Involución

 

Alún miró hacia arriba, frunciendo el ceño, hacia la franja de luz morada que se distinguía sobre el horizonte; ya se podía ver incluso de día. —Es enorme,—susurró.

Jasipo, su prima, levantó la vista de su trabajo con la cápsula y sonrió. —Dicen que todo lo que está en el cielo se ve más grande cuando está cerca del horizonte,— explicó. Luego volvió a mirar hacia abajo. Alún nunca había visto a la pequeña genio tener tanto problema con algo.

—Si no te conociera mejor,—bromeó,—diría que tu chip ya no sirve.

Jasipo dejó escapar una risita, y sus dientes blanqueados con rayos gamma se entrevieron bajo sus oscuros labios. Ella era muy bonita, de tez morena y cabello negro, con un cuerpo hermoso y esbelto y una cara simétrica e impecable. Claro que hoy en día ya no era mucho mérito, cuando los embriones se elegían quirúrgicamente para que el bebé fuera lo más perfecto posible y las fallas se reparaban a temprana edad. Alún todavía no podía entender un mundo en el que las mujeres quisieran ser rubias y de ojos claros, cuando las morenas eran mucho más hermosas. Claro que el mundo de antes era incomprensible en muchos sentidos.

—Mi chip está perfectamente bien,—dijo ella, tocando el pequeño cuadro duro que sobresalía en el interior de su codo. Eso también se podía hacer ahora, en el 3441. Todos los niños eran genios gracias a pequeños chips que se implantaban y estimulaban la actividad neuronal. Además, si un niño pasaba por una pequeña operación antes de cumplir un año, su cerebro era programado del mismo modo que una computadora y el chip además podía implantar información en su sistema.

Pero incluso entre todos estos niños, Jasipo era excepcional.

—Recuérdame, ¿qué estás haciendo?

—Entré a trabajar en un restaurante para las vacaciones. Pero como la comida se acabó hace mucho, mucho tiempo, todo está hecho sintéticamente. Extraemos las moléculas de glucosa y de agua, los aminoácidos, y la celulosa del aire y de las pocas plantas que quedan.—Alún miró alrededor por un momento, a todos los edificios de metal y vidrio, a las placas azules que transformaban el bióxido de carbono a oxígeno sin necesidad de ensuciar todo de verde ni de tierra, sin causar alergias o la preocupación innecesaria de regarlas, cuando la gente hoy en día ya estaba bastante ocupada y el agua era tan escasa—Si no, sacamos los átomos de carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, azufre y fósforo por separado, también del aire o de la tierra.

—¿Y tú estás…?—Estaban sentados en el jardín de la casa de Jasipo (antes los jardines estaban hechos de pasto; ahora eran placas sólidas de metal que dejaban escapar olor a ‘violetas’). Ella tenía en las manos una caja de vidrio grueso con una pantalla en la tapa. Sus manos estaban embutidas en guantes de metal y plástico, y hacía con ellas movimientos precisos y pequeños que causaban reacciones en la pantalla; a Alún sólo le parecían un montón de esferas de distintos colores chocando como en un juego de computadora.

—Creando las moléculas necesarias. Estos guantes interpretan el movimiento de mis manos y los transmiten dentro de la caja, reducidos hasta que lo que está dentro sólo se desplaza fracciones de micra. Realmente lo único que estoy haciendo es lanzar un montón de átomos, unos contra otros, y rogar que se haga la reacción adecuada. Pero…—La adolescente suspiró con frustración al ver que las esferas no se juntaban.

—Suena muy difícil para una niña de diecinueve, sobre todo considerando que es un trabajo de verano.

—Estoy estudiando ciencia molecular. Me sirve de práctica… Qué … molestia.—Una línea negra partió la imágen de la pantalla como un vidrio roto, y la mitad de las esferas desaparecieron. Un momento después la pantalla se llenó de estática.

—La rompiste.—Se burló él.

—La energía oscura la rompió.

—¿Qué energía oscura?

—La de la Gran Recesión,—explicó su prima, señalando hacia la línea púrpura. ¿Era la imaginación de Alún, o ya se veía más grande?

—En la escuela la llaman la Involución.

—No seas tonto.

—De verdad. Como el universo terminó de expandirse y está encogiéndose como una liga elástica, dicen que ahora todo lo que pasó se rebobinará como en una de esas películas antiguas. Todo pasará al revés hasta que lleguemos hasta el Big Bang, y luego el Universo regresará de nuevo. Dicen que ya pasó varias veces y que todo lo que estamos viviendo ha pasado antes, y que continuará pasando, cada vez más rápido, porque todo el universo se mueve como un péndulo y gana velocidad con cada rebote.

