Perspectivas.

I.- David.

La francachela de dimensiones apoteósicas concluía después de un par de días, aprovechaba que la tormenta cesaba para salir del sucio bar en el que me encontraba recluido. En altas horas de la madrugada deambulaba por las calles húmedas y obscuras de mi ciudad, caminaba tratando de mantener el equilibrio, recordando vagamente las vías que me regresaban a mi hogar; pero al final de cuentas, lograba dar con mi morada, esperaba no equivocarme pues las fachadas de las casas son sumamente parecidas. Sería una pérdida de tiempo explicar que con mi pulso telúrico fue imposible insertar las llaves en el cerrojo de la puerta, por lo que, con la bravura propia que el etilo proporciona, rompí un cristal ubicado a un costado de la entrada utilizando para ello mi puño desnudo, esquirlas de vidrio se adherían a mis nudillos, no sentí dolor (sería por el mismo efecto de mi embriaguez); ya con la mano del otro lado, pude abrir desde adentro la puerta cerrada.

Al entrar noté que algo no encajaba con la situación, una obscuridad abrazaba mi humanidad haciéndome erizar la piel, nunca creí en historias fantásticas, pero juro que esta se acerca demasiado.

Vivo solo, pero esa noche sabía que no lo estaba, un perfume molesto e irritante llamaba fuertemente mi atención, en segunda planta escuchaba sordos pasos, como si alguien se escabullera de entre las sombras, intentaba prender las luces, pero mis torpes dedos me impedían hacer tan simple tarea, los nervios del momento me hicieron andar a gatas, ocultándome de lo desconocido, algo estaba arriba. Acechándome.

En últimas fechas había sentido en la casa presencias invisibles, pero siempre encontraba respuestas lógicas a mis fantasmas, sin embargo, jamás había notado y respirado la aparición de “algo”.

Me escondí detrás de un mueble victoriano y asomaba la cabeza de vez en cuando hacía la segunda planta, estaba agazapado entre las sombras y esperando inmóvil a lo que mis ojos acababan de presenciar, una espectral figura que había cruzado de cuarto en cuarto, sus telas blancas y largas ondeaban como cortinas, seguramente impulsadas por el aire mortuorio de su andar. Fue una visión aterradora, apretaba mi mandíbula para no hacerla castañear del miedo.

A rastras me escabullía al otro lado de la sala, en una pared, colgaba un crucifijo de plata que no recordaba haber colocado, sin importar eso lo bajaría y me aferraría a él como mi única salvación. ¡Dios ayúdame y recoge esta alma errante!

II.-Perla.

Como venía sucediendo en las últimas noches no podía dormir, en mi mente rondaba el rostro helado de mi tía Dolores, una mujer solitaria, siendo yo su única parentela viva; su funeral fue un evento harto gótico. Ella se encargó de mi a la muerte de mis padres, me educó y alimentó por más de quince años, y pese a que guardo en mi corazón un sentimiento inmenso de gratitud, bien es cierto que también le temí, fui testigo de su proceso de envejecimiento, y que Dios me perdone por pensar así de una difunta, pero su entrada a la edad adulta deformó sus ya poco agraciados rasgos faciales.

Mi pavor hacia ella se basaba en su rostro arrugado y pellejudo, en las pronunciadas grietas de sus facciones a la hora de sonreír, y en su ojo izquierdo teñido de blanco por una catarata mal atendida. La suma de sus defectos faciales me hacía mirar al piso cada vez que ella me hablaba.

Mi único alivio en su funeral, era no verle más a esos ojos incómodos, su cadáver mantenía los parpados cerrados, pero su rostro conservaba una expresión de perturbadora tranquilidad. Trataba siempre de mantenerme alejada de su ataúd, pues mi mente débil y temerosa imaginaba la resurrección de la anciana.

Pareciera que su alma maldita se negó a abandonar la casa, siento su presencia en todos los cuartos de este hogar, aun respiro su desaseado humor, cada que miro los rincones más obscuros de las salas, juraría que advierto el brillo plateado de su ojo izquierdo. Me hiela la sangre, me roba el sueño.

Y justo ahora se ha manifestado de forma violenta, ruidos tan reales no pueden engañarme, trato de serenarme y pensar que mi mente débil y temerosa exagera lo que escucho, pero no; sé que manifestaciones de ultratumba irrumpen en la parte baja, me armo de valor y salgo de mi cama a investigar el origen de tan funestos sonidos; a enfrentarme (si es que lo es) con el espíritu de mi tía Dolores.

Salgo de mi alcoba envuelta en mi camisón para dormir, la tormenta que cesó hace una hora ha dañado la electricidad en gran parte de la ciudad, solo la luz de la luna alumbra tímidamente a través de las ventanas; a tientas reviso cuarto por cuarto, llevo entre mis dedos un rosario y rezo para protegerme de cualquier mal. Si mi tía es la que me visita, seré yo la que la exorcice de esta casa.

Siento su presencia, sé que me acecha, reparo como su mirada incómoda me mira desde la primera planta, casi puedo ver ese ojo plateado brillar de entre las sombras. Bajo los escalones rezando en voz alta, pidiendo por su descanso eterno, invocando a Dios y a sus ángeles, y es cuando desciendo a la sala, en donde termina mi santo acto; cobardemente y por la espalda he sido atacada por el espectro de mi tía, ahogo un grito de dolor; con los dedos busco alcanzar el objeto que ha sido enterrado a la altura de mis riñones, el dolor es insoportable, escucho como mi agresor se aleja con fuertes pisadas y se esconde nuevamente entre las sombras. Logro tomar el objeto y con fuerza lo arranco de mi ser para después tirarlo al piso, dejo escapar un lastimoso chillido, la sangre brota a borbotones, caigo de rodillas y continuo mi derrumbe impactándome contra el suelo, el dolor casi me hace desmayar, pierdo mucha sangre y las piernas me fallan, en cualquier instante me uniré con mí pariente; me veo envuelta con la sangre que corre alrededor mío, mi nublada vista se posa por última vez en el brillante objeto que mortalmente me hirió. Una cruz… metálica…. Una cruz, de muerte.

Pedro

Interesado en leer y ser leído, larga vida a todos.

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