SOPA DE RELATOS

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El aterrador jersey errante: segunda parte


Me flaqueaban las piernas y tardé algo más de lo normal en volver a la habitación. La llama de la velita que llevaba en la mano temblaba por la corriente y en el pasillo se oía cómo las gotas sonaban en las ventanas de las habitaciones como insectos golpeando contra un parabrisas.

La puerta de mi habitación estaba entornada, aunque no recordaba haberla cerrado en mi anterior huida, así que la tuve que empujar con el cuchillo jamonero. Vi un relámpago a través de la ventana y una silueta sobre mi cama.

Creo que me quedé de piedra o algo así, porque comencé a mover la boca y los brazos como si fueran de madera. Encima de mi cama y mirando hacia la ventana estaba el jersey de rayas blancas y azules que me había puesto esa misma mañana. Sí, sí, lo he dicho bien, estaba levantado y mirando hacia la ventana en posición contemplativa.


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Rima XXVII: El dolor como alegría.


Ayer lloró,
y yo reí.
No sabría explicar
cuán feliz me sentí.

Lloraba de rabia,
ambición frustrada.
Reía yo por verla,
pequeña, asustada.

Y esque ella no sabe,
ni siquiera imagina
lo que lloré yo por ella,
por quererla como mía.

A imaginar no alcanza
cuánto tiempo lloré poesía,
cuántos versos le dediqué.
¡Muchos más de los que parecía!

Ni siquiera sabe
cuánto daño me hacía
Verla y no hablarle,
un día y otro día.

Y yo, sí, lo sé.
Mi corazón, también.
Y explotó de júbilo cuando supe,
que ya no siendo mía,
él tampoco la querría.

Y así endulcé mi noche,
con macabra ironía.
Y esque por primera vez en mi vida,
el dolor me produce alegría.

Adrián Abeal Adham

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“Dejando huella” (un relato de 1.270 palabras)


Sí, estoy atrapado; colorado como un tomate y sudando la gota gorda… ¿Que cómo he llegado a esta situación? Tal vez la responsabilidad última la tuvo mi madre, al dotarme de una educación por la que debía saber comportarme correctamente en cualquier circunstancia. O quizás sea la crisis, que me obliga adaptarme a una economía, digamos, más “económica”.

Sea lo que fuere, no lo sé muy bien, algo me empujó al poliderportivo de Valdemorillo (pero que mentirosillo soy, la explicación es más sencilla: en el único gimnasio del pueblo no me sentía demasiado cómodo —les invito a leer España profunda— y la voz de mi mujer se hacía eco con mayor fuerza en mi cabeza, “pagamos un poco menos por el gimnasio y además tenemos piscina,… piscina,… piscina”).

—Vale, vale. Ya te he oído —protesté por la insistencia de Eva.

—Piscina,… piscina —seguía susurrándome al oído.


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El aterrador jersey errante: primera parte


Mierda, esto no debería estar pasando, no puede estar pasando. Pero aquí estoy, sentado sobre una cornisa y al borde del vacío. A punto de tirarme para acabar con mis sesos esparcidos por la acera, al lado de un cartel de Colgate. Sé que no es un final digno, pero yo no soy un caballero Yedi y las cosas, bueno, mejor dicho esa cosa, me  han superado. En fin, empezaré por el principio, por el jodido comienzo.

Era una tarde de esas en las que el aire es espeso y caliente, y el ambiente parece estar esperando o escuchando tus pasos, en medio del sonido de los papeles rodando por las aceras. Iba a caer una tormenta de esas que tienen gotas gordas como canicas y relámpagos púrpuras. El caso es que iba  a caer una tormenta que lo flipas. Yo lo notaba y por eso volvía tan rápido de la facultad.


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Un balance de treinta años


Por Alfredo García, creador de la-orden-66

Aquel 7 de octubre de 2010, día de su 65 cumpleaños, Wells no pudo resistirse a la tentación de hacer balance. Pensaba que era lo normal en la última etapa de su vida y sentía en su interior una amargura que le empujaba a hacerlo. Además, tenía muy claro de dónde surgía esa sensación a pesar de que las últimas tres décadas de su vida habían transcurrido por el camino que todo el mundo considera lleva a la plenitud.

Wells había sido feliz al lado de Weena, la mujer a la que amaba desde hacía poco más de treinta años. Le había costado mucho conquistar su corazón, pero lo había conseguido. Según el calendario, el sí también llegó un 7 de octubre, pero no el de 2010, sino el de un 1970.


