Una mañana de niebla

Como cada mañana sonó el despertador a las siete. Casi siempre le costaba ponerse en marcha. No es que fuera perezosa, pero sí le gustaba remolonear unos minutos antes de levantarse. No era de las que salían de la cama como un resorte. Además hacía frío. Tras varias vueltas entre las abrigadas sábanas se decidió por fin a levantarse. Se quitó el pijama, se duchó con agua muy caliente, se vistió, tomó un vaso de leche y una galleta y salió de casa en dirección al trabajo. Le quedaban varias decenas de kilómetros que recorrer.

En una casa de las afueras de la ciudad, también sonó el reloj a las siete de la mañana. En este caso, él saltó de la cama al primer zumbido de la alarma del despertador. Solía hacerlo así por costumbre, en parte también por no depertar a su pareja dejando sonar el despertador más tiempo del necesario. Salió de la habitación y se vistió en el salón, donde había dejado preparada la noche anterior la ropa que iba a necesitar. No se duchó, ya lo haría después. Antes de salir a la calle pasó por la cocina y comió unos cereales, un poco de fruta (plátano principalmente) y un zumo de naranja. Bajó al garaje, se calzó las zapatillas y salió de casa.

La mañana, además de fría, era oscura. A las sombras propias de no haber amanecido todavía se le unía una densa niebla que cubría por completo la carretera. En definitiva, era una mañana de lo más desapacible. Ella se trasladaba desde una localidad cercana a la ciudad y tenía que coger el coche a diario para ir a trabajar y recorrer los casi cuarenta kilómetros de ida y otros tantos de vuelta que separaban su lugar de residencia del lugar de trabajo. Pero eso nunca le importó. Le gustaba vivir en el pueblo, su tranquilidad, su familiaridad, su vida apacible. Y le gustaba conducir, no le pesaba desplazarse con el coche cada día. Aquella mañana tuvo que desviarse de su ruta habitual porque había unas obras que le impedían circular por el recorrido que hacía a diario para llegar a la ciudad.

Tras salir a la calle, hacer un pequeño calentamiento y estirar un poco la musculatura, él comenzó su rato de carrera de todas las mañanas antes de ir a trabajar. Tenía una pequeña tienda de deportes en el centro de la ciudad que no abría hasta las diez de la mañana. Por eso, todos los días, madrugaba para salir a hacer unos kilómetros antes de abrir su pequeño negocio. Para él era imprescindible, lo necesitaba, no podía empezar el día sin su carrera matutina. No le importaba sacrificar un tiempo de su sueño para hacerlo. Y en esa época del año había que ser muy constante para salir a la calle tan temprano a correr. Pero a él no le pesaba. Disfrutaba con ello. Solía decir a sus amigos que le ayudaba a eliminar las tensiones propias de la vida diaria, se mantenía en forma y le ayudaba a pensar con más claridad. Además, le gustaba correr solo. Aprovechaba para poner en orden sus ideas, decía. Él, sus zapatillas y el asfalto. En lucha cuerpo a cuerpo, uno contra el otro. Así que hoy, como cualquier otro día y a pesar del frío y la niebla, puso en marcha su cronómetro de pulsera y comenzó a correr.

De pronto comenzó a vislumbrar entre la bruma y la oscuridad el macilento resplandor de las luces de la ciudad. Ella se sentía un tanto agitada, el rodeo que había dado a causa de las obras y la disminución de la visibilidad obligada por las condiciones meteorológicas la habían hecho tomar la salida equivocada de la autovía y estaba entrando en la ciudad por la parte opuesta a la que normalmente entraba. Ahora tendría que cruzar toda la ciudad de punta a punta. Todo esto había conseguido alterar su, normalmente, sangre fría. Pero al ver las luces de la ciudad se relajó un poco. Hasta puso la radio. Ese día había venido tan en tensión que incluso no cayó en la cuenta de que viajaba en completo silencio. Al parar en un semáforo miró distraídamente a través de la ventanilla del coche y acertó a ver un bulto en la acera. A pesar de no estar demasiado lejos del coche, por la falta de visibilidad no sabía exactamente qué era aquello. Como poco resultaba raro. Parecía como si hubiera ropa tirada en el suelo, como cuando tiramos la ropa al suelo del baño al ir a ducharnos. O podría ser un animal, aunque parecía demasiado grande como para serlo. Más bien daba la sensación de ser una persona tendida en el suelo. Un vagabundo durmiendo entre cartones, quizá. Al ponerse el semáforo en verde tuvo intención de seguir adelante, pero entre la curiosidad y la cada vez más cierta sensación de que era una persona lo que allí se veía echó a un lado el coche, se bajó y comenzó a caminar en dirección al bulto inerte en la acera.

