El ángel de Santo Tomás (Parte 2)

Ahí estaba frente a un estante descolorido, el cual tenía libros cubiertos de polvo, al lado de esté, un escritorio y una silla. Sobre el escritorio había una calculadora, un lápiz y una libreta. Luego de observar esos simples detalles, grité para saber sí había alguien en aquel lugar. Salude un par de veces y justo cuando estaba por salir, del fondo de aquella casa, salió un hombre vestido con una camisa manga larga color blanca, llevaba un pantalón azul y sombrero. En su mano izquierda cubierta por un guante de color verde.

– Buen día ¿que necesitaba?, dijo mientras acomodaba el guante en su mano.

–  Buen día señor, necesito hospedarme por 3 noches en este lugar, respondí mientras pensaba en que quizá debería ir a dormir en la gasolinera.

– Claro, respondió. Se sentó en aquella silla, me pidió mi nombre y edad, luego uso su calculadora y anoto el resultado en la libreta. Serán noventa dolares, incluye comida y hospedaje, dijo mientras me extendía el lápiz para que firmara.

Firme aquella hoja, y luego él se levantó de la silla y me dijo que lo siguiera, que me mostraría donde iba a dormir. Por dentro, aquella casa contaba con unas seis habitaciones muy pequeñas y en el centro de aquella casa había un árbol de limones, lo supe por el olor que recorría aquel lugar.

– Esta sera su habitación, dijo señalando la puerta con un numero cuatro. De su bolsillo sacó un manojo de llaves, de entre las cuales selecciono una con la cual abrió la puerta. Al entrar el olor a limón pasaba inadvertido ante el olor a humedad de la habitación. Había una hamaca colgada, una pequeña mesa y una silla.

Mientras observaba aquel triste cuadro, el encargado me dijo, que los baños estaban a la izquierda. Y que tuviese cuidado al usarlos (luego entendí que quiso decir con eso). Después de aquella advertencia, me deseo una feliz noche y se retiró de la habitación. Cerró la puerta y ahí estaba yo en una habitación de ocho metros por cinco, cansado, varado en un pueblo desconocido. Vaya suerte, pensé.

Tratando de quitar un poco la agonía de mi cabeza, revise mi maleta para sacar algunas uvas que compré en el camino y agua embotellada. Me acosté en la hamaca, la cual hizo un sonido molesto, chillón. Comía las uvas y sonreía, como quién recuerda un chiste o una anécdota graciosa. Pero el motivo de aquella sonrisa, no era por algo gracioso sino provocado por la ansiedad. Serían tres días que tendría que estar aquí. Apenas son las seis de la tarde del día viernes y el repuesto viene el lunes.

El cansancio y mis pensamientos me hicieron dormir. Hasta que de pronto desperté súbitamente, de una manera que jamás quisiera volver a despertar, escuche un grito espeluznante, como sí alguien había sido atacado. El corazón palpitaba velozmente, la respiración se aceleró. En mis pensamiento empecé a maldecir el auto, el terror me envolvía. Pasaron unos minutos, cuando un segundo grito se escucho, esta vez identifique lo que decía, y era una palabra: “Maldito”. Una voz de mujer. Nuevamente el silencio volvió y no se escucho nada más.

Mire mi reloj, eran las dos de la mañana. Mi corazón seguía acelerado. Esto era demasiado para mi. Me volví a recostar en la hamaca esperando un nuevo grito, pero no se escucho nada. Solamente se oían grillos a lo lejos. Mis ojos se fueron cerrando y dormí.

Kenson Gonzalez

Aprendiendo a escribir.Nacionalidad: salvadoreño, tierra de fuego y sangre. Buscador silencioso de letras y autores, convencido que las palabras lo ocultan y lo dicen todo. 27 años.

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