Unos viven y otros duermen

Samantha cansada de escuchar los continuos gritos de sus hermanos en casa decidió cambiarse de ropa, se sonrió en el espejo y salió a la calle. Tampoco le gustaban las bibliotecas. Bibliotecas implicaba gente, y a ella no le gustaba la gente. Vale, quizá no le gustaba ningún ser vivo, ni siquiera se gustaba a ella misma.

Encontró un banco recóndito en un parque y empezó a leer lo último que el tal Stefan había escrito en su diario.

Nunca había pasado tanto miedo como aquella noche en la que ella me dijo que me quería. Era absurdo. Bonito y absurdo. Por más que la miré y recordaba sus labios pronunciando esas dos palabras, no me las creí. 

─¿Qué lees? ─Sobresaltada, Sam se dio cuenta de que un hombre mayor con cazadora oscura y bastón se había sentado a su lado.

─Eh… Un diario… Que encontré.

─¿Y por qué no lees un libro? ─Le preguntó aquel hombre que empezaba a ser entre un acosador o un hombre muy, muy aburrido.

─No sé. Es interesante leer algo real. ─Le sonrió y siguió leyendo lo que Stefan escribió a continuación.

Últimamente la gente dice esas palabras como si fueran algo fácil de decir. Tengo miedo. Yo también la quiero. Ese es el problema.

─¿De qué va? ─Vale. Definitivamente estar ahí era peor que en su casa.

─No lo sé aún. ─Se levantó y cerró el diario.

─¿Ya te vas?─Le preguntó el hombre juntando sus manos en el bastón.

─Sí. Tengo prisa.

─¿Prisa de qué? Eres muy joven, no deberías tener tanta prisa y disfrutar más de los pequeños ratos.

Samantha le sonrió y empezó a caminar cuando éste le susurró:

Unos viven y otros duermen, ¿Con quién soñarás ser mañana?

 

Sandra Gil

Estudiante en la Universitat de València.
«Be your own anchor».
Escribo porque es lo que me salva de ser una persona corriente.

Latest posts by Sandra Gil (see all)

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada