FORASTERO.

 

Hace años ya, un hombre sin rostro y sin nombre llegó a este pequeño poblado.

Hacía tiempo que no veíamos forasteros, ya ni los pájaros azules del verano regresaban.

Es que este lugar está maldito;  pueblo fantasma desde que un brujo enfermo de maldad y hastío, última visita a éste lugar, nos dejó su condena de eterna siesta de domingo.

Aquí estaba éste hombre sin rostro mirándose los pies y gimiendo como un animal infecto.

Su sombra reptaba  a medida que transcurrían  las horas; él seguía allí sin hacer otra cosa más que sollozar y gemir.

Nadie se atrevió a acercarse, es que no tenía rostro en verdad.

Su boca era un agujero.

La nariz una bolsa de piel que se hinchaba cuando exhalaba, provocando pequeñas ampollas de espuma y pus.

Sus ojos, ranuras pegajosas.

Los brazos caían sobre los costados de su esquelético cuerpo como si fuesen dos banderas sin viento.

Sus piernas tiesas parecían fundirse en la calle de tierra.

Las horas transcurrieron pero  nadie se acercó; hasta que del cielo se desprendió una llovizna tímida y muda al principio, gruesa y estridente después.

Sin embargo el forastero sin rostro no dio ni un solo paso.

La gente curiosa y temerosa, se acercaba sigilosa formando una  ronda deforme a su alrededor.

El aguacero cesó, pero él no hacía nada; la chusma seguía esperando que algo sucediese.

De pronto abrió su  boca, hueco negro y pestilente, esguince absurdo.

Todos dieron unos cuantos pasos hacia atrás, expectantes. De éste  salió sangre negra a borbotones. Y un alarido tan terrible y penetrante, que la multitud comenzó a correr en todas direcciones gritando y agitando los brazos, como marionetas.

Un perro confuso mordió los harapos de su triste pantalón, tirándolo al barro.

Los hombres se acercaron sigilosos, para comenzar a golpearlo con patadas, piedras y palos. Hasta dejar un bulto inmóvil, sangriento, sucio de lodo, y  huesos partidos.

Alguien lo roció con gasolina, luego encendieron su cuerpo destrozado.

El cadáver  astroso se estremeció en espasmos absurdos.

Luego una columna de humo  trepó hasta el cielo plomizo, fundiéndose, y el olor a carne quemada se dejó notar.

Fue entonces cuando  la gente comenzó a festejar dando carcajadas de júbilo, saltando y bailando tarantelas alrededor de la humareda.

Una mujer gorda le escupió, un anciano sin dientes orinó sobre el cuerpo.

Todos festejaron tales ocurrencias hasta que de a poco se fueron alejando.

El tiempo pasó, pero jamás nadie supo quien era, ni importaba ya.

Este monstruo fue un curioso consuelo.

Alivio fugaz que vació del  martirio, de la tediosa  rutina a este pueblo de fantasmas.

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