Teresa
Teresa, esa mujer silenciosa de cabello oscuro…
Nadie sabía qué escondía tras esos ojos secos, tras su imagen quebrada, tras su expresión marmórea.
Como cocinera era, sin duda, la mejor de las profesionales. Independiente, diligente, creativa, cuidadosa… Teresa se crecía conforme aumentaba su carga de trabajo. Pero fuera de su territorio, Teresa era huidiza, melancólica, débil… algo la transformaba por completo más allá de su cocina.
Eran tantas las buenas recomendaciones que avalaban su profesionalidad, que los señores aceptaron su particular rareza: “Los críos nunca deben entrar en la cocina. En la medida de lo posible, preferiría no tener que relacionarme con ellos. Nadie puede entrar en mi habitación”. No les importó, después de todo ellos tenían su propia niñera y profesora, y por supuesto, no les interesaba para nada entrar en los dormitorios de las criadas.


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