—¡Qué tontería! Bueno, qué más se puede esperar de una bola de adolescentes de secundaria,—replicó Jasipo, pero Alún distinguió una nota de miedo tras su tono confiado. —Lo que pasará es que la pared del universo chocará contra nosotros y nos volará en pedazos. Luego chocará contra las otras paredes de sí mismo y volará en pedazos también. Es el fin.

—¿Crees en Dios?

Ella soltó un bufido. —Dios es la máxima expresión del miedo humano a la muerte. Todos morimos. Y ya. Se acabó. Si ni siquiera somos capaces de predecir  el clima o sacar bien las cuentas, no podemos saber cuándo nos vamos a morir, y menos qué va a pasar después. Después no pasa nada.

Alún nunca había visto a Jasipo tan ansiosa. Su prima siempre había tenido una personalidad fuerte, pensaba que había qué ver para creer y no creía más que en lo que había visto varias veces. Tenía ideales muy fijos que eran difíciles de cambiar y los defendía con dientes y garras… Pero en este momento no se veía preocupada o ansiosa… sino francamente aterrada.

—Bueno, claro que no podemos predecir muchas cosas, incluso con lo que estamos haciendo ahora.

—¡Es que somos una bola de idiotas!—Lanzó la caja plástica al piso al mismo tiempo que una lágrima le rodaba por la mejilla y se quedaba colgando de la punta del mentón. El recipiente se rompió contra el piso del jardín y un cilindro de vidrio blindado rodó junto a sus pies.

—Bueno, ¿ahora qué hicimos mal?—preguntó Alún, tocándole la mejilla. Su mano era casi tan larga como la cara de la muchacha (sus papás querían un hijo pianista).

—Todo.—Señaló a la línea púrpura que crecía en el cielo. Seguramente no era la imaginación de Alún. Ahora abarcaba todo el límite de la ciudad, y se podían ver las enormes explosiones como diminutos vellos en los bordes. —La teoría del Big Bang se desarrolló hace menos de mil quinientos años, y dijeron que el universo tardaría millones de años en terminar de expandirse. Milenio y medio, y ¡kabúm! La Reseción está a la vuelta de la esquina. Comenzó hace tres meses. Ahora dicen que el borde del universo tardará cuatro generaciones en alcanzarnos. Pero esa cosa no medía ni la mitad de lo que mide ahora la semana pasada. Tengo diecinueve, Alún. No me quiero morir.

—No nos vamos a morir, Jasipo. Recuerda la Involución. No sé cómo funcione, pero…

—¡Pero nada!—La muchacha se levantó, pateando el cilindro de vidrio con fuerza. Tomó un aliento profundo y sus hombros se sacudieron con un sollozo antes de que su semblante de calma, de ojo de la tormenta, cubriera su expresión de temor. Las venas se le saltaban en el cuello y la sangre se acumuló sobre el sobresaliente de su chip, haciéndolo parecer un moretón —Dios… Por primera vez espero que exista, Alún. Nunca nos ha escuchado, si es que lo hace. Que nos escuche ahora.

Jasipo desapareció dentro de la casa.

Alún vio que ahora estaba envuelto en luz morada.

 

 

Alún abrió los ojos. El reloj marcaba las 10:34… p.m.. Y los segundos estaban retrocediendo en lugar de avanzar. Afuera todo brillaba con luz púrpura. Era cegador, igual que cuando él había ido a dormir.

Alún se levantó y comenzó a caminar de espaldas hasta la cocina. ¿Por qué le parecía normal? Tenía que ir a casa de Jasipo. Retrocedió hasta la puerta y alcanzó tras su espalda para abrirla.

Caminó de espaldas hasta la casa de Jasipo, donde ella estaba saliendo, también retrocediendo hasta sentarse en el jardín en la misma posición en donde él la había dejado. Todo era extraño: él quería hacer lo que estaba haciendo, pero al mismo tiempo sentía como si no tuviera opción.

Se sentó y vio cómo el cilindro de plástico, que estaba casi al borde de la calle, volaba por los aires hacia ellos hasta tocar el pie de la muchacha con un ligero tintineo. Jasipo lo miró, con esa cara de calma tensa que ponía cuando estaba tratando de esconder su miedo, y dijo:

—Aroha ehcucse son euq. Ecah ol euq se is, odahcucse ah son acnun. Nula, atsixe euq orepse zev aremirp rop… Soid.

Alún entendió cada palabra.

 

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