Tres plumas

Mi nombre es Cuajo, el pato, y tengo vagos recuerdos de mi nacimiento. Lo primero que vi fueron las cáscaras de mi huevo a mi alrededor, mezcladas con las de los huevos de mis hermanos. Mi madre estaba frente a nosotros. Era una pata enorme, no recuerdo bien su cara, pero en los pocos días que la conocí tampoco recuerdo verla sonreír ni ser cariñosa con mis hermanos ni conmigo.

En total éramos cinco polluelos. Cinco patitos pequeños y regordetes, con una fina pelusilla amarilla que nos cubría la rosada piel. Nacimos en una granja muy modesta. La llevaba una granjera a la que llamábamos la Vieja Julia, porque era anciana, menuda, pequeña y muy delgada, totalmente arrugada. Era el único ser humano que conocíamos, pero sabíamos que era malvada. Nunca nos maltrató, pero tampoco tuvo un atisbo de bondad con nosotros ni con ningún animal más de la granja. Su única motivación para vivir era la avaricia. Intentaba explotarnos al máximo para obtener, sin éxito, los mayores beneficios. De esta forma, ordeñaba sin cansancio a las dos gruesas vacas, cotillas y risueñas, que nos contaban todo lo que había que saber sobre la granja y sus alrededores; eran como unas abuelas protectoras. Aún recuerdo sus nombres con cariño: Gladis y Meris. Cebaba sin miramientos a la amable pareja de cerdos, quienes, de gordos que estaban, apenas podían revolcarse en el fango. Forzaba a las gallinas, cluecas y cotorras, a poner al menos un huevo cada día. Para ello, apenas las dejaba salir del gallinero, las ponía a comer todo el día y de vez en cuando sacaba al único gallo de la granja y dejaba que se pavoneara ante ellas, provocando un auténtico jolgorio. Las gallinas se alteraban tanto que la mayoría terminaban por poner un huevo.

Como decía, era una granja muy pequeña, y no había más animales, al contrario que en las granjas de alrededor, que tenían ovejas, perros, caballos y pavos. De hecho, nosotros, los cinco patitos, y nuestra madre, éramos los únicos de nuestra especie. Gladis y Meris, las vacas, nos dijeron que nuestro padre fue vendido por la Vieja Julia a uno de los granjeros vecinos, y que nuestra madre lo echaba mucho de menos, por eso apenas hablaba con ningún otro animal de la granja, mucho menos con nosotros. Gladis decía que porque le recordábamos a nuestro padre.

Como aún éramos pequeños, la Vieja Julia no nos había empezado a cebar, al contrario que a nuestra madre, quien comía a todas horas con tristeza. Ahora lo comprendo, ella sabía lo que estaba pasando, probablemente también fuera vendida, quizás a algún mercado de algún pueblo cercano para que la asaran en algún festejo. El derrotismo se reflejaba en sus ojos, aunque nosotros por aquél entonces no podíamos entender nada.

Por otra parte, mis hermanos eran muy espabilados, bastante más que yo. Se adentraban con valor por todos los recovecos de la granja, explorando y volviendo con mil historias y anécdotas que contar. Yo era diferente, siempre lo fui, no sólo por mi carácter tímido, sino además por mi aspecto, sobre todo cuando fuimos creciendo. Mi plumaje, desde que era un polluelo, siempre fue más oscuro que el de mis hermanos. Al principio no se notaba tanto, pero a medida que pasaban las semanas e íbamos creciendo, el de ellos era cada vez más blanco y el mío cada vez más oscuro. Era más bien marrón, con líneas verdes y doradas. Incluso mi pico no era tan claro como el de los demás, que lo tenían de un naranja muy puro.

Muchas veces se metían conmigo. Me hacían sentir mal y decían que en realidad yo no podía ser su hermano, con lo distinto que era. Por aquel entonces ya estaban mucho más gordos. La Vieja Julia ya había empezado a cebarlos. A mí no. Siempre me apartaba cuando tiraba el grano por el corral, a puñados, y sólo podía comer los restos que dejaban mis hermanos cuando se habían saciado, que tenía que rebuscar por entre la paja. Cuando empezaron a abusar físicamente de mí, yo siempre corría a donde estaba mi madre, para esconderme tras sus alas o entre sus patas. Pero ella siempre me echaba de mal humor, sin importarle los picotazos y aletazos que me daban.

Poco a poco las peleas se fueron haciendo más frecuentes. Y, aunque yo siempre intentaba defenderme, mis hermanos, mucho más rollizos y grandes que yo, acababan venciéndome. Pocas veces me atacaban a la vez, conscientes de su superioridad, por lo que solían turnarse y atacarme de vez en cuando de uno en uno. Lo que más les fastidiaba de mí era mi plumaje, el cual había demostrado además ser perfectamente resistente. Jamás se me había caído una pluma en una pelea, pese a que a ellos se les caían constantemente. Como digo, siempre intentaba defenderme, aunque sin éxito, salvo por las plumas que les lograba arrancar.

Esto les enfurecía mucho más, claro. Era lo único que me hacía superior a ellos. El mismo plumaje que odiaban, por su color, había resultado ser mucho mejor que el de ellos, por su resistencia. No contentos con este hecho, se terminaron obsesionando conmigo. Su máxima aspiración era arrancarme alguna pluma. Y lo consiguieron, no sin poco esfuerzo por su parte y sufrimiento por la mía.

Una noche me atacaron cerca del nido donde nacimos, una especie de cobertizo pequeño. Mientras que tres de ellos me agarraban con sus gruesas alas, otro tiraba de una de las plumas de mi tripa, haciendo pinza con su pico. Tiró y tiró durante horas, haciéndome gritar y graznar de dolor. Tanto tardaron que se cansaban, por lo que iban turnándose, cambiando posiciones. Finalmente, la pluma cedió. Curiosamente, cuando se separó de mi cuerpo, un brillo extraño recorría la pluma, lo que asustó a mis hermanos, quienes se apartaron de mí y de ella, que estaba a mi lado, en el suelo.

El brillo era cada vez más intenso, aunque intermitente. De vez en cuando se atenuaba para volver a brillar. Todos estábamos absortos mirando la pluma, incluso yo, pese al dolor. Sin embargo, algo nos hizo centrar la atención en otra cosa: ruidos de pasos en el exterior. Era la Vieja Julia, que sin duda se había visto alarmada por el ruido de mis graznidos. Entró en el cobertizo agachándose para pasar por la pequeña puerta y vio el panorama. De inmediato mis hermanos se alejaron de mí, dando patosas zancadas. Yo me quedé sólo ante mi pluma y la Vieja Julia, quien la miraba atónita. Con los ojos totalmente abiertos extendió la mano y la cogió. La pluma seguía brillando intermitentemente, pero con fuerza.

