Sin salida

El móvil emitió un leve zumbido. Era la señal que estaba esperando. Por fin había un mensaje. Últimamente sonaba demasiadas pocas veces. Y ella necesitaba que sonara más a menudo. Le iba el futuro en ello. Incluso no acertó a la primera a abrir el mensaje porque le costó pulsar en el icono de la pantalla táctil del smartphone. Estaba demasiado ansiosa. Eso o que las pantallas de los móviles son extremadamente sensibles.

Al fin logró abrir el mensaje. El emisor, como las anteriores veces, estaba oculto aunque no le hacía falta saber quién era. No le importaba lo más mínimo. Lo único importante para ella era que sonase. Cosa que últimamente ocurría demasiado poco. Invariablemente, como las otras veces, la pantalla retroiluminada del pequeño dispositivo sólo mostraba unas coordenadas. Nada más. Ni un saludo, ni una despedida. Tan sólo unas frías coordenadas. Tal como hacía siempre anotó las coordenadas en el pequeño block de notas que llevaba en el bolso y borró el mensaje. Listo. Tenía un nuevo encargo y debía ponerse en marcha. Y, curiosamente, aunque estaba esperándolo con nerviosismo, en el momento justo de borrar el mensaje comenzó a sentir las mismas náuseas de las anteriores veces.

Aunque ya llevaba tiempo haciendo los trabajos que el emisor desconocido le asignaba no lograba acostumbrarse a esa sensación de vértigo, de enfrentarse a lo desconocido, que sentía cada vez que llegaba un nuevo mensaje con su correspondiente encargo. Era buena en su trabajo, muy buena, pero no le gustaba en absoluto lo que hacía. Simplemente no tenía elección. Se sentía sucia, le revolvía el estómago hacerlo, pero no había otra salida. Era eso o la nada. La desesperación la obligaba a hacerlo.

Llegó a esto por obligación. Digamos que la eligieron. Ella era una chica normal que trabajaba como encargada en una pequeña tienda de ropa del centro. Un día, casi a la hora de cerrar, entró un hombre alto, guapo, bien vestido y con unos modales exquisitos. Preguntó si podía mirar unos pantalones para su chica. Ella le dijo que iban a cerrar pero, quizá llevada por el tremendo atractivo del chico, que le dejaría echar un vistazo si prometía ser rápido. Es lo último que recuerda de aquel día. Tras aquello despertó en el almacén de la tienda, aturdida. Estaba sola y de su brazo colgaba una jeringuilla. En el bolsillo del pantalón encontró una nota en la que se lo explicaban todo. Y le decían lo que tendría que hacer a partir de ese momento. Ya no era dueña de su vida. Ellos decidían en su lugar. Y si quería seguir viviendo no tendría más remedio que trabajar para ellos en las condiciones que le marcaban.

Tras dejar el móvil sobre la mesa, se obligó a levantarse del sofá y comenzar con la rutina que llevaba a cabo cada vez que tenía que comenzar un nuevo encargo. Siempre lo mismo, según las instrucciones que estaban claramente marcadas desde que despertó aquel día en el almacén de la tienda de ropa. Sólo 48 horas para llevarlo a cabo. Si no lo hacía, el cliente no estaría satisfecho y se quejaría. Y a su desconocido jefe, al que sólo conocía por los mensajes de móvil, no le gustaría. Y sabía perfectamente lo que significaba para ella que el Jefe se enfadara. No había elección. Su vida ya no le pertenecía. Se duchó, se vistió y se dirigió a la cocina. Abrió un armario del que sacó una pequeña caja con varios compartimentos para alojar unas pequeñas ampollas. Sólo quedaba una, sólo una dosis. Rompió el frágil cuello del recipiente y se tomó el líquido que había en su interior. Sonrió al pensar que, en 48 horas, ya tendría en su buzón un nuevo paquete, sin remitente como siempre, con sus nuevas ampollas con dosis para un tiempo. La ecuación era fácil: si ella cumplía, ellos cumplían. Y ella, por la cuenta que le traía, estaba dispuesta a cumplir por mucho asco y repugnancia que le diera hacer lo que tenía que hacer. Se animó a sí mismo pensando que sólo tenía que terminarlo cuanto antes y tendría su ansiada recompensa. Se dirigió a la calle con la determinación de terminar el encargo lo más rápido posible.

