Habilidad oral

Habilidad oral

(Primera parte)

 

Mi mayor placer es lamer, chupar y acariciar vulvas. Y las receptoras de mis habilidades gozan salvajemente. Es más, la mayoría de las veces no las penetro –pese a una respetable pija de 18 x 4 centímetros- tanto porque ellas disfrutan mejores orgasmos con mi cara metida en sus conchas, como debido a que me acostumbré a acabar tras una o dos horas de empaparme en lechitas de hembra.

Este oficio placentero para ambos comenzó hace muchos años gracias a una vecinita. Teresa era la única mujercita entre los ocho varones de la cuadra, compañera de todos los juegos. Pero en menos de cuatro meses se volvió mujer.

Si bien era feucha de cara, adquirió los cuatro encantos que nos atraen a los varones: piernas esbeltas, colita dura y prominente, cintura delgada y pechos como globos. Al poco tiempo, el tema común entre los amigos era cuantas pajas nos habíamos hecho por ella.

Además, Teresa, al vernos como la devorábamos con las miradas y buscábamos continuos roces, comenzó a vestirse y moverse provocativamente. Minifaldas, pantalones cortísimos ajustados, remeras de dos talles menos, fueron sus modos para reunirse con nosotros. Hasta que una calurosa noche de verano llegó hasta donde nos encontrábamos cuatro de nosotros y, repentinamente, treparse a un árbol de la vereda. Desde allí nos dijo que allí estaba más fresco pero que no compartiría la rama que ocupaba. Nosotros no respondimos pues nos quedamos mudos. Desde abajo vimos que Teresa no se había puesto bombacha.

Una semana después, siempre subida al árbol, nos preguntó quién se había pajeado más veces. Debido a que le respondió el silencio, ella dijo que lo hacía todas las noches. “Si ustedes me dicen cuántas veces, cuando y pensando en quien, les muestro desde acá como lo hago”. Eugenio, el grandote del grupo, confesó que se masturbaba tres veces por día. Al llegar mi turno, fui sincero y conté que me pajeaba día de por medio. Todos, salvo yo, coincidieron en que le daban a la verga pensando en ella.

Teresa me miró extrañada, pero como los amigos demandaban que cumpla su promesa, ella pasó a acariciarse la conchita. Tras 20 minutos mostró su gozo. Bajó y nos propuso ir a un baldío cercano. “Ahora quiero verlos a ustedes pajearse y acabar. Yo los voy a ayudar sacándome la remera”, aseguró. Yo me negué a la paja grupal y me fui a mi casa.

Dos días después, a la siesta, Teresa llamó por teléfono a mi casa. Me pidió ir a su casa pues su mamá –una atractiva mujer quien salía del hogar al mediodía y regresaba de madrugada, y que según los vecinos se dedicaba a la prostitución- no estaba y había dentro una araña “gigante” y tenía miedo. Nuestras casas eran colindantes. Cinco minutos después la vecinita me abrió la puerta. Tenía sobre su bonito cuerpo un vestidito muy corto, suelto; estaba calzada sobre tacos altos, y lucía maquillada y muy perfumada. “La araña está en el dormitorio de mamá, debajo de la cama”, me señaló.

Le pedí una escoba, me la entregó y aconsejó tirarme boca abajo en el piso, pues la alimaña parecía encontrarse en el medio. Le hice caso. No encontré nada.

“Dani”, escuché su voz desde la puerta, extrañamente ronroneante. Me incorporé y quedé petrificado: Teresa, sobre los tacos, tenía sobre su desnudez un baby doll blanco, o más bien transparente, el que permitía ver la rayita de su concha y las redondeces plenas de sus tetas.

  • La otra noche dijiste que vos no te pajeabas por mí, y eso me puso mal… así que ahora quiero que me digas si te gusta lo que ves… -dijo Teresa.

No supe que responder. La única respuesta fue involuntaria: mi pene se había levantado y el bulto era evidente. Ella lo vio. Sonriendo, se acercó, exagerando su contoneo, hasta colocarse delante de mí. Estiró su mano derecha y me tocó la erección.

  • Vos estás caliente, no podés disimularlo; y yo estoy igual por vos… ¿Querés cogerme? –requirió sin más preámbulo.

No esperó mi respuesta. Se abalanzó sobre mí, buscó con su boca mi boca y me besó, mientras me empujaba para atrás cayendo sobre mi cuerpo en la cama de dos plazas. Y reaccioné. La besé, torpemente, mis manos la apretaron contra, sujetándola por el culo.

  • Dani, desnúdate, sacá tu pijota… -reclamó la vecinita.

Le obedecí, rápidamente, quedando en bolas, con la pija levantada, acostado boca arriba.

Teresa, con expresión golosa, apoyó su cuerpito envuelto en el provocativo baby doll sobre el mío, para refregarse fuera de sí. Estaba enloquecido, el roce de mi pija sobre la telita me excitaba al máximo. Instintivamente, con intención de meterle el miembro dentro de su concha, levanté la prendita y dirigí la verga hacia la entrada.

  • ¡Aia amorcito!; quiero que cogamos, que hagamos todo, te voy a hacer acabar, pero menos una cosa… -dijo, entre gemidos y sonrisas Teresa.
  • ¿Qué cosa?
  • Quiero llegar virgen al matrimonio, así que por favor no me la metás… -me pidió.
  • ¿Y cómo vamos a coger si no te la puedo meter? –reclamé.
  • ¿Vos mirás porno?
  • Un poco, a veces… – mentí.
  • Yo miro mucho; así aprendí a pajearme. Y vi que los tipos hacen acabar a las chicas chupándoles la concha, las tetas, el clítoris… ¿Querés probar…? Me parece que tengo una conchita linda, está bien limpia, perfumadita, y me depilé, no tengo pelitos… – contó.

A continuación, Teresa se incorporó, abriendo sus rodillas, colocando su entrepierna a la altura de mi boca. Levantó el baby doll y dejó a menos de 10 centímetros su delicia.

La calentura que tenía me llevó a sacar la lengua y pasarla por la vulvita. La sentí sabrosísima.

¡Qué fragancias cautivantes!; olor a flujo, sudor, perfume, piel joven, conchita. Y seguí, arriba y abajo, besando, chupando y empapando con mi saliva esa concha.

Era mi primera experiencia en el sexo oral. Aprendí que era la vulva, los labios vaginales externos e internos, el clítoris. Al rozar este con la lengua, Teresa se sacudió. Empecé a devorárselo. Usaba lengua, labios, dientes, mentón, y entusiasmado con los movimientos y gemidos de ella fui con mis dedos al agujerito de su culo. Comencé con uno, lo que aumentó sus grititos. Me pidió más. Le metí dos, le metí tres, le metí 4 dedos y me volví loco viendo y sintiendo como se le me mojaba mi cara con los jugos que se derramaban de la concha.

  • ¡Ay Dani!, voy a acabar… va mi primera, seguí chupándome amorcito… exclamó Teresa.

Así fue. Mientras ella me aprisionó fuertemente contra su concha, entre contracciones y gemidos, me bañaba con sus lechitas. Su piel se puso colorada, lloraba y reía al mismo tiempo, retorciéndose y gritando. Sus orgasmos le asaltaban uno tras otro….

 

(Continúa)

 

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1 Comentario

  1. por M publicado el 27/12/2015  21:11 Responder

    Quiero la continuación

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