La belleza.

Entre súplicas y sollozos gritaba el viento:

—Rozo verdades, acaricio temores y mando huracanes. Conozco los lugares más inhóspitos; los desiertos que esconden oasis; los ojos de una madre que llora; el rincón donde se esconden los que gimen por deseo…

Suspira por tenerla, por llamarla, por soñarla…
Tratando de seducirla enmudeció tras verla y sordo quedó al contemplarla.

No le pudo contar lo que la belleza le quiso hurtar… Los secretos del que visita sin llamar.

Quedó mudo ante ella. Y a esta la soberbia la desvaneció y ni una sola palabra aquel resopló. Le quiso arrebatar los secretos del que roza sin mirar, pero el viento mostró la fidelidad del que con lealtad y sigilo escucha al pasar. Ella con aires arrogantes se marchó. Altanera al camelar. Fría al desairar… Postrera lumbre de luz incandescente.

Acudió al clamor su quijotesco y abnegado compañero el tiempo. Con experiencia y cobijo, y entre bálsamos y saetas afiladas le estrechó sus manos… Las manos del amigo que conoce tu verdad, mas la calla por piedad.
Quiso contarle a su compañero eterno que se tornó brisa por tratar de acariciarla… Y este le confesó:

— ¡No soples por ella pues no acudirá! Yo también la vi pasar. La quise atrapar pero se marchó. Quedé parado y sin compás a merced de su regreso. Me detuve en la misma hora en que conocí su partida. Se llevó con ella mi eternidad mas la espero esperando. No hay fechas que anunciar, ni campanas que voltear. Ya no hay cuco que anuncie las horas ni manecillas que girar.

El tiempo al mar le confío que quedó sin cuerda por tratar de acariciarla…

Y este le contestó:

— ¡No te detengas por ella pues no acudirá! Yo la vi adentrarse en la profundidad de mis aguas y dispuse mi inmensidad y el azul de mi ser para calmar su fatiga… Descansó pues, sumergida en mi interior y amaneció en mi orilla. Se bebió mi agua quedando calmada su sed. Y ya solo soy arena y sal entre recuerdos de ebriedad.

Al sol le hablaron de ella y del vacío en el que quedaron atrapados por tratar de acariciarla…

Al albor de la mañana, el lucero mayor les contó con voz quebrada mientras las nubes se agolpaban a su alrededor para mullirle la espalda cansada:

—Yo también la conocí.Vino a verme una mañana buscando en mí su espejo. Me contó que con él volvería al mar a contemplarse, mas jamás la he vuelto a ver. La añoro en las mañanas y enloquezco a mediodía donde me cobijo en la complicidad de las nubes. Se atormentan mis rayos y centelleo sin esmero. Guardo en mí su recuerdo inmaculado. En la mañana he de salir porque me aguarda el alba y ella no entiende de esperas ni de demoras por amores…

—¡No puedo verme! Gritaba la belleza mientras la observaban enfervorizados y cadenciosos el viento, el tiempo, el mar y el sol.

—Tú eres un sentimiento, una sensación, un color, una mirada… —declamaban los camaradas del elenco natural— De tu mostrar altanero brota lo efímero de tu ser. Naces del sentimiento y mueres con él. Eres fugaz y pasajera al andar. Tú no sientes. Has de ser sentida. Desapareces si te ensucias con mentiras. Eres hija del dolor y del amor. Naciste en noche de día. Se vistió de gala el firmamento. Reunió a todas sus estrellas y todas ellas brillaron con celo al igual que brilla su mentor.
Deslumbraron los cuerpos celestes en honor a la belleza, pero esta por envidia los cegó. Se apagaron las luces, lloraron las nubes y se escondió el sol.
Irrumpió la lluvia aflorando de ella copiosas y fecundas tierras colmadas de verde esperanzador. Los mares de tan pletóricos crearon el azur, inspirador de los óleos más venerados. Pintó Dalí. Pintó Picasso. Pintó el quebranto… Renació la belleza.

El sol volvió a brillar y sus rayos rebasaron con mimo las gotas del agua caída. Sobre el horizonte se formó una gargantilla cromada.
Era Iris con forma de arco y entre colores engalanaba la tierra para hablarle del cielo:

—No temas. Florece. Déjate sembrar… Volverás a reinar —habló la mensajera del Olimpo de Zeus. Anunciando el fin de la tormenta entre la pasión del rojo y la frialdad del añil con discurso apaciguado.
Serena se volvió la tierra. Tranquilo anduvo el cielo y las flores brotaron sin pedir permiso. Brotaron de entre la nada. Anhelaban belleza y la encontraron en la tierra germinada.

A día de hoy todos preguntan:

— ¿Dónde se esconde? ¿Por qué desaparece sin dejar rastro postrero? ¿Quién la habita? ¿Cuál es su casa cuando cae la noche? ¿A quién teme si su reflejo desvanece?

El olvido convino con la justicia que era la hora de contar qué era la belleza… Era misterio. No seducía, solo engañaba. Embriagaba mientras jugaba. Y entre tanto jugar algo en ella se debió quemar…

—La belleza enardece. Esa que se mostró ante mí no era lumbre, ni candela. Le encendí mi hoguera y rápida se evaporó certera —les contó el fuego.

La belleza no es tuya ni mía. La belleza se escapa, se escurre, vuela, corre, se disfraza y se engalana. Nos miente, nos seduce, nos embauca. No es ella quien manda. Ella obedece al sentir de unas almas que a veces se equivocan y otras no engañan.
La belleza está en los ojos. Si se siente con ellos cerrados el momento no perece y conquista la eternidad que la fugacidad ansía. Brota verde y sosegada. Brota bella y calmada. Serás belleza de la nada si la miras expiada.
No es belleza atraparla. Es belleza conquistarla. Aparece si tu alma la merece y escapa si tus ojos la niegan.
No la busques mas se escapa. No la atrapes pues es fugaz. No la anheles porque te destruirá. Deja que te busque. Ella ha de acudir a ti como acude la primavera al abril.
Es belleza porque seduce al pasar. Reina y castiga a cada paso que da.

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