John Doe

          Desde aquella parte de la librería podía verla con total nitidez. Mientras ojeaba los viejos clásicos, la miraba. Observaba cada uno de sus movimientos, la forma de atusarse el pelo mientras atendía a un cliente, su sonrisa celestial detrás de aquel mostrador, su piel clara que empezaba a resplandecer con los primeros rayos de sol que entraban por la ventana.

Casi todos los días entraba en aquella librería para poder verla, para poder disfrutar, tan solo por un instante y de manera lejana, de su compañía. Refugiado en aquel rincón, bajo las miradas atentas de Cervantes, Bécquer, Quevedo o Góngora su corazón rebosaba pasión y amor por aquella mujer.

Cogió un libro al azar y se dirigió hacia el mostrador. A medida que la distancia entre ambos iba disminuyendo, los latidos de su corazón aumentaban.

Estaba allí, frente a ella, tan cerca, tan cerca pero a la vez tan lejos, que por un momento sintió miedo. Ella lo recibió como siempre con una amplía sonrisa y él, perdido en la profundidad de sus oscuros ojos, tan solo acertó a depositar el ejemplar de La divina comedia encima de la mesa.

 

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