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Un año peor


Cubo, prisión
un año peor.

Doce meses pasaron pero nada cambió
Mi lamento se agudiza
mi tiempo agoniza
las ganas se fueron
todo se marchitó

Un año perdido
un año qué más da
ya van tantos y tantos
que quién los recordará

No estoy mejor, no estoy igual
francamente, estoy verdaderamente mal.
Un año menos y nada
nada y un año menos

Más arrugas en la frente,
algo de peso en la mente
nada que recordar.

Sentir que ya no tiene sentido,
que la batalla se perdió,
romper las promesas
abrazar las cadenas

Sigo igual que ayer, más cansado,
mañana estaré peor,
seré cada día más escombro,
menos paz en mi interior

Se acabaron los plazos,
ya no rompo más platos
cuando todo son trizas
solo quedan mis cenizas

Cenizas que andan,
cenizas que asienten,
que dicen qué hermoso día,
a ver si pasa ya.


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Lazos firmes


 

 

 

Unas manos. La piel, bastante oscura. Las uñas, a pesar de los cortes deformes, mostraban una higiene bien cuidada. Los dedos, no muy largos, eran gruesos y un anillo sencillo de plata parecía asfixiar el angular. Los nudillos se plegaban en protuberancias frondosas de carne, y se divisaban vellos oscuros por todos los pliegues. El color de las yemas de los dedos delataba una más que probable afición al tabaco, quizás ya abandonada, quizás aún presente.

 

Así vistas, no eran más que unas simples manos.

 

Pero esas manos sostenían otras. Unas manos aún más pequeñas, con dedos finos y uñas rosas. Una mano en la que un anillo igual al que asfixiaba el dedo oscuro, danzaba con libertad. Estas manos hablaban de trabajo, trabajo duro en el hogar o quizás en el campo, ¡quien sabría! Se podían ver las marcas de sequedad que dejan la lejía y los detergentes, se observaba un esmalte algo desgastado, algunos cortes cicatrizados…


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Recuerdos impresos


Un trozo de papel o una imagen en una pantalla, es todo lo que queda, es todo lo que fue. Una sonrisa preparada para ser retratada. ¡Preparados, listos… sonreír!
Paso la yema de mis dedos por tu silueta, lentamente, una y otra vez, tratando de recordar que hicimos antes, tal vez caminar por caminar, y que hicimos después, tal vez hablar por hablar.
Me fijo en todos los pequeños detalles. El pelo que se mece por el viento, los colores del atardecer, el banco que aparece al fondo, lleno de arañazos y firmas de gente anónima, las personas que pasan justo por detrás, y que miran curiosos a dos extraños tratando de parecer naturales ante una cámara.
Gestos, miradas, rostros, lugares, quedan congelados, atrapados eternamente, guardados en algún lugar. Puede que en un álbum perdido entre libros, o ficheros en un ordenador y que reviven con los recuerdos.
Los llaman instantes robados, porque no volverán, porque no se repetirán, no de la misma forma, no como la primera vez.
Nuestra vida se convirtió en una fotografía, quieta, parada, que no varía y puede permanecer en un retrato que le sirve de soporte para permanecer de pie y decorarla un poco.
El campo de girasoles pasa a toda velocidad, cuando levanto la vista de unas viejas fotografías, mientras me arrellano en el asiento y termino de guardar cada foto en su lugar. Y ahí estás, sonriendo en color o en blanco y negro, de pie, sentado o con posturas imposibles, haciéndome rabiar o reír a carcajadas. Vuelvo a levantar la vista, mira a un lado y a otro, aún queda un largo viaje.


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A menudo pienso en llorar


A menudo pensamos que en la vida no nos puede ir peor y que cada paso que demos desde ese momento en el que lo pensamos nos llevará a un lugar mejor.

He pasado por duros tragos en mi vida, de esos que te hacen pensar el porqué de seguir aquí, y aún así no me he atrevido a tirar la toalla. Y aquí me veis; escribiendo de guindas a brevas, esperando a que alguien me lea a sabiendas de que poca gente lo hace, disfrutando de cada minuto que tengo sin estar triste y sin preocupaciones.

A menudo creemos que nuestra relación “ideal” de pareja se encuentra a la vuelta de la esquina, y que nada ni nadie podrá impedirnos encontrar el amor de un día para otro.


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Una frágil línea


Hacía mucho frío. Demasiado frío. No había nada que permitiera aislarme de tanto frío.

