La luz en la tormenta

 

1

La tormenta se oía a lo lejos. Aguzando el oído podía escuchar el repiqueteo de la lluvia contra los cristales. Abrió los ojos, casi sin querer. El despertador encima de su mesilla de noche le decía que era lo suficientemente tarde como para volver a quedarse dormido pero también lo suficientemente temprano como para levantarse. Se volvió y allí estaba. Era gustoso levantarse junto a ella, era maravilloso contemplar su pelo negro enmarañado sobre la almohada, su blanco cuerpo desnudo sobre la cama.

Le acarició suavemente el hombro derecho y ella se volvió hacia él. La miró a sus ojos, a sus profundos ojos oscuros y pudo ver la noche en su interior, le pasó su dedo índice por encima de la nariz, a modo de saludo, como si fuera un niño pequeño al que quieres agradar. Ella le correspondió dejándole ver su hilera de dientes blancos.

La amaba, no podía evitarlo, amaba a aquella mujer como nunca antes había amado a nadie, era dulce, cariñosa, simpática, inteligente. Era maravillosa.

La besó en la nariz, luego en los labios y le sonrió.

– Buenos días- dijo, casi susurrando.

– Buenos días- respondió ella aún sonriendo.

– ¿Has dormido bien?- preguntó él correspondiendo a su sonrisa.

– Siempre duermo bien a tu lado- y lo volvió a besar en los labios.

Aquella respuesta acompañada de aquel beso, hizo que su corazón galopara con fuerza en su pecho. Le atusó el pelo con la mano y la miró en silencio.

– Me voy a levantar, tengo que irme a trabajar- le dijo casi con miedo a romper la calma.

– No, quédate un ratito más- respondió ella en tono lastimoso.

-Me quedaría aquí todo el día junto a ti, pero el deber es el deber- dijo seriamente, mientras se llevaba la mano a la altura de la sien a modo de saludo militar.

Dibujó una sonrisa en su rostro y se abalanzó sobre ella, le encantaba hacerle cosquillas en la mañana, mientras ella reía y retozaba en la cama como una niña, como la niña que a veces aún habitaba en su interior, como la niña que le hacía reírse en los buenos momentos y le hacía levantar el ánimo en los malos. De pronto, paró y saltó de la cama.

– Voy a ducharme preciosa, duerme un poco más- dijo dándole la espalda.

– Me voy a quedar un rato, pero creo que no conseguiré conciliar el sueño de nuevo- le tiró un beso y volvió a acurrucarse en la cama.

2

Mientras el agua caliente resbalaba por su cuerpo, su pensamiento estaba en la cama con ella. No podía dejar de pensar en su cuerpo desnudo, en su sonrisa, en su pelo. Casi sin querer, sin poder evitarlo, la erección de su pene se hacía palpable. De repente, oyó un pequeño ruido al otro lado de la cortina. Se asomó, e incrédulo, pudo contemplar ante sus ojos el cuerpo virgen de ella. Sin mediar palabra caminó hacia él con paso decidido, se introdujo bajo la cortina de agua, y llevó la boca de él junto a la suya. La erección se hizo más palpable, ardían de pasión, los dos, enroscados bajo aquella lluvia artificial. Él despegó los labios de los de ella y los depositó en su cuello, fue bajando poco a poco por sus hombros, por sus pechos, le mordisqueó suavemente los pezones y sintió como se endurecían levemente, escuchó como ella gemía de placer y su pasión aumentó. Volvió a deslizar sus labios sobre su cuerpo, recorrió su vientre hasta llegar a la parte de su talle que la distinguía como mujer. Se izó de nuevo y volvió a besarla en la boca. Ella lo miró a los ojos, sonrió y enroscó sus piernas sobre su espalda. Quería hacerla suya bajo aquella lluvia artificial, quería hacerle el amor bajo el agua de aquella ducha, quería no despertar nunca de aquel sueño junto a ella.

