El guardián de la arboleda.

Caminan por mi territorio ignorantes de mi presencia.

Mis pies se posan con delicadeza y a la vez con firmeza sobre un suelo irregular, sin producir ni el más leve sonido. Y de producirlo, la leve brisa que se cuela entre las hojas de los árboles que nos rodean basta para enmascararlo.

Con furia caigo sobre ellos. Mis espadas cortan la carne y la despedazan como colmillos de un lobo hambriento.

Mi rabia queda saciada y yo quedo salpicado de carmesí. Ahora mi determinación flaquea al presenciar la masacre.

Espero que estos cuerpos disuadan a quienes los sigan.

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