Mis hermanos, quienes miraban con desconfianza a la granjera, no iban a dejar que su botín se lo llevara así como así, por lo que se abalanzaron sobre ella, aleteando y lanzando picotazos. La Vieja Julia se defendía cubriéndose y agitando los brazos, y sostenía la luminosa pluma en una de sus raquíticas manos.

—¡Malditos patos! —gritó—. ¡Arg!

Mis hermanos seguían picoteándola. La Vieja Julia logró golpear a uno de ellos y lanzarlo contra la pared y se creó un instante de silencio y estupor. Tenía arañazos y magulladuras en ambos brazos y en la cara. Su rostro estaba lleno de ira.

—¡Ojalá desapareciérais de aquí, bestias asquerosas! —chilló con voz aguda y descontrolada.

La intermitencia con que brillaba la pluma que sostenía en su mano se aceleró repentinamente, aumentando también la intensidad del brillo. En un instante, un fogonazo de luz invadió la estancia, cegándonos a todos. Aturdiéndonos.

Cuando pude volver a ver, ante mí y a cierta distancia estaba la Vieja Julia, tirada en el suelo, con el tronco ligeramente erguido y los brazos estirados, las manos apoyadas en el suelo, sujetando su propio peso. Parecía anonadada, incluso estupefacta. Miraba a uno y otro lado y su cara se enrarecía por momentos. Yo sólo la miraba a ella, miedoso de lo que pudiera hacerme. Como ya he dicho, nunca me ha tratado mejor que a mis hermanos, sabe que por mi aspecto sólo soy un lastre para ella.

La Vieja Julia se levantó, aún con cara de no comprender nada. Dio una vuelta en rápidos, largos y escasos pasos por el cobertizo, nerviosa. Yo la seguía con la mirada, hasta que comprendí lo que ocurría. Mis hermanos, los cuatro patos, no estaban. Habían desaparecido sin dejar ni rastro. Se habían ido con el flash de luz, o eso parecía. No podían haber salido todos en un instante, y en la puerta del cobertizo estaba la Vieja Julia. No. Se habían esfumado.

—Pero, ¿qué…? —La granjera parecía desorientada. Se echó una mano a la cabeza y se dio cuenta de que aún sujetaba mi pluma.

Mi pluma.

Aquella pluma brillante, parte de mi plumaje marrón, verde y dorado. Aquella pluma que tanto costó arrancar de mi cuerpo. Aquella pluma ya no era igual.

Era blanca, como cualquier pluma de mis hermanos.

Pero no era posible. Mis plumas eran todas oscuras, marrones. Y aquella pluma era blanca, completamente normal.

La Vieja Julia me miraba, encajando las piezas una a una. Sus ojos ávidos estaban clavados en mí. Mis alas temblaban. Estaba acercándose lentamente. Llegó a mí y alargó sus manos hasta cogerme. Yo estaba paralizado y no puse resistencia.

Me llevó hasta dentro de su vetusta y pequeña casa. En el interior la decoración era escasa, así como el mobiliario. Me dejó sobre la única mesa de la estancia y se sentó frente a mí. Me observó con detenimiento, levantándome las alas, girando mi cabeza a un lado y luego al otro, mirando mis patas y dándome la vuelta. No parecía llegar a ninguna conclusión, así que tiró de otra de mis plumas.

Como era de esperar, la pluma no salió, aunque noté el fuerte tirón. La agarró más firmemente y tiró con más fuerza. Nada.

Se puso de pie, me agarró del cuello con una mano y con la otra volvió a tirar con todas sus fuerzas de mi pluma. Esta vez salió. La Vieja Julia era un ser humano y, pese a que era bastante enclenque, tenía más fuerza que cuatro gordos patos.

Como la vez anterior, la pluma arrancada empezó a brillar y a apagarse, una y otra vez, y más intensamente en cada pulso.

—¡Vaya! —exclamó la Vieja Julia. Miraba con asombro la pluma. La luz que emanaba ésta iluminaba su rostro perversamente.

Levantó la pluma, agarrándola de la punta más gruesa y lisa con dos huesudos dedos y la puso frente a sus ojos. Sus cejas estaban profundamente arqueadas y sus pupilas totalmente dilatadas.

—Quiero mi peso en monedas de oro.

Nuevamente, la pluma emitió un poderoso flash de luz, que me aturdió tanto como el primero. Pude por fin ver ante mí a la Vieja Julia, que permanecía con los ojos fuertemente cerrados. Los abrió y miró a su alrededor. La imité y un escalofrío agitó mi cuerpo. En el suelo, junto a nosotros, un considerable montón de monedas doradas relucía y refulgía.

De un salto, la Vieja Julia se puso en pie, dejando caer la pluma sobre la mesa. Era una pluma blanca completamente normal. La granjera estaba arrodillada frente al montón de monedas, contándolas y carcajeándose de alegría. Yo no podía parar de mirar la pluma.

—¡Pequeño patito! —exclamó desde el suelo con excitación, abrazando su cúmulo de oro—. ¡Tus plumas! ¡Tus plumas son mágicas!

Yo estaba aterrado y mi cuerpo no respondía, paralizado ante la mirada ávida de poder de la Vieja Julia.

Me ahorraré los detalles de los días sucesivos. Basta decir que la Vieja Julia me arrancó una a una plumas y más plumas, haciendo realidad todos sus mezquinos deseos. Durante semanas, me mantuvo encerrado en el establo con las vacas Meris y Gladis, quienes se lamentaban por mí a todas horas. Mi cuerpo empezaba a parecer enfermo, cada vez con un plumaje más escaso.

Al cabo de un tiempo noté que nuevas plumas estaban creciéndome en sustitución de las arrancadas. Curiosamente, las nuevas eran plumas normales, blancas, iguales a las de mis desaparecidos hermanos. Cuando una creció lo suficiente intenté arrancármela y descubrí que no era difícil, como con las originales. Me estaba transformando a la fuerza en un pato completamente normal. Tenía miedo porque, pese a todo el odio que recibí de mis hermanos por ser diferente, amaba mi aspecto, mi plumaje marrón con tonos verdes y dorados. Ya apenas me quedaban unas cuantas plumas, todas en la cola, y la Vieja Julia parecía decidida a que desaparecieran, borracha de poder como estaba.

Había logrado hundir en la miseria a las granjas de los alrededores. Todos los productos que se compraban en el pueblo los vendía ella. Estaba acumulando una fortuna como nunca habían visto sus viejos ojos. Todo a costa de arruinar a los demás y gracias a mis plumas. Siempre que venía a por mí, yo me escondía tras Gladis y Meris, quienes mugían descontroladas, poniendo nerviosa a la Vieja Julia y haciendo que les gritara improperios de todo tipo.

