Los colores olvidados

Los rayos de luz del mediodía entraban a través de los grandes ventanales en la galería del hospital. A uno y otro lado del pasillo de baldosas grisáceas, dos hileras de camas vacías y pulcramente hechas aguardaban pacientemente la llegada de enfermos y heridos. Los pasos apresurados de una enfermera que atravesaba el pasillo en dirección a la única cama ocupada rompieron la quietud.

—Señor Debussy, ¿no se ha enterado aún?

La enfermera se sentó en la cama de un brinco. Llevaba el pelo recogido bajo una cofia y su sonrisa brillaba en armonía con el sol que se colaba a través de la ventana. En la cama descansaba un hombre macilento, con la parte superior de la cabeza recubierta por un aparatoso vendaje y el resto del cuerpo oculto bajo las sábanas.

—¿Qué ocurre, señorita Miranda? —La voz era a un tiempo tranquila y quebrada.

—¡Napoleón ha vuelto! ¡Desembarcó en Antibes hace un par de semanas y ahora marcha hacia París!

La brisa apenas agitaba los geranios en las macetas. El silencio se extendía como un bálsamo por el antiguo hospital. El señor Debussy no dijo nada.

—No le comprendo, ¿acaso no se alegra?—La enfermera miraba con extrañeza el rostro semioculto bajo las vendas. Era el rostro de un veterano herido en la batalla, un soldado de “La Grande Armée”.

—¿Por qué iba a hacerlo? Esto no traerá nada bueno. —De nuevo palabras quebradas parecidas al graznido de un viejo cuervo.

—¡Pero! ¡La gente está entusiasmada! ¡Tenemos una nueva oportunidad para luchar!

El señor Debussy suspiró, y dejó caer la cabeza hacia un lado. La sonrisa de Miranda se apagó y bajó la mirada hacia sus manos, ahora entrelazadas en su regazo.

El herido sonrió con una mueca torcida. Se enderezó con la ayuda de la enfermera, quien dobló la almohada detrás de su espalda para que tuviera apoyo. —Miranda, aún siento una gran conmoción. He perdido la vista y los doctores dicen que no la recuperaré. Cuando los dolores de cabeza no me atenazan, mi mano desaparecida hormiguea. Mi cuerpo se consume como la llama de una vela.

La enfermera le acercó un vaso de agua y tomó la mano del enfermo para que éste bebiera a su antojo.

—Pero eso no es lo peor. El cuerpo no es más que una herramienta del alma, una marioneta de la mente. Hasta el dolor más terrible es soportable y existen medios para calmarlo. —El señor Debussy miró en dirección a la ventana, por mucho que sus ojos estuviesen cubiertos bajo las vendas. — Todo está impregnado de negrura, ya no hay más colores que ése. Por más que lo intente, a cada día que pasa mis recuerdos se vuelven más vagos, y los colores se escurren entre mis dedos. Voy olvidando los tonos, los matices. Las arboledas que pintaba, reflejando el frío y el otoño, se tornan grises, tristes, casi monocromáticas. El mar, con sus infinitos matices azules y metálicos, gris también. El pelo de mi madre, negro. Sus ojos, ¡negros! —Se golpeó con ambas manos la cabeza. Pero en el brazo derecho el vacío de su mano desaparecida solo consiguió asir la nada.

Miranda le sujetó la mano, y comenzó a acariciársela, mientras las lágrimas resbalaban por sus sonrosadas mejillas. La brisa se levantó fuera y abrió la hoja de un ventanal cercano. Las hojas de los geranios se sacudieron y las sábanas se agitaron como si deseasen alzar el vuelo. Olía a primavera.

—Miranda, ¿qué día hace?

La enfermera se sonrojó. Se retorcía las manos mientras miraba a través de la ventana. Las hojas de los setos se agitaban junto al cobertizo azul donde el jardinero guardaba sus herramientas. Al fondo del camino empedrado, un soldado caminaba parsimoniosamente bajo del claro sol de marzo.

—Hace un día estupendo. El sol ya empieza a calentar y parece que la vida se despereza.

El señor Debussy suspiró y relajó su espalda sobre la almohada. La enfermera se quedó mirando a través de la ventana mientras el sol calentaba su cabello negro.

—¿Cómo puede ser eso de olvidar los colores? ¿Acaso no recuerda el cielo, el mar, los árboles?

—Aún los recuerdo, pero noto cómo se desvanecen. Como cuando olvidas el rostro de un amigo, por mucho que te esfuerces en conservarlo. Se van perdiendo las líneas, el lunar bajo el ojo izquierdo, la mancha de nacimiento, los infinitos matices del iris. –El señor Debussy alargó la mano izquierda hasta la suave y cálida mejilla de la enfermera, rozó el pelo negro y volvió a la cama.  —Solo hay un color que no puedo olvidar, porque vivo con él a diario.

—¡Tengo una idea! —La enfermera se marchó casi corriendo, y volvió al cabo de un rato con algo en la mano.

            Marchamos durante semanas a través de la nieve. Teníamos que comernos a los caballos y nuestros uniformes apenas eran reconocibles bajo el barro y los harapos que usábamos para no morir de frío. Nuestro orgulloso ejército, que había marchado victoriosamente por Europa, ahora era diezmado por el invierno ruso. Pero éramos jóvenes franceses dispuestos a todo, confiábamos en Napoleón y en nuestra misión.

            Formamos en columna en las afueras de Mozhaisk y avanzamos al toque del tambor. Tenía las manos ateridas de frío y los dientes me castañeteaban. Recuerdo que yo solo le prestaba atención a la punta de la bayoneta, mientras me concentraba en mantener el orden de marcha.

            Los disparos llegaron desde unos arbustos donde los rusos nos esperaban escondidos. Cuando las balas pasaban muy cerca silbaban de un modo aterrador. La nieve saltaba aquí y allá, y las detonaciones de la fusilería rusa eran ensordecedoras. Pronto, toda nuestra columna estaba cargando y gritábamos con una sola voz nuestro grito de guerra. Si nunca te han disparado a ti o a tus compañeros de rancho, no puedes gritar de ese modo.

            Entonces vi el negro. Surgió en medio de la columna, como una araña oscura que alargase sus brazos en todas direcciones. El barro y la nieve brotaron furiosamente de aquella maraña. Era un erizo con púas de metralla. Algunas esquirlas brillaban como saetas encendidas.

            Creo que los compañeros que marchaban delante de mí desaparecieron. No les volví a ver. Supongo que quedé allí tendido, y que tuve la suerte de que me recogieran.

            Invadimos Rusia 650.000 soldados. Volvimos 40.000.

La enfermera escribía y el veterano dictaba. Las palabras fluyendo por el papel, negro sobre blanco. Convertidas en un modo de asir los colores y plasmar los recuerdos. Para nunca olvidar.

Gonzalo López Sánchez

Gonzalo López Sánchez, nacido en Barcelona en 1987, aunque posteriormente reside en Madrid, Guadalajara y Málaga. Licenciado en Biología en la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Microbiología en la misma universidad. Aficionado a la historia, los juegos de rol y la escritura de relatos breves.

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2 Comentarios

  1. por Bayushi Yuna publicado el 22/12/2012  21:22 Responder

    Me ha gustado mucho. Muy intenso. Me alegra haber entrado a leerlo.

  2. por xplorador publicado el 26/12/2012  00:48 Responder

    Muchas gracias por entrar a comentar, Bayushi san. Espero que te gusten!! :D

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