Llegó a la calle y se introdujo en el coche. Volvió a sacar del bolso el block de notas y buscó las coordenadas que había apuntado. Las introdujo en el GPS, giró la llave del contacto y se puso en marcha. Una vez más no sabía dónde iba. Un cosquilleo que ya le resultaba familiar le recorría el estómago. El procedimiento siempre era el mismo: las coordenadas del mensaje la dirigían a un lugar alejado y solitario en el que la esperaba un sobre con las instrucciones concretas para cada uno de los trabajos. Condujo durante un buen rato, siguiendo las indicaciones de la metálica voz que emitía el navegador. Aunque nunca la dirigían al mismo lugar a ella siempre se le hacía eterno el trayecto hasta llegar a recoger el sobre. Pensaba en cómo sería la persona con la que tendría que hacer el trabajo, su familia, sus aficiones, su historia personal. Lo había llevado a cabo, en el tiempo que llevaba en este asunto, con personas de todas clases. Durante el viaje, siempre igual, le asaltaban las dudas y los miedos. ¿Y si no lo hacía más?¿Por qué no le echaba valor y se negaba, se rebelaba? Sabía que era imposible, dependía de ellos y de esos trabajos, y eso la hacía sentirse cada vez peor. Quisiera o no quisiera, se había convertido en un títere. En una autómata obligada a hacer aquello que no quería. Al cabo de un rato, el GPS indicó que había llegado a su destino. Paró el motor, respiró hondo y salió del coche.

Efectivamente se encontraba en un lugar solitario. Un antiguo molino, abandonado y en ruinas, situado en algún punto indeterminado en medio del campo. El aspecto era desolador. El techo se había derrumbado y de la fachada y parte de una de las paredes laterales casi que no quedaba rastro. La maleza había invadido casi todo el recinto y resultaba muy difícil poder moverse con facilidad. Se acercó lentamente al edificio, temiendo que hubiera alguna serpiente o alguna rata, y al asomar la cabeza por lo que antes había sido una ventana vislumbró un paquete en el interior del edificio. Entró y lo recogió apresuradamente. Pensó en abrirlo allí mismo pero las ganas de marcharse de aquel lugar le hicieron decidir que mejor lo abriría dentro del coche, una vez hubiera salido de allí. Cuando se sentó en el asiento del conductor y extrajo el sobre del paquete comenzó a sentir el mismo hormigueo de siempre en las manos. No conseguía mantenerse serena. No había logrado acostumbrarse. ¿Quién sería en esta ocasión? Estaba a pocos segundos de saberlo. Lo que no sabía era que esta vez iba a ser demasiado cruel.

Normalmente los sobres con las instrucciones del trabajo que debía realizar llevaban una fotografía de la persona con la que había que realizarlo así como un pequeño pero completo informe de sus costumbres, sus aficiones, sus horarios, su oficio, etc. Lo primero que vio al abrir el sobre fue la fotografía correspondiente. Casi se le paró el corazón. No puede ser, pensó. Con él no, por favor. Y, echándose las manos a la cara, rompió a llorar desesperadamente. Tenía un grave problema entre las manos. No le hacía falta leer el informe que se adjuntaba a la fotografía. Lo sabía todo de él. La persona destinataria de su trabajo no era ni mucho menos un desconocido para ella. Aunque hacía un tiempo que se habían distanciado, se conocían mutuamente a la perfección. Comenzó a gritar y a golpear el volante con toda la rabia que tenía contenida, como una descarga de energía. Y no paraba de llorar. No, se decía. Por favor, él no. Era su hermano. Tenía que matar a su hermano antes de 48 horas.

Maldijo aquel día que dejó entrar a aquel hombre en la tienda. Cuando despertó en el almacén ya no era dueña de su existencia. Desde ese momento se había visto obligada a hacer cosas que no hubiera hecho nunca y con personas que no conocía. Recordó el momento en que, en esa pequeña habitación repleta de cajas y perchas, leyó con incredulidad la nota que le habían dejado en el bolsillo del pantalón. Le habían inyectado, decía, una droga nueva y altamente adictiva, sintetizada por ellos y que sólo ellos, los desconocidos asaltantes, podían suministrarle. Y pasaron a dominar su vida. Se lo planteaban como un trato sencillo: ella, en adelante, iba a necesitar periódicamente nuevas dosis de la droga y ellos necesitaban un sicario, una persona que asesinara por encargo en su nombre. Fácil. Y le dejaban un teléfono y dos días para pensarlo, advirtiéndole que a partir del segundo día su cuerpo iba a necesitar la droga imperiosamente. Si no la tomaba, moriría entre tremendos sufrimientos.

Asesinar no le resultó fácil. Al principio ni podía dormir. Llegaba a casa tras cometer cada crimen y se duchaba compulsivamente, restregándose la piel una y otra vez, sintiéndose sucia. Y lloraba. Pero no tenía más remedio. Su cuerpo era completamente dependiente de esas malditas dosis que le suministraban a cuentagotas, tras cada asesinato. Y no tuvo el valor suficiente para enfrentarse al dolor y al sufrimiento que sentía cada vez que necesitaba una nueva toma. Por eso aceptó. Llamó al teléfono que le habían facilitado y dijo que sí. Aquella misma tarde apareció en su buzón la primera de las muchas cajitas de ampollas que vendrían después. Esta primera cajita fue gratis, dijeron, de cortesía. Las demás aparecerían puntuales, en su buzón, tras aceptar y realizar cada encargo. Siempre tras un nuevo asesinato.