Pero, pese a todo, logré escapar. Recuerdo que para entonces toda la parte superior de mi cuerpo, incluidos mi cuello y cabeza, estaban ya cubiertos del nuevo plumaje, blanco. Sólo me quedaban tres plumas mágicas en mi cola, pero la Vieja Julia estaba decidida a arrancármelas, por lo que fue a por mí al establo. Como siempre, yo estaba entre las patas de Gladis y Meris, intentando esquivar las ágiles manos de la mujer, quien ya llevaba un tiempo usando tapones en las orejas para no ensordecerse con los constantes mugidos de alerta de las vacas. En un determinado momento, cuando me logró agarrar del cuello, Meris agachó la cabeza y le propinó un fuerte golpe con su cornamenta en un costado. La Vieja Julia gritaba de dolor, pero lo importante es que su mano me había soltado. Creo que incluso se desmayó. Yo aleteaba enardecido por todo el establo, mientras Gladis se echaba hacia atrás para embestir contra la puerta de éste, derribándola.

—¡Cuajo! —me gritó la vaca desde el umbral donde estaba la puerta— ¡Huye, Cuajo!

—Pero… Gladis… —dije yo, asustado, sobrepasado por la situación.

—No lo pienses más, pequeño —dijo Meris, quien aplastaba con una de sus patas la mano de la Vieja Julia—. Aún tienes un gran poder en ti, úsalo con responsabilidad. Y ahora ¡huye!

Sin tener mucho más tiempo de pensarlo, les hice caso y huí.

***

Durante días vagué sin rumbo fijo, intentando siempre avanzar en sentido contrario a la granja. Al poco encontré un río y seguí su curso. Escarbaba entre la maleza y la hierba del suelo buscando semillas, las cuales escaseaban, y me guarecía entre los juncos que crecían junto a la orilla del río, el cual también me abastecía de agua pura y limpia. Por suerte la estación era cálida, aún faltaba tiempo para que llegara el invierno, si no, no hubiese podido sobrevivir a aquellas noches.

Y la verdad es que casi no lo logro, pero no debido al clima, si no más bien a las circunstancias que fueron sucediendo.

En uno de mis largos días de viaje sin rumbo conocido, caí presa de un enorme gato que, al parecer, llevaba bastante tiempo acechándome, a veces en la distancia, encaramado a las ramas de los árboles, otras escondido entre la maleza. Era un gato de pelo corto, de color crema. Sus orejas acababan en punta y se movían en todas direcciones, registrando cualquier sonido sospechoso, siempre alerta. Sus ojos eran redondos, oscuros y brillantes. Sus andares, elegantes. Pero sus intenciones malévolas.

La captura se produjo en pleno día. Yo siempre me trasladaba nadando cerca de la orilla del río, pero de vez en cuando salía a picotear por entre los juncos, buscando cualquier cosa que pudiera comer. Mientras estaba agachado, con la cabeza junto al suelo, noté cómo algo me agarraba del cuello, no con demasiada fuerza, mas sí con firmeza. Daba una sensación a calor húmedo, como aliento. Eran las fauces del gato, que me habían atrapado. Con sus dos fuertes garras me había inmovilizado el cuerpo, por lo que aprovechó para abrir la boca y avisarme.

—Te lo advierto: no te muevas —dijo mi captor—. De lo contrario, te mataré aquí mismo.

Le hice caso, obviamente. Era el primer animal que veía desde que hui de la granja y había resultado ser un vil depredador. Vaya mala suerte.

—Eso es. Buen chico.

Me volvió a agarrar del cuello con sus afiladas mandíbulas y, tirando del pellejo que era mi piel, me levantó y empezó a andar.

No sé durante cuánto tiempo me estuvo paseando, pero finalmente llegamos a una especie de guarida, una cueva donde había restos de huesos, cáscaras de huevos, plumas y otros restos de presas anteriores. Mi futuro empezaba a no pintar bien.

La cueva recibía bastante luz del exterior, por lo que el gato me dejó a mi aire mientras él se tumbó cerca de la entrada. Parece que no me iba a devorar ahí mismo, sino a reservarme para más adelante. El felino permanecía tumbado con la cabeza apoyada sobre sus patas delanteras y la mirada fija en mí. Yo no sabía muy bien qué hacer, así que hablé.

—¿Qué… qué vas a hacer conmigo? —titubeé. Tenía bastante miedo.

—Vaya, ¿y tú qué crees? —contestó él con sorna.

Me quedé en silencio durante un instante. Estaba muy nervioso.

—¿Có… cómo te llamas?

El gato levantó la cabeza.

—¡Ja, ja, ja! ¿Acaso eso es importante? ¡Vaya con el pato! ¡Qué pregunta! Pues ya que quieres saberlo, mi nombre es Fluzo, y soy un gato montés.

—Lo mejor es que no le hables. —Una voz que venía de un rincón de la cueva me sorprendió. Entre sombras y claroscuros había una pequeña ratona de pelo claro, ojillos negros y vivarachos y nariz rosada—. Le encanta oír el sonido de su voz.

Volví a mirar a Fluzo, el gato.

—Oh, por favor —dijo éste—. Sólo nos estábamos conociendo, ¿verdad, patito? Y tú, ¿cómo te llamas?

—Yo… Yo… Me llamo Cuajo.

—Cuajo, ¿eh?

La ratona se movió, pero algo le impedía avanzar. Vi que su cola estaba atrapada por el peso de una roca.

—No deberías seguirle el juego. Sólo quiere jugar con nosotros —me dijo en voz baja.

—¡Basta! —exclamó Fluzo—. Ya va siendo hora de dormir, así que silencio.

Volvió a apoyar la cabeza sobre sus patas y esta vez cerró los ojos. Me acerqué a donde estaba la ratona.

—Yo me llamo Lena. Llevo al menos tres días aquí —me susurró—. Será mejor que hablemos así mientras duerme, tiene un oído muy fino.

—Oh. Yo soy Cuajo.

—Ya lo sé. Lo has dicho antes.

—Ah, claro… Pero no entiendo nada, Lena. Pensaba que me iba a comer.

—Eso pensaba yo también, pero aquí estoy. Creo que Fluzo es un gato bastante sádico. Creo que quiere jugar con nosotros antes de devorarnos. Estoy segura de que nos retiene sólo para divertirse.

Miré hacia donde dormía apaciblemente el gato montés. Estaba tranquilo y respiraba profundamente, hinchándose y deshinchándose su tripa con cada respiración.

—Y, cuando se canse, ten por seguro que nos comerá
—continuó Lena.

Pasó un día entero en el que Fluzo prácticamente nos estuvo observando desde su posición, casi siempre invariante. Rara vez interactuaba con nosotros, prefiriendo ver cómo hablábamos (intentábamos minimizar nuestro contacto también, para no darle el gusto). Pasado este tiempo, debió decidir que ya estaba aburrido, pues al amanecer del día siguiente, por fin, se levantó y se empezó a acercar a nosotros. Su boca salivaba y su rabo se meneaba de un lado a otro. Tenía la mirada fija en Lena. Se relamía los bigotes mientras ella, frustrada, miraba con tristeza al suelo, sabiendo cuál era el inevitable final. Ya había levantado la piedra que aprisionaba su cola y estaba mostrando su afilada garra cuando no pude aguantar más.