3

Era un dolor sordo, una sensación de malestar continuo. El portátil estaba apagado y la botella de ron, vacía, reposaba aún junto a este. Casi sin querer, abrió los ojos lentamente. Intentando no vomitar, se puso en pie con dificultad. Había vuelto a beber hasta perder casi el conocimiento, delante del ordenador, sin escribir ninguna palabra. El alcohol que tiempo atrás le había servido como compañero de noches infinitas, dejando volar su imaginación y plasmando la misma en palabras, ahora lo hacía olvidar, lo hacía evadirse de aquel dolor, de aquella pena que lo estaba matando poco a poco. Llegó al cuarto de baño a duras penas, se apoyó en el lavabo y abrió el grifo. Levantó la vista hasta encontrarse frente a sí en el espejo, al verse las lágrimas le empañaron los ojos. Estaba llorando, no sabía si por la imagen que estaba viendo reflejada en aquel instante o simplemente por el recuerdo de ella que siempre habitaba en su cabeza. Apartó la mirada, recogió un poco de agua en sus manos y se frotó la cara. Con el rostro mojado volvió a levantar la mirada hacia el espejo. El aspecto de aquella imagen no era mucho mejor que la que había contemplado segundos antes, pero estaba más sereno, más tranquilo y las lágrimas de sus ojos fueron desapareciendo poco a poco. Salió del baño y se dirigió a la cocina, un café cargado le haría recuperar fuerzas. La foto de ella sobre la mesita del salón, hizo que un nudo volviera a aparecer en su garganta. Cuánto la extrañaba, cuánto la echaba de menos, cuánto la seguía queriendo.

Tomó el café a sorbos cortos, casi sin saborearlo, miró el reloj de su muñeca, marcaba las 10:15. Le quedaban menos de quince minutos para la cita con su editor. Las ganas que tenía de verle la cara a Albert Creus, eran las mismas de que alguien entrara en su casa y le diera una patada en los testículos. Por un instante se imaginó aquel rostro de perro rabioso, recriminándole que aún no tuviera un simple borrador que entregarle. Por aquello, por aquel aspecto de cerdo capado, lo iba a hacer esperar media hora. No tenía inspiración, las palabras no fluían en su mente. Desde la muerte de ella, no era el mismo. Aquella soledad que lo inundaba todo, no le dejaba escribir, no le dejaba pensar, no le dejaba ser feliz, y así, ensimismado en sus pensamientos, dejó que la puerta se cerrara tras él.

4

– ¡Esto es una mierda, Marcos!- exclamó gritando Albert.

– Albert, no me grites, me duele la cabeza- respondió Marcos tranquilamente.

– ¿Que no te grite?- preguntó Albert retóricamente.

Me dices que necesitas tiempo para reflexionar. Te doy dos meses. Te llamo por teléfono y me dices que tienes algo, y ahora me traes esto- Albert tenía un folio en blanco en la mano derecha y lo mostraba por ambas caras como intentando encontrar alguna palabra, alguna frase, que por supuesto no contenía.

– Ya, pero, no me sale nada, Albert- Marcos hablaba con dificultad, a trompicones, casi sin querer.

Albert estaba rojo de ira, pero no contestó. Se desplomó en su silla y resopló.

– Eres Marcos Gaona, un gran escritor y comprendo tu situación, pero hace ya casi un año de lo de Eva. Debes superarlo. Debes seguir adelante. Tienes toda una vida por delante, junto con tus libros, junto con tus lectores, junto con toda esa gente que te idolatra pero también te quiere.

Las palabras de Albert sonaron lejanas en el cerebro de Marcos. Él no quería una legión de fanes enloquecidos, apostados a la puerta de una librería para conseguir su correspondiente libro firmado. Él no quería recibir cientos de cartas de piradas diciéndole que soñaban con él cada día. Él solo quería una cosa, solo un deseo, que ella volviera. Que volviera a estar junto a él, volver a oler su pelo de lavanda, volver a acariciar su suave piel de seda, volver a contemplar la luz de su rostro, volver a disfrutar de su compañía, disfrutar de su sonrisa, disfrutar de su voz, disfrutar de ella. Se le vino un nudo a la garganta, pero sacó fuerzas de flaqueza y aguantó el tipo. No quería darle el gusto a aquel tipo de verle derrumbado ante él.