Pero esta vez era demasiado. No podía matar a su propio hermano. ¿Cómo hacerlo? Le resultaba imposible. Ya le costó horrores hacerlo con todos los anteriores a los que había tenido que asesinar por obligación. Pero ahora era su familia, su sangre. Y sabía que no tenía elección. La vida de su hermano a cambio de su adicción, de su dosis para seguir viviendo. El uno o la otra. Ella decidía. Soltó los documentos en el asiento del copiloto, arrancó el coche y condujo hasta su casa sin dejar de dar vueltas a la cabeza. Se encontraba en medio de la nada. Sin salida. Atrapada . Todas las opciones que se le ocurrían eran desastrosas, cada cual más dolorosa que la anterior. Estaba confundida y agobiada. Cuando aparcó el coche en la puerta de su casa había tomado una decisión. No hay otra opción, se dijo a sí misma. Haré lo que tengo que hacer, murmuró para sus adentros. Y, llevándose las manos a la cara, acercó la cabeza al volante y volvió a llorar amargamente.

Al rato, sin saber cuánto tiempo había estado allí exactamente, bajó del coche y se dirigió rápidamente a su casa. Lo tenía decidido, así que quería terminar cuanto antes por miedo a arrepentirse. Esta vez sería rápido. No tendría que hacer un seguimiento de la víctima, ni elegir el momento más propicio, ni preparar una huída del lugar del crimen. Iba a ser el trabajo más rápido y limpio de cuantos había llevado a cabo hasta el momento. Y decidió que lo haría con un solo disparo. Certero, rápido, sin dolor. Entró en su dormitorio, extrajo una caja metálica del interior del armario y la abrió. La pistola, negra y pequeña, apareció ante sus ojos. La cogió y la sopesó en las manos, como si fuera la primera vez que la tocaba. Esta vez sintió un escalofrío diferente al que solía sentir cada vez que abría la caja. Empuñó el arma, la revisó, preparó el cargador con una sola bala (sabía que no necesitaría más) y la dejó encima de la cama. Se sentía tan mal, tan indeseable, tan rastrera por lo que iba a hacer que tuvo que arrodillarse frente al inodoro y vomitar. Tenía asco. Pero lo había decidido y no había vuelta atrás. Se lavó la cara, miró al espejo del baño y se obligó a hacerlo. Y salió dispuesta a terminar cuanto antes.

Tomó el teléfono y llamó a su hermano. Le explicó que le apetecía verle, que lo echaba de menos, que quería reconducir su relación. Habló de su infancia en común, de los buenos momentos que habían vivido juntos. Rieron sinceramente, cada uno a un lado del teléfono, unidos por la invisible línea telefónica. Y quedaron en verse. Esta misma tarde si es posible, insistió ella. Tanto, que logró convencerlo y quedaron en casa de ella ese mismo día por la tarde. Tengo muchas ganas de volver a verte y abrazarte, aseguró ella. Será especial, dijo antes de colgar. Cuando apretó el botón de terminar la llamada, una lágrima caía avanzando lentamente por su mejilla. No había vuelta atrás.

No tenía mucho tiempo para prepararlo todo. Lo primero que hizo fue buscar algo de alcohol y tomarse un par de copas. No solía beber a menudo pero antes de cada trabajo, las necesitaba. Debía andarse con cuidado, debía estar fresca y serena, no podía fallar. No en este momento. Por eso apartó la botella de alcohol y se centró en lo que tenía que hacer. Volvió a revisar el arma para asegurarse de que todo funcionaba correctamente. Y se sentó a esperar. Por su cabeza pasaron infinidad de imágenes, de recuerdos, de momentos vividos. Momentos felices en familia junto a su hermano. En esa situación se alegraba de no tener pareja ni hijos. Hubiera sido todo mucho más complicado. El tiempo parecía como si no pasase, como si el destino hiciese transcurrir el tiempo lentamente o, incluso, pararlo poniéndose de acuerdo con ella para que el fatídico momento no llegase nunca. Pero llegó.

Al sonar el timbre del telefonillo se sobresaltó. La despertó de esa especie de trance, de nebulosa, en la que se había sumido desde que se sentó a esperar. Nerviosa, contestó y dijo que subiera, que lo estaba esperando. El corazón le latía apresuradamente, estaba ansiosa. La cara le ardía y las manos le sudaban. Se obligó a serenarse. No podía permitirse fallar. Se dirigió a la puerta, respiró profundamente, la abrió y sin dejar más tiempo a nada, sin pensarlo dos veces, apretó el gatillo. Lo hizo.

Cuando su hermano llegó al descansillo del piso la encontró tendida boca arriba, en medio de un charco de sangre y con una bala en la cabeza. En la mesa del salón la policía encontró una nota en la que contaba todo lo que había ocurrido desde que le inyectaron la droga por primera vez. En esa misma nota explicaba cómo fue incapaz de anteponer su propia vida a la vida de su hermano. Y que se sentía feliz de haber podido reconciliarse con él, aunque para ello hubiera tenido que sacrificar su propia existencia.
¿Qué es la vida si no puedes compartirla con las personas que de verdad te importan?, dejó escrito en la última frase de su nota de despedida.

Luisfer

Me gusta escribir... aunque casi todo lo que escribo acaba en un cajón.

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