—¡Espera! —No sé de dónde saqué el valor para gritar, pero lo hice—. ¡Fluzo!

El gato me miró, molesto, con rabia.

—¿Qué quieres, pato?

—Fluzo. No tienes que comerte a Lena. A mí tampoco. Tengo algo mucho mejor que ofrecerte.

Sus orejas se orientaron hacia mí. Durante un momento se mostró reflexivo.

—¿Y qué cree Cuajo, el inocente y miedoso patito, que puede ofrecerme que me interese?

—Puedo concederte un deseo.

La cara de Fluzo se quedo inexpresiva. Lena me miraba interrogativa, hasta que Flujo explotó en carcajadas.

—¿Un deseo? ¿Qué eres, un hada?

—¿No has notado que las plumas de mi cola son diferentes al resto de las de mi cuerpo?

Fluzo dio una vuelta a mi alrededor con sus andares felinos, sin quitarme ojo de encima. Su boca todavía babeaba por el hambre.

—Ya veo… ¿Y qué tienen de especial? Son bastante feas, y son sólo tres.

—Pero son mágicas. Cada una de estas plumas puede concederte el deseo que le pidas.

—No te creo, pato.

Con cautela, pero rápidamente, le conté mi historia y cómo había huido de la granja.

Fluzo parecía dudar.

—No me fio de ti, pato. Pero haré lo siguiente: te voy a arrancar una de esas plumas. Si no funciona, os devoraré a ambos. A ti el primero.

—Y si funciona, nos dejarás ir —me atreví a decir.

Fluzo rió.

—Créeme, si funciona, no me haréis falta para nada.

Lena tenía todavía la expresión de incredulidad que se puede esperar en un caso así. No parecía entender muy bien lo que pasaba, y me observaba con asombro. Fluzo, sin embargo, me dio la vuelta sin miramientos, cerró sus fauces en torno a una de mis plumas y tiró con mucha fuerza. Al tercer intento logró arrancármela.

—¡Por fin! —exclamó, dejando caer la pluma.

Ésta empezó a brillar en el suelo, tal y como habían hecho tantas muchas otras, intermitentemente.

—Ahora debes formular tu deseo —le indiqué a Fluzo.

—Muy bien. En ese caso, quiero tener todo el pescado que pueda comer en lo que me queda de vida.

Un intenso flash de luz iluminó la cueva, cegándonos. Cuando nos recuperamos, un tufillo a pescado nos envolvió y vimos cómo había peces de todos los tamaños y colores desperdigados por todo el suelo de la cueva. No pude ver la pluma, pero estaba seguro de que ya era una pluma blanca normal y corriente.

—¡Cuajo! —chilló Lena corriendo hacia mí.

Fluzo, loco de alegría, empezó a comer y comer, sin hacernos ningún caso. Era tal el ansia con la que devoraba los peces que se le oía hasta engullir. Pronto se fue acumulando detrás de él un pequeño montoncito de raspas y espinas que iba creciendo cada vez más. Parecía insaciable.

Nosotros no nos atrevíamos a movernos, aunque pronto descubrimos que Fluzo había alcanzado sus propios límites. Su tripa estaba muy hinchada y, pese a que seguía mordisqueando un gran pez, no parecía poder tragar más. Su cara manchada me dirigió una mirada y, con un gemido, cayó en redondo al suelo. En seguida empezó a roncar.

Lena y yo aprovechamos para salir de la cueva. Nuevamente tenía que huir, al igual que hui de la granja. Ya fuera, cuando estuvimos lo suficientemente alejados, Lena se paró.

—Cuajo —me dijo—. Tus plumas… Son un don.

Yo no sabía muy bien qué contestar, nunca había sentido que mis plumas fueran algo bueno, aunque esta vez nos habían salvado.

—No sé si son un don, Lena. Sólo sé que aún me quedan dos y que debo usarlas con mucho cuidado. Hasta ahora sólo me habían dado problemas.

—Pues ya ves que no siempre tiene que ser así, Cuajo.

Nos miramos a los ojos un instante, sin saber qué más decir.

—Yo tengo que ir a buscar a mi familia —arrancó ella—. Deben de estar muy preocupados.

Asentí.

—Y yo debo seguir mi camino.

Y, sin más, nos despedimos.

***

Mi viajé siguió y los días fueron pasando. Una nueva pluma creció en el lugar donde estaba la que me arrancó Fluzo, el gato montés, totalmente blanca. Continué mi viaje por el transcurso del río mientras reflexionaba sobre los hechos que había vivido. Mi mayor conclusión fue que las plumas sólo se habían usado para satisfacer deseos egoístas de seres mezquinos. En la granja, los de la Vieja Julia, lo que sólo me trajo desgracia; y en la cueva, los de Fluzo, lo que sirvió para escaparme.

Así de ensimismado me encontraba yo, nadando sin descanso, hasta que me sacó de mis pensamientos un leve sollozo que se oía a lo lejos. Parecía más bien un llanto. A medida que iba acercándome, descubrí que se trataba de un lloro. Pronto fui capaz de identificar el foco. En la orilla, ya a pocos metros de mí, un niño, tumbado sobre el fango y bastante sucio, lloraba desconsoladamente. Me acerqué más y lo miré de cerca. Era un niño muy pequeño, de tripa regordeta y mofletudo. Su piel era oscurísima y brillante y su pelo negro, corto y rizado. Tenía barro por todas partes y los lagrimosos ojos estaban tan cerrados como su boca abierta, que no paraba de gimotear.

—¡Hola! —saludé.

El niño no respondió, sino que siguió llorando. No parecía haberse percatado de mi presencia. Insistí.

—¡Eh! ¡Hola!

Esta vez parece que sí me oyó, ya que sus sollozos disminuyeron y abrió los ojos. Tenía la cara empapada por las lágrimas y los mocos le asomaban por los agujeros de la nariz. Una vez callado, con la miraba fija en mí, se los sorbió con fuerza y se restregó las manos por la cara, para secarse las lágrimas (aunque manchándose más de barro).

—¿Por qué estabas llorando? —pregunté.

El niño se inclinó y me observó con curiosidad.

—Eres un patito —dijo con su voz de niño.

—Sí, soy un pato. Me llamo Cuajo, ¿y tú?

—Kali.

—Hola, Kali. Dime, ¿por qué llorabas? ¿Estás bien?

Kali miró hacia abajo, con cara triste. Parecía que iba a empezar a llorar de nuevo de un momento a otro. El labio superior le temblaba.

—Es que… Me he perdido. No sé dónde están mis padres.