– Dos meses- las palabras de Albert volvieron a sacarlo del trance.

– Dos meses más te doy. En dos meses máximo quiero ver un buen borrador encima de mi mesa. Mientras tanto, yo lidiaré con los de arriba-continuó señalando con el dedo índice hacia el techo.

– Gracias Albert- la repuesta sonó vacía.

Marcos se levantó de la silla en la que se había sentado, estrechó la mano de su editor con desgana y se marchó de allí sin decir una palabra más.

El camino de vuelta a casa iba a hacerlo caminando. Necesitaba reflexionar, pensar sobre su vida y su trabajo, intentar encontrar la chispa de la vida que había perdido, intentar encontrar de nuevo la inspiración para seguir haciendo lo que le gustaba, que era escribir. Trasladarse a otros mundos, crear personajes, aquello que tan bien se le había dado en un pasado no muy lejano y que ahora por culpa de aquel vacío que tenía en su interior no conseguía plasmar. Por el camino paró en un supermercado y compró un par de botellas de ron. El alcohol hacía que se olvidara por un momento de los problemas, hacía que se evadiera por un instante el dolor que aferraba su corazón, hacía que por un segundo no pensara en ella. Casi sin querer, cavilando en sus problemas, se encontraba en la puerta de su casa. Abrió la puerta despacio, casi con ternura, y la cerró lentamente tras él. La diferencia de luces entre el exterior y el interior de aquella casa, de aquella mazmorra para él, hizo que quedara ciego por un instante. Se dirigió a la cocina y dejó las dos botellas sobre la encimera, abrió la nevera y tomó una cerveza. El primer trago fue largo e intenso, estaba fría, en su punto, el ligero amargor que quedó en su boca le reconfortó por un instante. Recorrió con la mirada el salón, el portátil estaba sobre la mesita, en el mismo lugar donde lo había dejado. Debía intentarlo una vez más, tal vez fuera la definitiva. Apartó la mirada de la máquina y la dirigió hacia la foto de ella que reposaba en la mesilla de noche. Volvió a sentir el nudo en la garganta así que dio otro trago a la cerveza para intentar bajarlo más rápidamente. A lo lejos, el sonido del móvil se escuchaba débilmente. No sabía donde había puesto el maldito cacharro, pero tampoco le preocupaba en demasía. El sonido del teléfono era continuo, así que se decidió a buscarlo, lo encontró en el bolsillo de la chaqueta que había dejado sobre el perchero de la entrada. En la pantalla del aparato pudo ver:

2 llamadas perdidas de Madre

No tenía muchas ganas de hablar con su progenitora pero hizo un esfuerzo y rellamó. Al instante, la voz de su madre sonaba al otro lado del auricular.

– Marcos, hijo, ¿estás bien?- su voz denotaba preocupación.

– Hola Mamá, ¿qué tal?. Sí, estoy bien dentro de lo que cabe- Marcos se esforzaba por intentar mantener el tono lo más normal posible.

– Como no cogías el teléfono, pensé que te había pasado algo- su madre insistió.

– No, nada madre. Es que me había dejado el teléfono en la chaqueta y desde la cocina casi no se escuchaba.

– ¿Cuándo vas a venir a vernos, hijo?- preguntó con pena.

– Ahora no puedo madre, estoy muy liado con el trabajo. Estoy casi terminando el borrador del siguiente libro y la editorial no para de acosarme. Sobre todo el cabrón de Albert, ya sabes cómo es. De hecho me disponía a escribir cuando has llamado.- la mentira sonó a verdad en los labios de Marcos.

– Bueno, pues entonces no te molesto más. Solo quería saber que estabas bien- el tono apenado se acrecentaba

– Un beso a los dos, mamá.- compartiendo el mismo tono.

– Un beso hijo, adiós.

Marcos quería a sus padres, pero las conversaciones últimamente se limitaban a un par de ellas a la semana y tan cortas como la que acababa de suceder. No tenía ganas de hablar con nadie, solo quería estar en compañía de su soledad, rota a veces por la amistad fugaz del alcohol.

