LA ALUMNA Y EL PROFESOR

Ella estaba tendida boca abajo en la cama, desnuda, húmeda. Él la miraba incrédulo, sí, era ella, la chiquita, su alumna, la cumpleañera y sus diecisiete, en su cuarto, en su cama, y sin llamarla si quiera, sin duda… era la calentura, el cuerpecito a esa edad ya pica, y el morbo, claro, el morbo de ser poseída, penetrada, sí, tenía que ser eso, calentura y morbo, ambas cosas la habían traído cual caperucita a la boca del lobo, con la diferencia que esta vez el lobo no había movido ni un dedo.

Él estaba casado y su esposa seguro no tardaría en llegar, pero por otra parte también era un hombre, con un miembro ya erecto, siempre quería lo mejor para sus alumnas y nunca les negaba nada, mucho menos la cultura, y el sexo es cultura, sí, es cultura sexual, y ella que no es tan niña que digamos, y queríendolo sobre todo, deseándolo por ella misma, consiguiéndose la dirección de su casa y todo, y hasta arreglándoselas para tocar la puerta cuando la vieja no estara…

En fin, inútil era pensar cuando él ya había tomado su decisión y no daría marcha atrás, y más ahora que ella desde la cama le decía: “profe ¿yaaa?, deme lo que quiero, plis, ¿o es que he caminado cuadras enteras por las puras?” y su sonrisita; era todo lo que quería escuchar y se avalanzó encima de ella, penetración y gemido fueron uno solo: “Aaayyyyy”.

A fin de año, en la entrega de notas, grande fue la sorpresa de la madre cuando después de tres bimestres jalados en el mismo curso lo lograra aprobar a las justas con un 11, la causa era un 20 en el cuarto bimestre, ¿la explicación?, qué importaba, “venga mi chiquita yo sabía que eras inteligente” y la colmaba de besos y abrazos. Ella, la chiquita, se dejaba abrazar y besar con una ligera sonrisita en los labios.

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