Escribir
Escribir sobre la marcha. Sin destino prefijado, sin rumbo establecido. Solamente dejándose llevar, dejando que sea el bolígrafo el que escupa los pensamientos sobre papel, el lápiz el que sugiera ideas al cuaderno, la pluma la que rasgue cartas con los sentimientos, o el teclado el que fabrique artificiales copias de ambos en el monitor.
Acariciar el instrumento con los dedos mientras la mente acaricia las ideas, los conceptos o las personas que viven en ella. Escribir sin guión, sin hoja de ruta, sin requisitos, te brinda esa libertad que tanto deseamos simplemente porque carecemos de ella. Que levante la mano el que no haya soñado nunca el no tener obligaciones. Nadie, ¿verdad? Escribes y escribes sin más razón que el decir “lo hago porque puedo hacerlo”. No necesitas ni buscas superar rígidos estándares de calidad, no quieres fama, no ansías ese reconocimiento ni halagos que te regalen los oídos durante cinco minutos y que luego te creen síndrome de abstinencia. Lo único que deseas es abrir la puerta de la jaula que encierra tu mente, y dejarla volar libre mientras tus manos se encargan de construir el mundo por el que va a viajar, al menos hasta que te toque echarle la red y conducirla de nuevo a la mazmorra para continuar con tus deberes para con la sociedad.


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