La música no amansa a las fieras

 

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La luna azulea lo que toca. Media agosto. El cierzo recorre el claustro y lo siembra de malos presagios.

Lo llamaron para afinar el piano. El hombre se esmera en el cordal, hasta que cae la noche y las sombras, engañosas, trastocan el bestiario de los capiteles, y donde antes intuyó dos dragones ahora solo ve un hueco en la maraña vegetal. «Qué extraño», dice. Y ya no le da tiempo a nada más.

Con el rojo amanecer entre las hayas, las serpientes y arpías retornan a su espacio y apagan los ojos a la espera de otra víctima propicia.

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