500 días sin Laura

La verdad es que Laura odiaba que alguien la describiera. Describir a una persona tal y como realmente es, no es algo que cualquiera pueda hacer bien. Uno no conoce a alguien totalmente. Siempre se esconde un secreto en algún rincón de la mente que nadie sabe, o que nadie debe saber.

Esta mañana la observaba mientras se peinaba. Tardaba casi unos cinco minutos en hacerlo. Cuidadosamente, muy cuidadosamente pasaba el cepillo por su pelo oscuro una, y otra, y otra vez. Mirarla era como si intentaras descubrir un acertijo. Sabías perfectamente cómo era su sonrisa, pero cada vez que te miraba y sonreía, es como si se hubiera abierto una puerta hacia un nuevo mundo. Que llevara mi camiseta blanca con la mitad de los botones desabrochados me daban ganas de saltar de la cama y abrazarla, pero me gustaba mirarla, sí.
Sé perfectamente que cuando se mira al espejo siempre se encuentra algún defecto, por pequeño que sea, nunca consigue verse tal como ella quiere. A veces la he pillado posando o probando a posar de maneras diferentes, pero lo que sin duda no sabe es que lo mejor de ella es su naturalidad.
La manera en la que se le mueve el pelo cuando va desde el espejo del cuarto de baño al otro espejo de la entrada, cuando se pinta los labios y se lo quita porque ha visto que se le notaba demasiado, hasta que por fin se sonríe y cierra la puerta del baño.
Es difícil entender por qué no se quiere a sí misma en realidad. Pero no importa, porque yo ya la quiero, y sé que eso le basta para quererse, aunque sea, un poco.

Sandra Gil

Estudiante en la Universitat de València.
«Be your own anchor».
Escribo porque es lo que me salva de ser una persona corriente.

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