 

No sabía dónde ir. No tenía con quien ir. Comencé a andar. La calle terminó y creo que no sabía dar la vuelta. Recorrí el mismo tramo, la misma distancia, por lo menos quince veces. Mis movimientos eran compulsivos, guiados por la histeria. Me giré y salí a la avenida principal. Debían ser más de las tres de la madrugada. Llovía, llovía mucho y hacía mucho frío. Un frío desolador.

 


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Los amantes


– Juro que hoy no lo llevaré conmigo, tengo que arrebatarlo de mi cabeza, tirarlo, dejarlo abandonado en algún lugar que no interfiera en mi camino…..decía él mientras caminaba por esas calles que, en otoño, se disfrazan de copas de árboles.

– Prometo que hoy no estarás conmigo…te arrancaré, te cortaré hasta dividirte en partículas tan pequeñas que jamás puedan recomponerse… musitaba ella con una energía que se debilitaba en cada intento.

Son las diez de la mañana. Él y ella acaban de encontrarse en la habitación en la que se aman cada miércoles, durante esos encuentros frugales….
Se devoran sofocando el deseo retenido durante días, pero en el instante culminante, en el punto álgido del placer, advierten una vez más que el espejo que refleja sus almas vuelve a estar cubierto por ese suave, pero opaco tejido gris que él había jurado, prometido ella, abandonar para siempre.


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Microsueños galegos


Sábado. Diez de la mañana. Verano. Nuestro protagonista se encuentra bañado de fina arena blanca, en una playa cuya inmensidad su mirada no logra abarcar. Ningún pensamiento, ninguna inquietud. Tan sólo la banda sonora de este cálido día: el tempo-ritmo marcado por la brisa marina, la cadencia de las olas del mar, el estrépito al romper las olas, la bocina de un barco, las lastimosas quejas del reflujo de la marea…

Niños jugando con la arena en la orilla del mar. Nuestro protagonista se incorpora y dirige sus pasos hacia ellos. A medida que avanza, el castillo va tomando dimensiones imperiales. Ante él, se encuentra un auténtico palacio. Merodea por sus aledaños, sus pequeñas patas le impiden recorrer toda su extensión. Trepa por las murallas y penetra en el interior de la torre más alta. Se tiene que frotar los ojos, no puede creer lo que está viendo. Se encuentra en una habitación idéntica a la suya. El mismo desvencijado mobiliario, la misma colcha… hasta el olor es parecido. De repente, las paredes empiezan a temblar. El suelo se rompe en mil pedazos y el cuerpo de nuestro protagonista es zarandeado, golpeado, transportado…


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Géiser de dolor



Estaba sola contra un universo complicado para el cual no me prepararon debidamente. En ocasiones rozaba la locura; los gritos me sacaban de quicio, esos golpes… No lo aguantaba. La desesperación empezaba a emanar de los poros de mi piel con la fuerza y el misterio del vapor en un géiser. Quería llorar y no sabía. No encontraba escape para la intensidad de mi dolor. Caminaba incontrolada, dando patadas al vacío, retaba al mismo aire que me daba la vida.
¡¡Desesperada!! ¡¡Sola!! Sin un atisbo de calor humano o apoyo. Te llamé y no querías hacerme caso. ¿Cuál es tu criterio? ¿Cómo eliges a quién llevar contigo?

 


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Edelweis


 

Pedro Caravaca era un maestro de escuela, humilde y ejemplo de virtuosismo en “Flores de Edelweis”, una pequeña aldea al norte de los Pirineos. El 3 de marzo de 1928, fue sacudido por el resurgir de la vida y el abatir de la muerte, pues Dolores Santiago, su amada esposa, murió en el parto de su primer hijo.

Pedro no era un hombre que se rindiera fácilmente y no permitió que la tristeza le hundiera más de lo absolutamente natural, y así, con fortaleza y habilidad, se hizo cargo desde el principio de la pequeña criatura que le había devuelto los ojazos negros que nunca más volvería a ver en la cara de su madre.


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Teresa


 

Teresa, esa mujer silenciosa de cabello oscuro…

 

Nadie sabía qué escondía tras esos ojos secos, tras su imagen quebrada, tras su expresión marmórea.

 

Como cocinera era, sin duda, la mejor de las profesionales. Independiente, diligente, creativa, cuidadosa… Teresa se crecía conforme aumentaba su carga de trabajo. Pero fuera de su territorio, Teresa era huidiza, melancólica, débil… algo la transformaba por completo más allá de su cocina.