—Vaya. Eso no es bueno. ¡Pero no debes preocuparte! ¡Aquí está Cuajo el pato para ayudarte a encontrar a tus padres!

Kali me miró y sonrió, mostrando un solitario incipiente y blanco diente que contrastaba con su piel oscura.

—¿De verdad? ¿Me vas a ayudar?

—¡Pues claro! Además, no tengo nada mejor que hacer. Dime, ¿habías visto alguna vez un pato como yo?

—¡Sí! —gritó entusiasmado— Los feriantes siempre traen patitos. Me gustan.

—Claro que sí, los patos somos los ayudantes oficiales de los niños, ¿no lo sabías? Ahora, vayamos a buscar a tus padres. No pueden estar muy lejos.

Así que nos pusimos en marcha. Durante un buen rato estuvimos dando vueltas por los alrededores de donde nos habíamos encontrado sin satisfacción. Gritamos y gritamos, pero nadie nos respondía. Sus padres parecían haberse esfumado.

Empezaron a pasar las horas y yo ya me estaba inquietando. Kali estaba agotado, pero no podía dejarle dormir en la intemperie. Además, podía aparecer un animal peligroso, como Fluzo, o algo incluso peor.

—Kali, no te preocupes —dije intentando tranquilizarle. Iba a usar mi último recurso—. Hay una cosa que no te he dicho. Soy un pato mágico. ¿Ves cómo las plumas de mi cola son de otro color?

—¡Oooh! —dijo Kali cuando me di la vuelta y le enseñé las dos plumas marrones que me quedaban.

—Tienes que arrancarme una, pero debes tirar con fuerza, ¿vale?

Agarró una de mis plumas y tiró unas cuantas veces hasta que ésta cedió y salió. De inmediato la pluma empezó a brillar en su mano. Kali estaba alucinado y miraba asombrado la pluma.

—Ahora puedes pedir un deseo Kali. Puedes hacer que tus padres vengan a por ti.

—¿De verdad?

Su miraba brillaba de ilusión.

—Tan cierto como que me llamo Cuajo.

Kali puso la pluma en el suelo, se arrodilló ante ella y pidió su deseo.

—Deseo que papá y mamá estén aquí.

La onda de luz cegadora nos envolvió por completo. Kali lloraba asustado. No se esperaba el flashazo, debí haberle advertido. Pero poco importaba ahora, pronto pudo ver a quienes tenía delante y dejó de llorar de inmediato. Ahora reía.

—¡Mamá! ¡Papá! —chilló mientras se abalanzaba sobre el hombre y la mujer que había enfrente, totalmente desubicados.

—¡Kali! —exclamó la mujer, levantando al niño y abrazándolo.

El hombre seguía con expresión asustada y, aunque también abrazó a su hijo, que seguía en brazos de la mujer, pronto se separó, mostrando un gesto interrogativo.

—Pero, ¿cómo…? Hemos llegado al río.

Kali le miró y sonrió.

—Ha sido Cuajo —dijo señalándome—. Es un pato mágico. Él os ha traído con sus plumas mágicas. —Y volvió a abrazarse a su madre.

Los dos adultos me miraron sin comprender. Yo, sin embargo, me giré y volví a la orilla, dispuesto a seguir mi viaje. Ya había hecho suficiente, había devuelto a ese niño con sus padres, pero no podía seguir allí. Si algo había aprendido de mi vida en la granja, es que los humanos no son de fiar, y por mucho que Kali fuera adorable, no iba a quedarme a averiguar si sus padres también lo eran, o, por el contrario, eran como la Vieja Julia.

Sin mirar atrás, me fui.

***

Ya estaba anocheciendo cuando me marché, triste pero reflexivo. Nuevamente, había usado una de mis plumas para ayudar a alguien. Alguien inocente. Empezaba a darme cuenta de que se podían hacer usos buenos y malos, dependiendo de la persona que pidiera deseos.

Seguí nadando en la oscuridad de la noche durante unas pocas horas más, absorto en mis pensamientos, hasta que vi a lo lejos una tenue luz que se fue haciendo más presente a medida que me fui acercando. Pude ver lo que parecía una pequeña posada, muy cerca del río, iluminada por un par de farolillos en su entrada. Estaba un poco cansado de tantas noches a la intemperie, y la verdad es que las noches ya empezaban a ser más frescas, así que me acerqué a la puerta y llamé.

Tras unos segundos, la puerta se abrió. Un hombre estaba sujetándola. Era alto, grueso y de piel oscura. Su pelo era negro y rizado. Me parecía muy familiar.

—Vaya —dijo—. Parece que tenemos un cliente. ¡Y a estas horas!

—¡No importa cariño! —dijo una voz de mujer desde el interior—. Hoy es una noche extraña. Déjale entrar.

Apartándose del umbral de la puerta, el que deduje que era el posadero me invitó a pasar.

—Pero, mira —dijo una mujer que estaba sentada en una pequeña mesa. Tenía ante sí un tazón que humeaba. Por el olor debía de ser sopa, quizás de cebolla. Al igual que el posadero, tenía la piel oscura y un largo pelo que caía en bucles, negro como el carbón—, si es un patito. Debe de estar helado. Ven, pequeñín, ponte junto a la chimenea, caliéntate.

Me coloqué junto al fuego, que estaba tras la mujer, y de inmediato sentí el suave calor, que se me metió entre las plumas y me calentó el cuerpo. Me senté y de pronto me di cuenta de lo agotado que estaba. Había sido un viaje largo y lleno de peligros y emociones. Antes de que me diese cuenta, me quedé dormido.

Al día siguiente, la luz entraba por los pequeños ventanucos de la pared. En la chimenea, los restos carbonizados y las brasas calcinadas todavía luchaban por arder, aunque mínimamente. Me sentía completamente descansado. Me levanté y estiré las patas. ¡Qué gusto! Me sentía realmente bien. Miré a mi alrededor. La posada era un sitio muy apacible, acogedor, y debía ser temprano, pues aún no había nadie en la sala. Sin embargo, a mi lado, un cuenco lleno de granos de maíz machacados, como hechos papilla, me esperaba suplicante, deseoso de que lo vaciara. Hacía tanto que no comía en esas condiciones (creo que nunca) que sin pensármelo engullí todo su contenido.

Estando aún atareado con mi desayuno, una figura salió de una de las puertas de la sala, dejando ver tras de sí un pequeño cuarto con dos camas, una de ellas muy pequeña. La reconocí de inmediato. ¡Era Kali! El niño al que había salvado el día anterior. Él también se dio cuenta de quién era.

—¡Cuajo! —gritó el niño.

—¡Kali! —balbuceé con la boca llena de papilla y granos de maíz.

Corrió hacia mí y me abrazó. Detrás de él, el posadero salió del mismo cuarto.

—¡Mira, Kali! Es nuestro nuevo inquilino.

