La caja

Poco a poco se va relajando, mientras mi mano derecha recorre su espalada en suaves movimientos circulares. Su respiración va alargando los intervalos entre una exhalación y otra, y a cada segundo que pasa, va perdiendo ritmo. Cambia de postura cada cierto tiempo, tratando de encontrar el hueco en el sofá, como si pensara pasar en él una larga temporada. Coge mi mano izquierda con la suya, aunque apenas es capaz de hacer fuerza. Por la ventana entran los últimos rayos de un sol que amenaza con abandonarnos demasiado pronto, y la habitación va quedando poco a poco a oscuras. Una suave melodía llega desde algún lugar de la casa, ayudando a crear un ambiente íntimo, especial, digno de guardar en una caja para el resto de la eternidad. Pasados unos minutos, lo único que continúa moviéndose en la habitación es mi mano  derecha y el humo del tabaco, aunque este último lo hace con tanto sigilo que resulta difícil percibirlo. Intento separarme cuidadosamente, pero su brazo se engancha a mi pierna y me arrastra hacia el sofá. El segundo intento es más fructífero: me deslizo suavemente, evitando el más mínimo ruido para no despertarla, y me voy alejando. Se merece un descanso. Piensa demasiado, y aunque eso puede ser bueno en según qué ocasiones, nunca es bueno pensar todo el rato. Echo una ultima mirada rápida a la habitación (ya en total oscuridad) y memorizo todos los detalles para ser capaz de reproducirlos fielmente después (ahora). A falta de una buena caja donde guardarlo todo, tendré que conformarme con este papel.

Winston

Hace de esto ya muchos, muchos años, cuando en un reino junto al mar viví...

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1 Comentario

  1. por Yizeh publicado el 20/09/2012  12:05 Responder

    La catarsis del escritor es su propia escritura. Su ventana al mundo, su hombro en el que llorar.
    Genial. Me gusta el uso de los paréntesis del último párrafo.

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