Esta mañana notaba una sensación extraña. Él, acostumbrado a correr 10 kilómetros a diario, hoy no encontraba respuesta en sus piernas. Apenas llevaba un par de kilómetros, pero no sentía que fuese a gusto. Estaba más cansado de lo normal. Lo achacó al frío, incluso al mal humor con el que se había acostado a causa de una discusión de pareja que había tenido la noche anterior. Nada importante, pero a él le afectaban mucho ese tipo de situaciones. Y había dormido mal. Se obligó a no escuchar las señales que su cuerpo emitía y siguió adelante. Después de todo era un tipo de costumbres y le encantaba correr. La mañana seguía siendo oscura y fría, condiciones que se agravaban debido a la humedad que provocaba el que todo estuviese cubierto por la densa niebla. De pronto, sintió que todo se volvía más borroso aún, que no podía ser fruto de la oscuridad y de la poca visibilidad provocada por la brumosa mañana. Había algo más. Le costaba respirar, su cuerpo no obedecía a las órdenes de su cerebro. Se ahogaba. Paró en seco de correr, arqueó su cuerpo hacia delante y se desplomó en el suelo. Era de noche aún, hacía frío y no se veía más allá de dos metros por delante. Y él yacía en la acera, inconsciente.

Al llegar hasta la acera ella comprobó con alarma que sus sospechas eran ciertas: era una persona lo que había allí en el suelo y que, en la distancia, le había parecido un bulto de ropa o un animal. Al principio pensó, otra vez, que podría tratarse de un vagabundo o un borracho, o las dos cosas al mismo tiempo. Pero al arrodillarse a su lado y examinarlo con más detenimiento pudo ver que el hombre que estaba en el suelo, inconsciente, llevaba ropa y calzado deportivo. Le habló, le palmeó un poco las mejillas, intentó que se levantara. Pero nada. Instintivamente buscó si tenía pulso y comprobó con alivio que estaba vivo. Inconsciente, pero vivo. El hombre vestía mallas térmicas, zapatillas y un cortavientos de esos que usan los corredores para abrigarse. Intentó buscar entre sus ropas algo que le sirviera para identificarlo o, incluso, un móvil con el que poder contactar con alguien de su agenda de contactos. Fue inútil. Su formación sanitaria la puso en guardia y ni corta ni perezosa corrió hasta su coche, estacionado a pocos metros, sacó su móvil y llamó al hospital de la ciudad. Sabía con quién tenía que hablar, no en vano ella trabajaba allí. Pidió urgentemente una ambulancia y, como médico que era, giró el cuerpo inerte poniéndolo boca arriba y comenzó a practicarle ejercicios de reanimación cardiopulmonar a la espera del equipo médico que, ya se lo habían dicho, venía en camino. Ojalá podamos salvarte, dijo en voz alta, en parte para darse ánimos a ella misma también.
Carreras, luces de ambulancia, personal sanitario, voces, jeringuillas, botes de suero, vías abiertas, cables… todo eso notaba y escuchaba él, como atontado, pero sin poder moverse ni reaccionar. Y oía decir a los médicos expresiones como deprisa, deprisa. Incluso oyó a uno de ellos gritar algo como que se nos va, que se nos va… Y notaba en su nariz y en su boca cómo le insuflaban el aire a través del respirador de emergencia que un enfermero no dejaba de manejar en ningún momento. Y veía pasar a toda velocidad el techo de los pasillos del hospital, con sus luces blancas, una tras otra, como las líneas discontinuas de la carretera. Pasado un tiempo, no sabía cuánto, todo quedó tranquilo. Sólo se oía un pitido rítmico y discontinuo, como cuando dan las señales horarias en la radio. Supuso que estaba conectado a una máquina. Oía a un enfermero y a un médico hablar sobre su estado. Estaba grave, decían. Las próximas horas serían claves en su evolución. Si le repetía el infarto, tendría fatales consecuencias. Por eso estaba en la UCI.

Cuando acabó su turno, ella pasó por la UCI a visitar al desconocido al que había salvado la vida. Ya estaba consciente, habían pasado unas horas desde el incidente y parecía que evolucionaba de manera aceptable. Los compañeros de la UCI le dijeron que había sido un infarto muy importante y que había salvado la vida gracias a que el corazón era un corazón sano y deportista y a la rápida intervención de ella. Si no llegas a parar en el semáforo, le dijeron, ahora él estaría muerto. Ante la insistencia de uno de los enfermeros de la UCI decidió pasar a saludarlo. No se sentía cómoda en esa situación. No era ninguna heroína. Se sentía una médico que había cumplido con su deber de médico y de ciudadana. El deber de socorro y el Juramento de Hipócrates avalaban su actuación aquella mañana, pensó mientras entraba en la sala donde se encontraba él.

Él la vio venir, sonriente, y le sonrió también. No la conocía, pero sabía que era ella quien le había salvado la vida. Se lo habían dicho cuando despertó. Sólo acertó a decir un lacónico y emocionado gracias. Y justo cuando ella llegaba hasta su cama y le tomaba las manos… sonó el despertador.

De nuevo eran las siete de la mañana. Él, extrañamente, no saltó de la cama y no lo paró de inmediato, dejándolo sonar. Se sentía raro y cansado. Su pareja despertó y no le pareció normal que él siguiera allí, sin irse a correr. Al preguntarle, él contestó que no había dormido bien, que había tenido una extraña y desagradable pesadilla y que hoy prefería quedarse un buen rato más en la cama antes de ir a trabajar. Se giró, acarició el pelo de su mujer, la rodeó con su brazo y, después de disculparse por la discusión de la noche anterior, le dijo que la quería. La besó y volvió a dormirse hasta la hora de abrir la tienda de deportes que regentaba.

Luisfer

Me gusta escribir... aunque casi todo lo que escribo acaba en un cajón.

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