Dios es mi chofer

“¡Estoy tan cansada!”, pensó Hortensia y se esforzó en mantener los ojos abiertos. Su trabajo en la agencia de publicidad era agotador y le quitaba la mayor parte de sus horas de sueño y ni qué decir, de vida social o personal. Cada noche tenía que viajar durante cuarenta minutos hasta su casa, sólo le quedaba tiempo para dormir y, a veces, tomar un baño.

Era una mujer buena, iba a la iglesia todos los domingos y decía sus oraciones cada noche. Nunca había robado y llegó virgen al matrimonio. ¡Pero estaba tan cansada! Sus párpados se sentían como cortinas de hierro. “Que Dios me ayude”, se dijo. Y después de todo, nunca le había pedido nada para sí misma, sus rezos siempre habían sido dirigidos a la paz en el mundo, a bendecir a su prójimo y a dar consuelo a los presos y a los enfermos… “Padre nuestro”, comenzó. Y le pidió, con esa fe inquebrantable que la identificaba entre los miembros de su comunidad, que Él, su amado Padre, tomara el volante y la condujera con bien a casa. Confiada, cerró los ojos y durmió.

Dios tomó el volante de la camioneta y condujo en línea recta por algunas cuadras. Al llegar a las esquinas, los semáforos se ponían en verde y el viaje era suave y tranquilo. Al incorporarse a Insurgentes, ¡quién sabe de dónde salió el motociclista! Dios no pudo frenar a tiempo y el muchacho salió despedido unos ocho metros. El percance despertó a Hortensia, que que recibió un golpe en la cabeza, causándole una herida sangrante, pero al parecer, de poca importancia.

Aún estaba tratando de acomodarse el cabello y de despertar del todo cuando llegó la policía. Por supuesto que para ese momento, el muchacho ya había perdido la vida, y Dios ya se había dado a la fuga.

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