Un Desconocido

Muchos lo veían como a un loco y extraño señor. Y pues sí, efectivamente caminaba por las calles de esta ciudad con una pequeña radio grabadora como queriendo descubrir una voz en el viento. Se lo veía perseguir a ciertas personas, sin distinción, mujer, hombre, niño, joven o anciano, a él parecía no importarle, los veía con la misma ternura sumergida en algún misterio que lo hacía sonreír. Y lógicamente, a muchos les molestaba dicha risa burlesca que aquel señor no podía contener al verlos, y exacerbados en la duda le pedían explicaciones, a lo que él respondía en un tono parsimonioso y cordial –Discúlpeme, sólo vino a mi mente un recuerdo gracioso y no pude contenerme– De esta manera alejaba a sus víctimas enfurecidas.
Entraba a bares, restaurantes, diferentes salones como si estuviese buscando a alguien, y se quedaba en aquellos lugares escuchando charlas y rondando a las personas que se encontraban ahí.
Naturalmente, lograba cierta incomodidad en ellos hasta el punto de llamar a algún guardia de seguridad para que alejen aquel extraño señor. Y él sin ningún inconveniente, se iba pidiendo disculpas y explicando que aquel lugar le traía muchos recuerdos dulces, y se marchaba con una sonrisa.
Fue así que se esparció el rumor entre la gente de la locura de este señor, y él aprovechando “su condición” no lo desmintió aunque él sabía que no era cierto. Fue así que la “locura” usó a su favor, obteniendo ciertos privilegios de tolerancia e indiferencia de los que lo rodeaban y siguió atento a hacer lo que tenía que hacer para ser feliz, escuchar.
Apenas despertaba, se vestía formalmente para la ocasión y emprendía su caminata sin rumbo a las más transitadas calles de esta ciudad con su pequeña radio grabadora que parecía su cómplice y compañera de quien sabe qué era lo que buscaba tan afanadamente.
Ya había llegado a mí el rumor de la locura del Señor, y dio la linda casualidad que lo vi rondando las calles en mi día libre de trabajo, así que me propuse observarlo y seguirlo. Evidentemente perseguía a las personas, se reía de ellas y luego de varias horas haciendo lo mismo, se sentaba en un pequeño banco de la plaza principal, cerraba los ojos impregnado en satisfacción con una leve sonrisa en sus labios entreabiertos que no podía ocultar. Pasados unos cuantos minutos, rebobinó su pequeña radio, se levantó y se dirigió a, lo que asumo era su casa.
Lo seguí, aunque en ese instante me pregunté si el loco acaso era yo, pues no volcaba mis ojos de aquel extraño señor, no sabía si quería encontrar una respuesta a su tan afanada manera de burlarse de las personas o era molestia por cómo lo hacía sin que nadie le pusiera un alto.
Se detuvo en una pequeña venta, y logré escuchar que pedía cassettes y pilas, (asumo para su quehacer diario) y me llamó la atención que la pequeña conversación con la señora que atendía, ¡era perfectamente normal!, de igual manera contar el dinero para pagar su compra lo hacía sin ningún problema. Y la duda se apoderó de mí, ya que casi podía afirmar que no estaba loco, solo pretendía hacerlo para mofarse de todos, ¡¿qué clase de persona era?!
¡Mi molestia tenía tal grado! Sentía como si alguna fuerza extraña me dominara y atara a él, no pude dejar de seguirlo. Luego de una caminata airosa, llegamos a su casa y entró rápidamente como queriendo hacer algo urgente, yo me quedé afuera, como un ladrón para tratar de escuchar algo, indagar sobre la vida de este señor, obtener respuestas o por lo menos saber si es que verdaderamente estaba loco.
Me mantuve alerta como un guardián vigilante y silencioso, había podido percibir que vivía solo o por lo menos no había nadie en casa, de repente escuché que el señor reía y reía, ¡como lo hacía todo el día! ¿Acaso esa era su locura, que no paraba de reír o qué es lo que pasa? Me asomé a la ventana, sobre un pequeño tronco que me permitía tener un buen ángulo para descubrir lo que ocurría, tratando de evidenciar cuál era el motivo de su risa, observé una casa muy solitaria, algunos de sus pocos muebles se encontraban tapados con telas, y él se encontraba en un sillón, traía una gran sonrisa que no podía quitar de su rostro.
Yo, en mi imprudencia para poder ver un poco más allá de lo que me permitía mi incomodísimo lugar de fisgón, moví el tronco bruscamente y me resbalé golpeado levemente la ventana. –Espero no haya escuchado nada– susurré. Suavemente me acomodé pero cuando nuevamente pude llegar a ver el sillón, el ya no se encontraba ahí.
Envuelto en el nerviosismo me propuse salir de ahí antes que se diera cuenta, baje velozmente y al llegar al suelo pude percibir su respiración detrás mío, mi corazón se detuvo por un instante, mi cuerpo se estremeció como si hubiera cometido algún crimen y me habían atrapado in fraganti. No tenía respuesta para darle una explicación de mis actos a aquel señor, me di la vuelta avergonzado lentamente hasta llegar a sus ojos, él me miró con una expresión de desconcierto, por primera vez no había sonrisa que lo acompañe, lo cual me estremeció aún más y me dijo – ¡Sígueme! – Su voz fue tan profunda y molesta, que la tomé como una orden y lo seguí.
Me llevó a aquel sillón, me dijo que me sentara, por un momento pensé que si en verdad estaba loco podía asesinarme, hacerme desaparecer y nadie podría hacer nada dada su condición. No podía articular palabra alguna cuando me preguntaba qué es lo hacía ahí, paralizado me encontraba, no sé si por el momento que atravesaba o por lo mal que me jugaban mis pensamientos.
Dio un fuerte golpe en una pequeña mesa que tenía al lado y nuevamente me preguntó a gritos qué es lo que hacía yo ahí. Sólo pude responderle con esta frase –me intrigaba saber por qué ríe tanto, fue por eso que lo seguí – me miró fijamente, no pudo aguantar más y estalló en una tan fuerte carcajada que hasta me hizo reír a mí como alguna vibra contagiosa imposible de ignorar, y luego de un momento me dijo –Espera un momento, te lo mostraré- Yo desconcertado, me quedé en silencio ya que no entendía nada, y estaba afirmando que el señor si estaba loco.
Puso su radio conectada a un parlante, tomó aire como si estuviese nervioso de mostrarme lo que estaba por revelar, puso play a su aparato y sólo se escucharon risas, más risas, carcajadas y más carcajadas, eran tan contagiosas que ambos reímos un poco en un momento de extraña complicidad e incertidumbre, ya que yo sabía que estaba siendo testigo de aquel secreto.
Él pudo evidenciar mi cara de desconcierto, ya que no me percataba de lo que estaba pasando, ni qué exactamente era lo que lo hacía tan dichoso. Me miró sonriente y me dijo –Soy coleccionista del sonido de las risas, ninguna es igual a la otra-

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