Té y pastas

Cogió otra pasta hecha por su tía de un platillo con motivos florales, sin cooperar demasiado en la conversación. La silla de mimbre del jardín rechinaba con el vaivén de sus pequeñas piernas, enfundadas en calcetas blancas. Clavó la mirada en la pasta con una gran guinda roja en medio, y un resplandor carmesí la absorbió.

Vio valles que se extendían donde no alcanza la mirada, vio parajes insólitos y civilizaciones perdidas en su gloria. Vio cómo el mundo empezó y acabó, y volvió a surgir. Y de pronto la guinda roja otra vez.

—Aura, ¿es esa tu favorita?

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