El niño se dirigió a su padre, inquieto.

—¡Papá! ¡Es Cuajo!

—¿Cuajo?

—Sí, papá, ¡el patito de los deseos!

El hombre permaneció pensativo, mientras la mujer salía de detrás con un montón de ropa y trapos. Parecía atareada.

—¡Vaya! —exclamó—. Veo que a nuestro inquilino le ha gustado el desayuno, ¿eh? Me alegro, está muy delgado y casi se le notan los huesos.

—Fíjate, cariño —dijo el posadero—. Kali dice que le conoce.

—¡Es Cuajo! Es el patito mágico. Sus plumas son deseos. Ayer se quitó una pluma y mi deseo se cumplió.

La posadera rió.

—¡Nuestro hijo tiene mucha imaginación! Pero ya te hemos dicho —le dijo al pequeño acariciando su esponjoso pelo— que habíamos pasado horas buscándote. Al final estábamos perdidos, igual que tú. ¡Menos mal que te encontramos!

—Fue Cuajo —insistió Kali—. Yo le pedí mi deseo.

Los posaderos no parecían entender lo que el chico se empeñaba en explicarles, pero en todo caso, me alegró mucho comprobar que no eran malas personas.

Pasaron toda la mañana haciendo preparativos, aunque no parecía que tuvieran ningún inquilino en ese momento. Mientras el hombre iba al bosque a cortar leña, la mujer guisaba y Kali jugaba conmigo. Cuando llegó la hora de comer, lo tres se sentaron en la mesa y a mí me dejaron en un rincón con un nuevo cuenco de maíz. Todavía no podía creerme que estuviera comiendo así de bien, así que me llené y volví a quedarme dormido mientras los posaderos volvían con sus preparativos y fuera empezaba a llover.

La fuerza de la lluvia y el calor de interior me tenían completamente embelesado. Descubrí que a mi lado estaba acurrucado Kali, durmiendo conmigo, y frente a mí la chimenea volvía a arder, llenando la estancia de luz y calidez. Estaba tan a gusto que, aunque quería despertarme, no podía evitar seguir dando cabezadas y cayendo dormido una y otra vez. Hasta que una leve corriente de frío hizo que Kali se abrazara a mí, rodeándome con sus rechonchos bracitos.

Vi que la puerta de la posada estaba abierta y una silueta se dibujó ante la oscuridad del exterior. No me podía creer que ya fuera de noche. La silueta dio un paso y avanzó hasta dentro, dibujando la luz sus facciones. Era un hombre con unas ropas muy extrañas, coloridas, y un sombrero de ala ancha que cubría su cabeza. Estaba empapado de arriba abajo y su cara mostraba una media sonrisa inquietante. Un largo estuche asomaba tras su cabeza, lo llevaba atado a la espalda. Cerró la puerta tras de sí y el posadero se dirigió hacia él para atenderlo.

—Pasad, buen hombre, pasad y tomad asiento, mi mujer os pondrá un plato que os calentará los huesos.

El hombre, alto y espigado, asintió con la cabeza, conforme, y se dirigió a la mesa. Kali seguía dormido, acurrucado a mi lado, mas yo observaba con curiosidad  al viajero. Se había quitado el sombrero y una especie de manto con el que venía cubierto y los había colgado en un perchero cercano a la chimenea, para que se secaran. Era en realidad un tipo muy delgado. Había dejado su largo estuche sobre la mesa y lo había abierto. Pude ver cómo de él sacaba una gran cantidad de papeles doblados, enrollados y arrugados, así como un tintero y una pluma. La posadera le sirvió su plato de guiso, el que iba probando de vez en cuando, mientras la mayor parte del tiempo la dedicaba a escribir y garabatear.

—Posadero.

El posadero levantó la vista, alertado por el viajero.

—Decidme, buen hombre, ¿qué queréis?

—Veréis, posadero, soy un poeta que va de aquí para allá buscando inspiración. ¿Os importa si sacó mi flautín? Estoy componiendo, y es reamente útil.

El posadero miró a su mujer, como buscando aprobación. Ésta le devolvió la mirada.

—En absoluto, poeta, podéis deleitarnos con vuestra música y escritos cuanto queráis.

Sacó del estuche una pequeña flauta y la llevó a sus labios. La música envolvió toda la sala. Eran notas agudas, pero suaves. Las tocaba melodiosamente, moviendo los dedos con rapidez, pero de forma fluida, serena. De vez en cuando paraba de tocar y volvía a escribir. Parecía que había un diálogo entre lo que escribía y lo que tocaba. Era bello, aunque el poeta no parecía nada satisfecho, a juzgar por su rostro y la frecuencia con la que tachaba lo que escribía, o los papeles que arrugaba y volvía a meter en el estuche.

La música despertó a Kali. Se levantó e izó las manos, estirándose y bostezando. Miró a la mesa y se quedó observando al poeta.

—Hola —dijo el pequeño—, ¿quién eres?

—¡Kali! —oí a la posadera desde su cuarto, donde estaba cosiendo —No molestes. Ven aquí.

El poeta observó al niño.

—No os preocupéis, buena mujer —dijo—. No me molesta. Los niños son el alma de la música.

—¿Eres un músico? —interrogó Kali.

—No exactamente, pequeño. Soy Pan, el poeta. ¿Y tú quién eres?

—Yo soy Kali, el niño, y éste —me señaló— es Cuajo, el pato. Es mágico. ¿Qué es un poeta?

El hombre se rascó la cabeza, pensativo.

—Un pato mágico, ¿eh? —Hizo una breve pausa—. Un poeta, pequeño Kali, es alguien que compone poesía, un artista, un emisario de las musas, un creador.

Kali se llevó un dedo a la boca. Parecía confuso.

—Ah… ¿Y eso qué es? —dijo, señalando la pequeña flauta.

Pan la levantó, mostrándola.

—Esto es mi flautín, mi infatigable compañero de viaje. Me acompaña a todas partes y me ayuda a componer.

Se llevó el flautín a los labios e hizo sonar una melodía alegre.

Kali, perdiendo todo interés, se fue a donde estaba su madre.

—Mamá, tengo hambre.

Nos quedamos solos en la sala Pan y yo. Éste me miraba con curiosidad.

—Así que tú eres Cuajo, el pato mágico. Es curioso, he oído rumores en mis viajes sobre una granjera que tenía un pato cuyas plumas concedían deseos. No sé si será cierto, ya que cuando pasé por aquella granja, estaba completamente en ruinas. Una vieja loca rondaba por los alrededores, gritando algo sobre unas vacas, pero no me quedé a averiguar qué pasaba. ¡Hay locos y cuentos por todas partes!

Miré intrigado al poeta. Una vez más me convencí de que el mal uso de mis plumas sólo traía desgracias.

La noche se hizo cada vez más cerrada y la cena se sirvió. Yo volví a llenarme de maíz y papilla, y los posaderos, Kali y Pan acabaron con las abundantes sobras del guiso.