De un trago acabó el resto de cerveza que le quedaba, dejó la lata sobre la encimera de la cocina y tomó un vaso de uno de los muebles. Abrió el congelador y cogió un par de cubitos de hielo, los depositó en el vaso. Con avidez abrió una de las botellas que reposaban tranquilas a su lado y se sirvió un buen vaso de ron. Contemplo por un momento aquel líquido caoba y sin pensarlo se lo bebió de un trago, sin paladearlo, sin saborearlo. Sintió el dulzor de la bebida en su boca y la acidez del alcohol bajar por su esófago. Casi sin tiempo para arrepentirse, se sirvió otro vaso. Esta vez, la ingesta fue moderadamente más tranquila, pero en cuatro tragos el vaso no tenía ninguna señal de haber contenido líquido en su interior. Con dos vasos de ron en su estómago, un tercero en su mano derecha para ser saboreado y el resto de la botella en la siniestra para terminar la noche, Marcos se dirigió a su portátil. Se sentó con desgana delante de la máquina, de soslayo volvió a mirar la foto que reposaba sobre la mesilla de noche. Se centró de nuevo en la pantalla, abrió el archivo titulado <<Borrador nuevo libro>>, le dio dos grandes sorbos al ron y comenzó a escribir:

La tormenta se oía a lo lejos. Aguzando el oído podía escuchar el repiqueteo de la lluvia contra los cristales. Abrió los ojos, casi sin querer. El despertador encima de su mesilla de noche le decía que era lo suficientemente tarde como para volver a quedarse dormido pero también lo suficientemente temprano como para levantarse. Se volvió y allí estaba. Era gustoso levantarse junto a ella, era maravilloso contemplar su pelo negro enmarañado sobre la almohada, su blanco cuerpo desnudo sobre la cama.

Le acarició suavemente el hombro derecho y ella se volvió hacia él. La miró a sus ojos, a sus profundos ojos oscuros y pudo ver la noche en su interior, le pasó su dedo índice por encima de la nariz, a modo de saludo, como si fuera un niño pequeño al que quieres agradar. Ella le correspondió dejándole ver su hilera de dientes blancos.

La amaba, no podía evitarlo, amaba a aquella mujer como nunca antes había amado a nadie, era dulce, cariñosa, simpática, inteligente. Era maravillosa.

5

Con un nudo en la garganta y las lágrimas deseando salir de sus ojos, Marcos dejó de pulsar las teclas de su ordenador. Terminó el poco ron que le quedaba en el vaso, el hielo casi había desaparecido y decidió tomar otra bebida, del tirón, como una noche loca de su juventud, el cuarto elixir de la evasión recorría sus venas. A duras penas consiguió levantarse de la silla. Tambaleándose se dirigió a la cocina, con dificultad volvió a abrir la puerta del congelador y a depositar un hielo en el vaso vacío. De nuevo lo llenó de aquel líquido rejuvenecedor. Volvió a saborearlo, salió de la cocina dando pequeños tumbos, cogió la foto que hasta ese momento descansaba sobre la mesita y se tumbó en el sillón. Allí estaba ella, frente a él, inerte, sonriendo, en su plenitud. Qué guapa era, cuánto la había querido, cuánto la seguía queriendo. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, las intentó contener probando otro poco de ron, pero el intento fue inútil. Intentó dejar el vaso encima de la mesa en el lugar que, hacía un instante, había ocupado la foto de ella, pero fracasó en el intento y el vaso calló al suelo estallando en multitud de trozos y derramando el poco líquido que aún quedaba en él. Sin importarle, llorando y abrazado a la foto de su amada, Marcos dejó que Morfeo viniera a visitarle.

6

Abrió los ojos con un esfuerzo terrible, la poca luz que entraba por la ventana le daba directamente en la cara, apartó la vista y estupefacto contempló que ella yacía a su lado.

No dijo nada, no habló, tan solo la contempló, la observó dormir, en silencio, teniendo miedo de hacer algún ruido que pudiera romper aquel momento. No sabía si era un sueño, o si había estado soñando, solo sabía una cosa con certeza en aquel momento, y era lo único que le importaba, solo sabía, que era FELIZ.

 

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