiento. Delia veía añicos de ella misma repartidos por todo el suelo, jirones de una piel que no emanaba ni una gota de sangre.