Todos parecían cansados por la larga jornada de trabajo, salvo el poeta.

—Nosotros nos vamos a dormir ya, viajero —avisó el posadero—. Eres libre de estar aquí, pero tu habitación está tras esa puerta. —Indicó con un ademán la habitación contigua a la suya.

—Si no os importa, posadero, seguiré escribiendo un buen rato más. El calor de la chimenea me abriga y me inspira, y tengo a vuestro pato fantástico para hacerme compañía.

—Como queráis, pero ahora no toquéis vuestra flauta.

—Descuidad.

El posadero se metió en su habitación, junto con su mujer y Kali.

La noche se me empezó a hacer larga, y pese al calor de la chimenea y la abundante cena, no tenía ni un atisbo de sueño, así que observé de reojo cómo el poeta Pan escribía en montones de papeles, de los cuales la mayoría arrugaba y guardaba con enfado. Parecía tenso, incluso desesperado. Era como si buscara seguir una meta inalcanzable, lo cual le frustraba. Revoloteé y en un par de aleteos me puse sobre la mesa. Confieso que tenía mucha curiosidad por ver mejor qué hacía.

—Vaya —dijo con voz cansada Pan—. Cuajo, el pato de las plumas mágicas.

Siguió escribiendo un poco más, bajo mi mirada atenta. Yo, sentado en la mesa, observaba cómo la pluma iba dejando trazos de tinta incomprensibles.

—Ah… Es inútil. —Pan se echó hacia atrás, apoyando la espalda en el respaldo de la silla y dejando deslizar su trasero hacia delante—. ¿Sabes, patito? Esto es muy inútil. No puedo hacer nada de calidad. No sin mi musa.

Yo le miré sin comprender.

—Mi musa, mi bella musa. La más hermosa de las mujeres, quien ha sido mi fuente de inspiración. Todos mis poemas tenían una dueña, y era ella. Todos dirigidos a la misma persona. Ah, pequeño pato, qué perfecta era. De cabellos sedosos y largos, de caderas sinuosas, de sonrisa perlada y mirada profunda. Todos mis poemas arrojaban felicidad sobre su rostro. Pero ahora… —Su cara se entristeció, y bajó el rostro—. Ahora no la tengo.

Me acerqué y me senté justo a su lado. Pan extendió una mano y empezó a acariciarme la cabeza. Era agradable.

—La perdí, Cuajo. Fui estúpido. Me confié. La traté como no debía. Empecé a ningunearla. El éxito de mis poesías era inmenso, eran tan alegres que hacían felices a todo el que las oía. Pero no me di cuenta de que mi éxito me estaba cambiando. Ella necesitaba de mis cuidados, de mi amor, y yo sólo bebía de las mieles de la fama. Cuando quise darme cuenta, era demasiado tarde. Con ella se fue mi inspiración, mi éxito, mi fama y mi capacidad para hacer poemas alegres. Desde entonces todo lo que compongo es triste. Y lo odio, patito, odio que mis poemas sean tan tristes. Me siento vacío, como si me faltara una pieza demasiado importante como para funcionar solo. Me falta ella.

Su cara era la viva expresión de la tristeza. Una tímida lágrima se había formado bajo uno de sus ojos y se deslizaba lentamente por su huesuda mejilla. Pan se frotó la manga de su camisa por su cara y se secó.

Yo estaba enternecido. Nunca había oído una historia así. Y más viniendo de un ser humano. En muy poco tiempo había aprendido que no todos eran como la Vieja Julia. Kali y sus padres me habían tratado bien. Mejor que bien. Y eran felices. Pan no parecía peor persona. Nos había deleitado a todos con su música, mas no era feliz.

—Pero no importa, Cuajo. —Parecía haberme leído los pensamientos—. Estoy luchando por hacer un nuevo poema. El más feliz de todos ellos. El único y definitivo poema de amor que le demuestre cuánto la necesito. Sólo que… de momento no tengo demasiado éxito. —Señaló la pila de papeles arrugados que había sobre su estuche abierto.

Sabía que podía ayudar a Pan, así que llamé la atención con un cuacuá y me di la vuelta, mostrándole mi cola. Él la miró extrañado.

—Esa pluma… ¿Es cierto? ¿Es una de las plumas mágicas de la que hablan los rumores?

Agité más la cola hacia él. Pan extendió una de sus manos y pasó los dedos por la única pluma marrón que me quedaba.

—¿Acaso es posible?

Tiró, suave al principio y con fuerza después. La pluma salió al segundo intento, cuando el tirón que dio fue lo suficientemente fuerte. En seguida se puso a brillar. Pan tenía cara de asombro y miraba la pluma anonadado.

—Puede concederme un deseo… ¿Verdad? Sería tan fácil…

Levantó la pluma y la observó dándole una y otra vuelta, mirándola en todas direcciones. La pluma no paraba de brillar y apagarse. De pronto la arrojó sobre la mesa.

—No, Cuajo. No es la forma correcta. No es el camino que quiero seguir. Sé que recuperaré a mi musa, sé que lo haré. Aunque me cueste mucho esfuerzo y tiempo, aunque tarde años en hacer este poema, pero lo haré yo solo.

Le miré extrañado y cogí la pluma con mi pico. Ésta se apagó instantáneamente en cuando la toqué.

—Te doy las gracias por tu oferta, pato, pero debo rechazarla.

Asentí. Creo que entendía lo que me quería decir, y me pareció noble.

Comprendí que nada más podía hacer en aquél lugar. Ya había ayudado a Kali y a sus padres, y de alguna forma también a Pan. Fuera iba a empezar a amanecer y era el momento de marcharme. Con la pluma en mi pico, salté de la mesa y me dirigí a la puerta. Pan comprendió de inmediato que quería salir. Se levantó y me abrió la puerta.

—Buen viaje, Cuajo. Estoy seguro de que encontrarás lo que buscas.

Yo no estaba tan seguro, pero no pude hacer más que irme.

***

No tardé en encontrar el camino que me llevó al río. El Sol ya estaba saliendo por el horizonte, y el cielo se había despejado casi por completo. Mi pluma y yo seguimos, como habíamos hecho desde que hui de la granja, el transcurso del río. Pese a que debería sentirme bien por haber ayudado a algunos seres durante mi viaje, en realidad me sentía algo desolado. Sentía, al igual que Pan, un vacío en mi interior. En el fondo anhelaba desear y sentirme deseado por alguien, como él había hecho. Necesitaba experimentar el amor de una compañera, formar mi propia familia.

En todo caso, seguí viajando durante un par de días más. Cada vez que soltaba la pluma para buscar comida o beber, ésta se ponía a brillar. De alguna forma, llevarla encima la anulaba. No lo entendía muy bien, sólo sabía que no tenía ni idea de qué hacer con ella.

