SOPA DE RELATOS

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Una frágil línea


Hacía mucho frío. Demasiado frío. No había nada que permitiera aislarme de tanto frío.

 

No sabía dónde ir. No tenía con quien ir. Comencé a andar. La calle terminó y creo que no sabía dar la vuelta. Recorrí el mismo tramo, la misma distancia, por lo menos quince veces. Mis movimientos eran compulsivos, guiados por la histeria. Me giré y salí a la avenida principal. Debían ser más de las tres de la madrugada. Llovía, llovía mucho y hacía mucho frío. Un frío desolador.

 


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Los amantes


– Juro que hoy no lo llevaré conmigo, tengo que arrebatarlo de mi cabeza, tirarlo, dejarlo abandonado en algún lugar que no interfiera en mi camino…..decía él mientras caminaba por esas calles que, en otoño, se disfrazan de copas de árboles.

– Prometo que hoy no estarás conmigo…te arrancaré, te cortaré hasta dividirte en partículas tan pequeñas que jamás puedan recomponerse… musitaba ella con una energía que se debilitaba en cada intento.

Son las diez de la mañana. Él y ella acaban de encontrarse en la habitación en la que se aman cada miércoles, durante esos encuentros frugales….
Se devoran sofocando el deseo retenido durante días, pero en el instante culminante, en el punto álgido del placer, advierten una vez más que el espejo que refleja sus almas vuelve a estar cubierto por ese suave, pero opaco tejido gris que él había jurado, prometido ella, abandonar para siempre.


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Microsueños galegos


Sábado. Diez de la mañana. Verano. Nuestro protagonista se encuentra bañado de fina arena blanca, en una playa cuya inmensidad su mirada no logra abarcar. Ningún pensamiento, ninguna inquietud. Tan sólo la banda sonora de este cálido día: el tempo-ritmo marcado por la brisa marina, la cadencia de las olas del mar, el estrépito al romper las olas, la bocina de un barco, las lastimosas quejas del reflujo de la marea…

Niños jugando con la arena en la orilla del mar. Nuestro protagonista se incorpora y dirige sus pasos hacia ellos. A medida que avanza, el castillo va tomando dimensiones imperiales. Ante él, se encuentra un auténtico palacio. Merodea por sus aledaños, sus pequeñas patas le impiden recorrer toda su extensión. Trepa por las murallas y penetra en el interior de la torre más alta. Se tiene que frotar los ojos, no puede creer lo que está viendo. Se encuentra en una habitación idéntica a la suya. El mismo desvencijado mobiliario, la misma colcha… hasta el olor es parecido. De repente, las paredes empiezan a temblar. El suelo se rompe en mil pedazos y el cuerpo de nuestro protagonista es zarandeado, golpeado, transportado…


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