¿Nunca es demasiado tarde?

Era viernes por la tarde y estaba sentada en el comedor de casa escuchando los tic-tacs del reloj, esperando a el tiempo pasase para que algo interesante pudiese ocurrir. Miraba mis uñas pintadas de un brillante azul, jugaba con el teléfono, rizaba mi pelo y hacia todo lo que estaba en mi mano para distraerme.

Quería evitar aquel molesto recuerdo de hacía ya varios años, mezclado ya con elementos que le quitaban el sentido y concentrarme en el presente. Pero si algo en mi es cierto es que le doy demasiadas vueltas a aquello que ya esta hecho preguntándome si tal vez jamás debí haber pronunciado aquellas palabras.

El reloj marcó las ocho. La hora de la cita. Salí lo más rápido que supe por la puerta y me dirigí al lugar acordado. Un silencioso parque apartado a las afueras de la ciudad en una fría noche de invierno me acogió con los brazos bien abiertos esperando escuchar alguna nueva historia. Me senté en el columpio y recordé los tiempos de cuando era niña, una persona ingenua pero feliz sin problemas en una vida en la cual sus padres todavía estaban vivos.

– Aún no cambias, eh.- saludó mi antigua amiga. Llevaba una bonita bufanda roja y un abrigo negro con el rostro oculto tras sus características gafas negras.

Me la quedé mirando pensativa. Allí estaba frente a mí, la persona que me lo había arrebatado todo, la persona que me había despedazado viva, la persona que me había convertido en quien era ahora. Cerré un instante los ojos con fuerza para poder mirarla y saludarla con una sonrisa. Le di dos besos y conversamos durante un largo rato sobre nuestra actual vida. Ella era ahora la persona que siempre yo había deseado ser, una chica guapa, inteligente y con una gran habilidad para escribir con la que triunfó. Yo tan solo era una miserable cajera en un supermercado de barrio que vivía en un anticuado piso.

– Sabes, siempre he creído que la frase “nunca es demasiado tarde” es una mentira que nos decimos a nosotros mismos para tener el valor de pedir perdón.- le dije mientras la miraba de arriba abajo.

– Lo sé, me lo dijiste la primera vez que nos vimos. Aún así estoy aquí para disculparme.

Antes de dejarla continuar la abracé fuerte y le susurre al oído aquellas palabras que no deseaba escuchar: es demasiado tarde para ti. Utilicé el cuchillo que justo antes de acerarme a ella había sacado de mi bolso y la apuñale hasta matarla. Mis uñas estaban ahora teñidas de rojo pero no me importaba, me las tenía que cambiar tarde o temprano. Me fundí entre las sombras de la noche para llegar a mi vacío piso y limpiar allí aquel desagradable color.

A la mañana siguiente todos los titulares de periódicos lamentaban la muerte de Mari, la famosa escritora, apuñalada en medio de un parque y cuyo asesino todavía estaba suelto. Ahora mi mente ya estaba tranquila: ella, quien había atropellado a mis padres, quien escapó de ser juzgada por su posición de niña rica, a quien la sociedad había protegido, estaba a varios metros bajo tierra.

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