Las palabras de Pan me habían inspirado. Era consciente de que no quería usar la magia para conseguir mis propios fines, debía continuar mi búsqueda por mí mismo.

Al tercer día, encontré un viejo pozo, medio derruido, no muy lejos del río. Se veía desde la orilla. No me lo pensé más. Me acerqué, me subí a la zona del borde que quedaba en pie, con la pluma bien sujeta en mi pico, y la tiré. Vi cómo la luz que emanaba caía lentamente y se veía atrapada cada vez más por la oscuridad. Debía de ser un pozo muy profundo, pues la luz llegó a desaparecer del todo. Con cierta nostalgia, salté al suelo y volví a seguir mi camino. Ya no tenía ninguna pluma mágica, mi aspecto era igual que el de cualquier pato, igual que el de mis hermanos. Sin embargo, no estaba triste, sino decidido a seguir con mi viaje.

Cuando llegué a la orilla, un ruido entre los matojos me asustó. Me di repentinamente la vuelta y me acerqué. Un pequeño animal dio un salto, asustado por mi presencia, y me miró, con miedo en los ojos primero y sorpresa después.

—¡Cuajo!

—¿Lena?

No podía creérmelo. Lena, la ratoncita que había rescatado unos días atrás de ser devorada por Fluzo, el gato montés.

—¡Cuajo! ¡Eres tú! —Se echó contra mí y me abrazó con fuerza.

—Lena… —Le devolví el abrazo—. ¿Qué haces aquí? ¿Y tu familia?

Lena se apartó y miró hacia el suelo.

—Verás —dijo—, después de nuestra pequeña aventura, me di cuenta de que necesitaba explorar el mundo. ¡Sentir emociones fuertes! No podía aguantar encerrada en una madriguera con mis padres y mis hermanos. Me dolió un poco dejarles, pero me comprendieron perfectamente.

Yo también lo comprendía.

—Tú también buscas algo, entonces —dije.

—No sé muy bien lo que me deparará el destino, Cuajo, pero desde luego me alegro mucho de verte.

Sus finos bigotitos se meneaban cada vez que hablaba. Era en realidad una ratoncita muy guapa.

Creo que me sonrojé en ese momento, y creo que ella lo notó.

—¿Sabes qué seria genial? ¡Que fuéramos compañeros de viaje! —propuso, entusiasmada.

Yo al principio dudé. Hasta entonces había viajado siempre solo.

—Lena, yo…

—¡Vamos! Anima esa cara. ¿Sabes qué es lo que vamos a encontrar, Cuajo?

Negué con la cabeza.

—La felicidad.

Y, sin más palabras por mi parte ni por la suya, seguimos viajando, yo nadando en el río y ella sobre mi espalda.

Quizás fuera verdad, quizás fuera la compañera que necesitaba para continuar mi búsqueda.

Y así fue.

Yizeh Castejón. Noviembre de 2012

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Yizeh Castejón

Escritor, físico, profesor, capoeirista, innovador. Nacido en Madrid en 1986. Creador de Sopa de Relatos, la web de escritura libre. Editor y autor del libro de cuentos "Sopa de Relatos" y de futuros proyectos. Alumno de h2i Institute.

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9 Comentarios

  1. por Ana Maria Rodriguez Ramos publicado el 18/01/2014  14:52 Responder

    Hola: hace poco que formo parte deesta página y entre otras tengo una duda: ¿ cómo puede haber publicaciones que teniendo 3 visitas tengan 4 megusta?. Gracias. Un saludo

  2. por Ana Maria Rodriguez Ramos publicado el 18/01/2014  14:54 Responder

    Perdón por las faltas que aparecen, problemas de teclado y de no revisar antes de enviar.
    Tu relato me gusta.

  3. por Yizeh Castejón publicado el 18/01/2014  14:57 Responder

    Vaya, Ana María, justo en este medio (comentario en mi relato) esperaría una opinión sobre él.
    Para todo lo demás, Sopa de Relatos dispone de un correo electrónico, quieroescribir@sopaderelatos.com, y un formulario de contacto.
    Pero dime, Ana María, ¿te ha gustado este relato que tanto me costó escribir?
    Un saludo y gracias por participar en Sopa de Relatos.

  4. por Ana María Rodriguez Ramos publicado el 18/01/2014  15:04 Responder

    ¡Pues claro que me ha gustado! ya lo he puesto. Perdona si tu ego se ha sentido herido, torpezas de prinicipiante. Un saludo y disculpas nuevamente.

    • por Yizeh Castejón publicado el 18/01/2014  15:18 Responder

      Nada más lejos ;)
      Te animo a que escribas a la dirección de correo que te he mencionado con cualquier duda que tengas.
      ¡Un saludo!

  5. por Victoria Permuy publicado el 19/03/2014  06:52 Responder

    Bueno a ver si a la tercera va la vencida, ya te he escrito con esta 3 veces, me sale error y no te llega.
    Te decía que GUAUUUUUUUUUUUUUUUUUU, GUAUUUUUUUUUUUUUUU Y GUAUUUUUUUUUU
    Y CUAAAAAAAAAAAAAAAAAAA, CUAAAAAAAAAAAAAAAAAA, CUAAAAAAAAAAAAAAAAA!,
    GENIAL YIZEH, un cuento de MIL, una pasada de CUENTO, menuda imaginación, una maravilla, ya les gustaría a muchos, eso sí que es un cuento, me encantó, me enganché... no sabía que era tan largo me entretuvo un montón, me rechifló de veras, ya te he puesto el punto en me gustas, que por cierto cuesta muchísimo que lo coja, tienes que estar media hora apretando y a veces no te lo suma.
    Voy a pedir " la baja", pues ahora contigo no va a ver quien te coja, vuelvo a darte la enhorabuena y mi felicitación esos sí que son cuentos para editar, bueno que lo mismo ya lo tienes editado, no me extrañaría... un beso y sigue deleitándonos ¡porfi!.

    • por Yizeh Castejón publicado el 19/03/2014  20:02 Responder

      ¡Te lo agradezco mucho, Victoria! Pocas veces me he metido en el difícil terreno del cuento infantil (si es que este lo es, que no sé yo, no sé yo), pero con "Tres plumas" acabé satisfecho. Me encanta que te haya gustado.
      Y disculpa los problemas de la web. Seguimos trabajando en algunas mejoras y, ya sabes, las cosas de palacio... ;)

  6. por VictoriaPermuy publicado el 20/12/2015  02:34 Responder

    Hola Yizeh, a ver si escribiendo cada día en un escrito distinto de los tuyos puedas hacerme caso... ¿me dirías cómo puedo arreglar el volver a contactar para escribir?, me dice que mi contraseña es incorrecta y no sé cómo hacer para cambiarla o recuperarla. ¿me ayudas?, contéstame por favor. Un abrazo Victoria.

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