 

Eran tantas las buenas recomendaciones que avalaban su profesionalidad, que los señores aceptaron su particular rareza: “Los críos nunca deben entrar en la cocina. En la medida de lo posible, preferiría no tener que relacionarme con ellos. Nadie puede entrar en mi habitación”. No les importó, después de todo ellos tenían su propia niñera y profesora, y por supuesto, no les interesaba para nada entrar en los dormitorios de las criadas.

 


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La película de su vida


Sábado, luces, acción. El joven chico se prepara para una noche de cine. En la sala ya no queda ni un alfiler, pero a él no le importa llegar tarde. Hoy echan la misma que ayer. Y aun le quedan muchas tardes y sábados para volverla a ver. El chico se acomoda en su asiento, con un cartón de palomitas en una mano y un refresco en la otra. Los ojos giran y giran a lo largo de la pantalla, resaltando más y más su inmovilidad. La chispa que se esconde en ellos revela un hálito de vida en un cuerpo disociado de su mente. El chico no está en sí; el chico rasga cortinas llenas de misterio, prestando apartamentos a jefes y conocidos del trabajo y guareciéndose con John en el fuerte de los villanos.


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SOPA DE GEEKS


Os presentamos nuestra nueva web: Sopa de Geeks.

Es una web dedicada a la publicación de artículos con temáticas tecnológicas, abarcando temas como el mundo del PC o las videoconsolas, el de los eventos, imagen y sonido, smartphones… y todo lo relacionado con el mundo informático y los gadgets.

La web cuenta con pocos artículos pero irá creciendo en número y temas. Si quieres estar informado de forma directa con la actualidad no dudes en entrar. Como en cualquier Sopa, todo el mundo puede subir sus propios artículos. Lo único que el equipo de Sopa tendrá que darle privilegios a tu cuenta (si te registras en Sopa de Geeks) para que puedas publicar tus artículos. Esta medida la hemos tomado para evitar fines comerciales, publicitarios o propagandistas.

Y si te gusta la saga de Age of Empires… ¡estás de suerte! Con motivo inaugural regalamos 10 keys para que puedas entrar en la Beta Cerrada del juego Age of Empires Online.


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Microrradiados


Hoy quiero presentar algo poco habitual. Se trata de microrrelatos radiados por mí mismo y ambientados en distintas atmósferas sonoras. Podéis encontrar los enlaces a los relatos originales. Algunos los he publicado ya en Sopa de Relatos, pero no todos.

Lo cierto es que su origen se remonta dos años atrás. Por ese entonces, empezaba la universidad y había una clase en particular, no diré cuál, que se me hacía especialmente pesada. Por tanto, empecé a escribir unas historias breves con las ideas que me hubiesen surgido  en mi camino del metro al aula. El objetivo era reunirlas en un libro conjunto, bajo el título de SUEÑOS MAGISTRALES. Ahora, me he decidido a echar mano de ellos y adaptarlos al medio radiofónico. Así que sin más dilación, les dejo con los…

SUEÑOS MAGISTRALES

1. LA OLA FINAL

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2. LA BOCA ME SABE A SAL


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El espejo


Uno a uno, los niños fueron pasando a la sala. La puerta era bastante pequeña y estaba muy deteriorada. Daba la impresión de que se iba a desmoronar en cuanto la menearan más de la cuenta. La vieja madera crujía, daba aspecto de que se estuviera pelando y apenas quedaban pequeñas y dispersas manchas de una pintura amarillenta que en otra época probablemente hubiera brillado con esplendor. Las bisagras chirriaban como si fueran a asesinarlas, y el borde inferior de la puerta rozaba levemente el suelo.

La sala, sin embargo, contradecía la anchura angosta que poseía la puerta. Era bastante espaciosa, y apenas había un par de sillas en el medio de ella. Las sillas parecían bastante modernas, con un diseño bastante abstracto. Sus patas se retorcían en extrañas espirales, pero los respaldos eran de una gruesa tela con fibras negras y rojizas. Tenían pinta de no ser incómodas. Aunque, de tan solitarias que estaban ante la inmensidad de la sala, no invitaban a tomar asiento. Sin embargo, la más pequeña de los niños, siempre más despreocupada, se acercó a ellas y se aupó, no sin esfuerzo, para lograr colocarse en la silla de la derecha.


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