El asesino del hielo

El cuerpo suspendido en medio de la habitación se agitó levemente cuando el comisario García abrió la puerta. El habitáculo, huérfano de ventanas, solo contenía el talle de aquella mujer completamente desnuda, un charco en el suelo brillaba ante la mirada inquisidora de García. En las paredes, aquella cita bíblica escrita con sangre, hizo que al detective se le erizara el vello de la nuca y que un intenso escalofrío recorriera su cuerpo. García reponiéndose por un instante, levantó la vista hacia la pared y pudo leer: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el FIN, el primero y el último”.

– Apocalipsis- susurró para sí.

Y entonces supo que la noche iba a ser muy larga.

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