El ocaso

Los últimos rayos de sol acariciaban su cara. Su pelo enmarañado por la mezcla de humedad y sal descansaba sobre la arena. Desnuda en su inmensidad, en su grandeza.

Él la observaba, en silencio, acercándose lentamente. Le acarició suavemente la mejilla con el dorso de la mano, cruzaron miradas cómplices y se besaron. Primero con delicadeza, con ternura. Más tarde, con pasión, con fuego. Se volvieron a abrazar. Los dos, en aquella playa infinita, desnudos, amigos, amantes, cómplices, enamorados, contemplaron el ocaso.

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